Publicado el: Mié, 24 Nov, 2021
Opinión

Miedo a la noche III

Fotografía. Leonor Montañés Beltrán.

Los oscuros momentos de la noche me han superado y amanezco con los primeros rayos de luz taladrándome los párpados. Me sobresalta pensar que te hayas marchado, pero contemplo con cierto entusiasmo que aún estás ahí, te veo recogiendo tus cosas.

El viento se aligera, la mañana ha traído su candor de a veces. Te persignas, escurres con un último trago lo que queda de vino, dándole unos toques con el dedo índice mientras esperas con la boca abierta el agrio sabor del alcohol venenoso que te perfora el hígado.

Recoges tus penas, con la ayuda de un espejo pequeño te pintas los labios de rojo, los ojos de negro y una sonrisa artificial se redondea en tu cara mientras te giras. Es evidente que te arreglas para alguien que no quieres que te vea triste. Caminas unos metros hasta el muro número cinco. A ras del suelo un nicho al que limpias con un trapo y un líquido que lo deja resplandeciente, como los chorros del oro. Colocas bien las flores artificiales que le rinden homenaje y las letras doradas, sea para ti la tierra leve, que son recuerdo eterno.

-Hasta esta noche, cariño – dices con una sonrisa que recuerda tiempos mejores.

Te veo marchar, cambias esa sonrisa por unas gotas de lágrimas, chirimiri de pena. Te borras los labios con las manos, te apagas los ojos con los recuerdos… y yo te persigo, manteniendo la distancia suficiente para que no pienses de mí lo que no soy. Como tantas veces pensaste.

Sólo quiero ver cómo transcurre tu día, como pasas la vida.

Me llevas hasta una casa grande. Grande y vacía. Vacía y ausente. Ausente y triste. Triste y grande. Grande y vacía…

Se acorta la distancia entre tú y yo. Te detienes. Disimulo al pasar por tu lado.

-¿Quieres un güisqui? – me sobresalta tu invitación.

Y antes de que pueda responder abres la puerta. La ley de la atracción me obliga a seguirte. Dentro, en el zaguán, queda un redondel vacío donde antes tuvo que haber un espejo.

-No quiero verme – me dices –, me niego a verme.

Y sin embargo te miras cada mañana, pienso.

La casa discute con tu forma de vida. No necesitas el banco de un camposanto para pasar la noche, y allí la pasas, sin embargo. Y me pregunto por qué mendigar el sueño a la orilla de la muerte. Por qué beberse a sorbos la luna pudiendo descansar en sábanas de seda. ¿Por qué?

-No tengo donde caerme viva – me dices.

-Vives bien. Yo pensaba que eras indigente.

-Lo soy. Realmente me lo han quitado todo.

Sobre el autor

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