Publicado el: sáb, 23 Mar, 2019
Opinión

La mano del hombre

La obligatoria recogida de los cadáveres de las reses está afectando negativamente a las aves carroñeras, como el alimoche.

Innegablemente la Europa que vemos hoy en día, incluso en sus sectores más vírgenes, ha sufrido de una forma u otra la huella del ser humano, aunque sea de manera indirecta, pues territorios tan vírgenes como el cercano Coto de Doñana o la Selva de Irati en Navarra, han sufrido por ejemplo la extinción de alguna especie importante como el lobo ibérico, habitante años ha de ambos espacios, o por el contrario, por la introducción de alguna nueva, la cual resulta una especie invasora. En cuanto a estos desequilibrios en la cadena trófica, más o menos cada región europea se encuentra más o menos afectada, y es ya inevitable en muchas ocasiones, la misma mano humana para la corrección o el control de dicha cadena, controlando poblaciones de algunas especies oportunistas, fomentando y cuidando de las más vulnerables, o facilitándole la comida a algunas otras. Sobre esto último cabe decir que en muchas ocasiones, los entes legisladores no suelen atender a la lógica a los habitantes de los medios rurales que son quienes conocen el medio que les rodea y como funciona, pues los primeros gobiernan y dictan normas desde un despacho, lugar donde todo se observa con una perfección matemática del todo inexistente en la realidad cotidiana. También cabe darse el caso contrario, en el que los pobladores locales y dueños de fincas, tienen una fuente de ingresos importante jugando con la población de distintas especies que él mismo introduce. Y por último, hablaré de un caso que directamente nos afecta a todos los ciudadanos de la bahía que habitamos. Ahí van:

El primer caso es el del problema existente con los buitres, especialmente los leonados, quienes han visto reducido su alimento a consecuencia de la prohibición de dejar las reses muertas en el campo, con la obligación del ganadero de retirarlas; asunto que por un lado no atiende a la lógica del medio natural, les quita de un plumazo el modo de alimentarse de las especies carroñeras, y por otro lado, cabe decir, que el campo no es una calle, un museo o un centro comercial donde todo tiene que quedar limpio y ordenado, sino que en todo lo posible, hay que dejar que éste se regule asimismo, cosa, por otro lado difícil, debido a la escasez general de grandes predadores, lo que favorece un repunte de herbívoros, y un impacto a la vegetación también . Y por otro, en el plano humano, supone un gasto extra para los ganaderos, quienes en el transcurso de los siglos, que lleva las ganaderías españolas, han vivido y se han gestionado así, aprovechándose de los recursos del medio que les rodeaba.

La introducción de especies exóticas con motivos cinegéticos, recreativos u ornamentales, es un problema grave para el ecosistema de turno. En la imagen un Pato Mandarín.

El segundo caso, es el de la introducción de especies, que en muchas ocasiones no son originarias del lugar, por parte de los lugareños, para favorecer la caza o la pesca, creando asimismo un fuerte impacto en el medio, como especie invasora. Especial negocio suelen ser los ungulados como el ciervo común, el muflón o el gamo, así como las distintas clases de peces, en muchas ocasiones de tamaños y voracidad peligrosos para el medio, como son los siluros o los barbos. En el primer caso, la sobrepresión de especies herbívoras sobre el medio vegetal se hace patente, pues la falta de predadores impide un control poblacional que fuera deseable. En otros casos, directamente no había ungulados en la zona antes de la llegada del ser humano, como sucede en la isla de Tenerife, donde los arruis o muflones norteafricanos están esquilmando una vegetación local, en muchas ocasiones endémica, que no tiene medios de defensa alguna contra unos seres que nunca habitaron en sus tierras. En otros casos, sucede que se introduce una especie para crear un medio de vida, un modelo de economía, una especie de ganadería o población controlada (que se suele ir de las manos siempre) de un ser que es más rentable en términos económicos y gastronómicos que el local; favoreciendo la llegada del animal foráneo en contra del local, caso que por ejemplo ha sucedido en el vecino Doñana con el cangrejo rojo, mucho más agresivo que el autóctono de río, y que se ha visto desplazado al punto casi de la extinción, aún así, el primero ha creado todo un medio de vida en las poblaciones de las marismas, por lo que es muy difícil, por no decir imposible, su erradicación, en una zona, por otro lado donde la economía tampoco es boyante.

En ocasiones, la mano del hombre puede salvar de la desaparición a un medio natural como la marisma, tendente a la colmatación. En la foto, el saco de la Bahía de Cádiz, y su fondo fangoso.

Y la tercera y última, es la que nos afecta a nosotros directamente, es cuando surge la duda o incógnita más difícil de resolver y poner de acuerdo a los expertos: cuando hay que usar la mano del hombre para conservar un medio que se sabe, va a desaparecer por medios naturales si nosotros no lo evitamos. En lo que respecta a nuestro parque natural de la Bahía de Cádiz, el peligro es la propia naturaleza de la marisma, muy cambiante, y tendente a la colmatación. De todos es sabido, que el medio natural del parque gaditano es precisamente obra humana desde los tiempos de los fenicios o romanos, quienes crearon lugares muy ricos ecológicamente hablando, como es el caso de las salinas, o los corrales. En ambos casos, si se deja que la naturaleza siga su curso tenderán a la desaparición; hoy en día podemos observar como el poblado fenicio de Doña Blanca, situado hoy tierra adentro, casi a la altura de El Portal, población ésta, que fue el puerto de la ciudad de Jerez de la Frontera, por un río Guadalete con mayor profundidad que hoy en día; ambas en plena zona agraria. La tendencia natural de la marisma es la colmatación, y la desecación natural, precisamente siempre se insistió en que la pervivencia de nuestro parque se debió a las salinas creadas por los humanos, que lograron mantener una zona húmeda dependiente de las mareas. Ahora éstas se encuentran abandonadas en la mayoría de los casos, y en el caso del saco de la propia bahía, la colmatación se encuentra en un estado más que avanzado. Cabe preguntarse, si ahora hay que usar la mano del ser humano, para mantener las cosas como están o dejar que la naturaleza siga su curso, y alrededor de un siglo las marismas cercanas se conviertan en una parte más de la campiña. Para mí sin duda, en esta situación, la mano del hombre, lejos de perjudicar, ha favorecido que un medio fuera más rico de lo que le correspondía en un inicio.

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