Publicado el: sáb, 11 Ene, 2020
Opinión

El Caballo de Troya de La Leocadia

Vista del espléndido cordón dunar de la Punta del Boquerón. Un privilegio de paisaje que tenemos la obligación de conservar.

En esta vida hay hechos históricos que, bien por traumáticos, o bien por cambiar de manera radical un orden establecido, han dado lugar a expresiones que luego se han quedado en el imaginario colectivo y lenguaje popular a lo largo de los tiempos, como ha sucedido con la pica en Flandes, la Conchinchina, o lo más que se perdió en Cuba que en sus circunstancias personales. Otra de ellas, y una de mis favoritas, es la del Caballo de Troya, de la cual creo que sobran explicaciones porque sobre dicha historia se han hecho películas, comics. Etc. Es ésta, una expresión muy adecuada al mundillo existente dentro del ecologismo y para todos aquellos que amamos la naturaleza, el paisaje y el entorno que nos rodea. Y voy a explicar el porqué, y más en un país tan ladrillero y urbanizador como éste. Todos recordamos años ha, como era nuestro litoral antes del año 1.995, que establezco de límite del fin de la anterior crisis de las reconversiones industriales que afectaron a todo el país, y castigaron duramente a nuestra bahía y sus ciudades. Posteriormente, ningún alcalde, y ningún político local, regional o nacional nos han compensado, y en lugar de ello, nos han “regalado” planes de empleos que consistían en subvenciones para que cuatro empresarios y afines al partido de turno se beneficiaran y robaran una vez más delante de nuestras narices. O a cambio, vendernos las bondades de que una economía basada en el turismo volveria a traer una prosperidad, al socaire de una burbuja inmobiliaria, a cuenta del Euro entrante, que empezaba a formarse. Y es que por mucho que los turistas, hoy día, saturen la provincia, esa prometida prosperidad no ha llegado al trabajador medio. Eso sí, tenemos uno de los mayores parques temáticos del mundo: un país llamado España. Donde todo consiste en ciudades llena de gente disfrazada de época, músicos callejeros pagados por un ayuntamiento entrampado, edificios contemporáneos que han costado una pasta diseñado por fulanito de tal, o espectáculos de todo tipo para que los guiris se sientan como si estuvieran en un mundo de fantasía. Vivimos paradójicamente, en uno de los países más despoblados del mundo, y a la vez, en uno de los más urbanizados, absolutamente saturado de construcciones; debe de ser la única nación, junto con China (igual de exagerados, horteros y grandilocuentes que nosotros para estas cosas), que concentra una mayor cantidad de barrios vacíos. Y en nuestro país, a diferencia del país asiático, éstos no se deben sólo al pinchazo de una burbuja inmobiliaria, sino a que en muchos barrios de pueblos costeros del Mediterráneo y sur español, los apartamentos y chalets se llenan únicamente dos meses al año, para caer en la completa desocupación de habitantes y negocios durante los restantes diez meses. Es nuestro país, junto con Portugal, los únicos donde sus habitantes ven con lógica que haya pueblos que son mucho más pequeños que sus urbanizaciones, localidades éstas, en concreto, cuya población se duplica o triplica en el estío; como sucede por ejemplo en el archiconocido Benidorm, con un número de habitantes menor de 70.000 almas normalmente, y unos 400.000 en verano, con una infraestructura preparada para una ciudad menor de los cien mil habitantes.

Imagen del último pinar costero chiclanero que está a punto de ser talado para construir una nueva urbanización.

