Publicado el: Mié, 25 Nov, 2020
Opinión

Las manos atadas

Fotografía. Leonor Montañés Beltrán.

Los ojos de ella empezaron a secarse cuando empezaron también las lágrimas. Aún recuerda tu sonrisa impostora, tus besos infieles y tus caricias de mentira. Recuerda que tenías el mismo nombre que el miedo. Verdugo. Siempre el grito en la voz y el puño cerrado siempre.

Había malogrado su intento de felicidad, había descumplido sus sueños. El alcohol era tu excusa. Tu condición. Tu cómplice, el silencio.

Los ojos llenos de sangre por dentro ¡y dices que la quieres! Un amor que ahonda en la herida, un amor que multiplica los golpes, un amor que le amarra las manos, otras manos, las tuyas que mil veces han caído sobre su piel, han hecho añicos aquella mirada que, sin embargo, sigue siendo hermosa, han roto los labios que fueron también tus besos, han hecho temblar a esas entrañas con tus insultos. Otra vez silencio, porque ella cree que el silencio es la solución a los problemas.

Pero el silencio es sólo silencio, es otra cicatriz, pero una cicatriz que se queda dentro y emponzoña el alma, por eso lo primero es mandarla a callar, para que nadie la oiga. Para que el silencio se haga redundante. Para que el eco de su voz y su dolor, y sus gritos, no suenen en tu conciencia.

Y la noche es solo noche, dionisíaca. Los dos ahora, cuerpo a cuerpo, ella entre el puño y la pared, tú confundiendo tu hombría con la miseria, tú creyéndote hombre, cuando hombre no eres. Eres lo que das, eres miseria, entonces.

Y el tiempo pasa y como las mujeres valientes suelta el lastre. Y resulta que los ojos, esos mismos que se quedaron secos hoy iluminan, como su vida sin ti. Hoy son de nuevo capaces de llorar, si hiciera falta. Y el tiempo te ha hecho olvido, se ha olvidado de tu risa, de tus besos, de tus caricias, de esas cosas que parecían pero no que eran. Y ha olvidado también tu nombre. Y ya no oye tus gritos lanzando amenazas. Ha vuelto a soñar, ha revivido, de nuevo la felicidad le maquilla la cara. ¿Silencio?, no. Silencio no. Ahora dice lo que quiere y lo que piensa. Ahora ya no se calla nada.
Ahora el amor desata sus manos, ahora mira al horizonte, ahora se pinta los labios, ahora suspira.

¿Y la noche?, la noche ahora es amiga de sus sueños, es un abrazo, es un secreto, una palabra escondida debajo de la almohada.

Ahora se siente mujer. Mujer sin tu veneno, mujer de norte a sur. Libre. Sin ti. Ahora es lo que da, ahora es vida entonces. Vida nueva. Y tú córtate las manos y aprende, aprende que las manos no se levantan, que los puños no se cierran. Y púdrete en soledad, que no te mereces ni el agua que bebes.

Sobre el autor

Enrique Rojas Guzmán

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