Otro caso es la vecina localidad chiclanera, que con una población cercana a los 85.000 habitantes, llega a los 245.000 en los útimos veranos, con los consiguientes problemas de atascos y demás en una localidad, como otras muchas que han pensado en urbanizar (desastrosamente), pero no en cómo solucionar lo que se le podía venir encima. O como bien ha sucedido con la “paradisiaca” Costa Ballena que ha “disfrutado” de cortes y restricciones de agua por causa de un urbanismo chapucero que tiene en cuenta la población local, y no la visitante. A fin de cuentas, ésto sólo crea una economía de cartón piedra, poco sólida, que no permite la estabilidad laboral, con la precarización constante del empleo, normalmente de baja calidad y cualificación, y con una acusada temporalidad, vamos, igual que cuando los andaluces recogíamos la siega o la uva en tiempos de los señoritos cortijeros. Nada ha cambiado, porque esos mismos sátrapas, no viven en cortijos, ni visten de corto y sombrero cordobés, sino que vienen de traje chaqueta, y le suelta un sobre lleno de euros al alcalde del lugar. Igual que antaño, vamos. ¡Qué poco hemos cambiado en ésto en Andalucía! Pero ahora, a diferencia de antes, en que los ciudadanos tenían intención de luchar contra este tipo de opresión, ahora no, ahora lo aplauden, y sí, aunque no se lo crean, lo aclaman indirectamente, apoyando y alentando políticas que destrozan un litoral, por el bien del empleo y el buen ambiente que trae a una ciudad en concreto, como la nuestra, San Fernando, la cual, carece prácticamente de turism; y es que como muchos hemos escuchado, los “pájaros” no dan de comer, y claro está, que si eso lo dice, es porque no ha escuchado a uno de Tarifa, Benaocaz, Almonte, Daimiel o Cazorla, entre otros lugares, donde el turismo ornitológico da de comer, eso sí que es cierto, no sólo se puede orientar toda la economía en ello. Pero pensándolo en frío, es mucho mejor tener pescados de estero, mariscos, algas, salicornias, sal, fango (excelente para la piel), y un buen bando de aves, que una urbanización vacía durante diez meses al año, que no produce en términos económicos y ecológicos absolutamente nada. Es mucho mejor potenciar una industria local con las materias primas que tenemos a mano, y trabajar codo a codo con la Armada y el Ejército (directa e indirectamente), que dan mucho más de comer, que todos los hoteles de los alrededores juntos.

La costa española, y la gaditana en concreto, está saturada de urbanizaciones que se vacían diez meses al año.

Este artículo, y su título, viene a cuento de los planes hoteleros que existen para la zona de La Leocadia, y la insistencia constante de los ediles, de uno y otro partido, con la liberalización del terreno militar más cercano a la playa de Camposoto. Y es que mi temor es que, en el momento que se construya un sólo hotel, se puede dar por perdida a la playa isleña y su singularidad, para pasar a ser una más. Masíficada, con paseo marítimo y sin personalidad alguna. Pues no es la primera vez que la entrada de un negocio de estas características lo vendan como “Turismo ecológico y responsable con el medio ambiente”, para luego destrozar un litoral entero, con construcciones que van cumpliendo la legalidad, aunque justo al borde de la misma, y bocado a bocado, ir extendiendo su mancha de cemento como si de una enfermedad se tratara. Y no es la primera vez, que venden el turismo de construcciones horizontales como una bendición que respeta a la naturaleza de la zona. Ese primer hotel, apartamento, o chalet ilegal, que se permite, y no se derriba, son los Caballos de Troya que han destrozado nuestra costa, y que ha dado lugar al paseo marítimo más grande del mundo, desde Gerona hasta Ayamonte.

Una garza real en las marismas de Camposoto, en el fondo, el Centro de Interpretación, y los terrenos de La Leocadia.

Y La Isla, y los isleños, como no, quieren participar de la fiesta de un pelotazo, que nos trajo la crisis anterior (y de la que no hemos aprendido nada), y es que el complejo que llevan arrastrando los cañaillas en los últimos años con respecto a la localidad de Chiclana es enorme, y pesa como una lápida. Pero a decir verdad, y aunque San Fernando no sea un paraíso laboral precisamente, lo cierto es que la localidad vecina se encuentra entre las diez ciudades con mayor desempleo de España, mal negocio y poca rentabilidad, destrozar todo para tan poca ganancia. O miren a otros lugares turísticos de playa y chancla, y su esplendor económico: Cancún, Riviera Maya, o República Dominicana, todo miseria en los alrededores de los hoteles. Y que conste, no tengo nada contra Chiclana, en la cual tengo muchos amigos, y adoro sus negocios tradicionales y locales. Pero aún recuerdo aquellos años noventa, en los que el alcalde chiclanero vendía las bondades del turismo ecológico y la ciudad horizontal que él estaba fomentando. Hoy día solamente queda un pinar costero a punto de ser arrasado por cuatro mansiones para ricos, una ciudad pensada para los foráneos y no para los locales, y un uso excesivo, a cuenta de las enormes distancias, de los vehículos particulares (los cuales por cierto contaminan y producen CO2). Y para La Leocadia, si quieren poner cabañas de madera, o casitas rurales, aceptamos, pero ni un hotel de tres, cuatro o cinco estrellas, que ya sabemos como empieza, y como acaba ésto, con Troya arrasada por los griegos.

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