Publicado el: Dom, 27 Sep, 2026
Opinión

Quiero un zombie para que me cuente un chiste

IA - Richard Stine

Tengo una teoría. Quizá el problema del terror contemporáneo no sea que ya no sabemos hacer películas de miedo. Quizá el problema sea que hemos descubierto que el público se asusta menos cuando tiene un ataque de risa entre susto y susto. Y si esto es así, tenemos un futuro maravilloso por delante: Dentro de unos años las películas de terror no tendrán protagonistas perseguidos por criaturas infernales, sino criaturas infernales perseguidas por guionistas que necesitan desesperadamente que alguien haga un chiste antes del siguiente jumpscare. Bienvenidos al nuevo terror.

La nueva Resident Evil, dirigida por Zach Cregger y estrenada este septiembre de 2026, acaba de entrar en escena como una especie de experimento involuntario sobre esta cuestión. La película ha conseguido un estreno espectacular, con unos 60 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá durante su primer fin de semana y más de 108 millones a escala mundial, convirtiéndose en el mejor debut de la franquicia en Norteamérica. La crítica también la ha recibido de manera notablemente positiva: The Verge, por ejemplo, la describe directamente como una película que funciona primero como comedia y después como pesadilla, mientras que otros análisis han destacado precisamente la combinación de humor, tensión y terror.

Y aquí viene lo divertido. Después de años de películas de Resident Evil que parecían empeñadas en demostrar que una adaptación de un videojuego podía alejarse absolutamente de aquello que hacía especial al videojuego, llega una nueva película que recupera precisamente una parte muy concreta del espíritu de la saga: El absurdo. Porque conviene recordarlo, aunque algunos fans hayan pasado años intentando borrar determinadas cosas de su memoria: Resident Evil siempre tuvo una relación bastante peculiar con el humor. El videojuego original podía ofrecer mansiones siniestras, cadáveres, zombis y criaturas monstruosas, pero también diálogos imposibles, personajes que parecían no saber muy bien en qué universo estaban viviendo y situaciones tan exageradas que rozaban deliberadamente la serie B. El problema es que una cosa es que el terror tenga humor negro y otra que el humor termine devorándose al terror como un Tyrant con hambre atrasada.

Y quizá ahí esté la paradoja de la nueva película. Cregger no parece haber entendido que para hacer Resident Evil tenía que fingir que todo era solemne y trascendental. Al contrario: Utiliza el humor como parte del mecanismo de tensión. El protagonista es un mensajero que acaba metido en un brote zombi en Raccoon City y la película juega con situaciones absurdas, personajes desconcertantes y una atmósfera que puede pasar de la tensión a la carcajada sin abandonar del todo el género. El propio director ha explicado que, aunque no había visto las películas anteriores, sí era aficionado a los videojuegos originales y quiso construir una experiencia cinematográfica que recordara a la sensación de jugar al Resident Evil.

Y entonces uno mira alrededor y empieza a preguntarse si estamos ante una tendencia o simplemente ante una casualidad con muy buena taquilla. Porque este mismo año tuvimos Return to Silent Hill, una película que decidió hacer exactamente lo contrario: Tomarse muy en serio su universo, apoyarse en la imaginería del videojuego y llevarnos otra vez a ese pueblo donde aparentemente hasta la niebla tiene depresión. El resultado comercial fue mucho más modesto: Unos 48 millones de dólares en todo el mundo, de los cuales alrededor de 5,5 millones correspondieron a Estados Unidos y Canadá. Su estreno doméstico fue de aproximadamente 3,25 millones. La recepción crítica tampoco acompañó demasiado: Rotten Tomatoes recoge actualmente un 18 % entre los críticos, aunque la recepción del público es considerablemente superior, con un 28 % en su indicador correspondiente.

Y entonces aparece la pregunta maliciosa: ¿El público ya no quiere terror? ¿O quiere terror, pero necesita que alguien le haga cosquillas entre dos cadáveres?

Porque quizá estemos confundiendo dos cosas diferentes. El terror puede utilizar el humor como herramienta y hacerlo extraordinariamente bien. De hecho, el humor negro puede aumentar la incomodidad, generar contraste y hacer que una escena resulte todavía más desagradable. Una carcajada en el momento adecuado puede ser más perturbadora que veinte litros de sangre digital. El problema aparece cuando la película parece tener miedo de que el espectador se aburra si pasan más de tres minutos sin que alguien diga una ocurrencia. Entonces el monstruo deja de ser una amenaza y se convierte en un compañero de piso desagradable. El demonio aparece en el pasillo y uno espera que, antes de atacar, mire a cámara y diga algo relacionado con su mala suerte con las hipotecas.

Quizá estamos llegando a un punto en el que Hollywood ha descubierto una fórmula diabólicamente sencilla: Si no puedes conseguir que el público tenga miedo, consigue que se divierta. Y si además consigues ambas cosas, has encontrado la piedra filosofal del género. No es una estrategia absurda. De hecho, los datos de Resident Evil indican que esta combinación puede funcionar comercialmente. Pero convertir un caso concreto en una ley universal sería tan precipitado como afirmar que todos los zombies son malos empleados porque ninguno ha conseguido mantener una conversación coherente en una entrevista de trabajo.

Lo curioso es que Expediente Warren: El último rito demuestra precisamente que la historia es bastante más complicada. La película no necesitó convertirse en una comedia para funcionar en taquilla. Recaudó alrededor de 499 millones de dólares en todo el mundo y tuvo un estreno particularmente potente. En España, los datos oficiales del ICAA registran más de 13,5 millones de euros y más de 1,8 millones de espectadores. Sin embargo, su recepción crítica fue bastante menos entusiasta. Rotten Tomatoes recoge un 57 % entre los críticos y un 76 % entre los espectadores verificados, y el consenso crítico señala que, aunque mantiene los estándares de terror de la franquicia, queda por debajo de las entregas anteriores como capítulo culminante.

Es decir, tampoco podemos decir que Expediente Warren fracasara simplemente porque el público se haya cansado del terror. Comercialmente hizo exactamente lo contrario. Otra cuestión es si la saga consiguió mantener la capacidad de sorprender después de tantas entregas, spin-offs, muñecas diabólicas, monjas demoníacas, casas encantadas y suficientes objetos poseídos como para que uno empiece a sospechar que en ese universo cualquier mueble de IKEA tiene potencial para convertirse en protagonista.

Y aquí es donde aparece mi sospecha: Quizá no estamos idiotizando el terror. Quizá estamos intentando hacerlo más accesible. Que no es exactamente lo mismo, aunque desde la butaca pueda parecerlo. El espectador contemporáneo consume terror de una manera diferente. Está acostumbrado a los memes, a los vídeos de quince segundos, a la ironía constante, a comentar la película mientras la ve y a convertir inmediatamente cualquier escena en una imagen que circulará por internet. Es difícil mantener durante dos horas una solemnidad absoluta cuando la cultura audiovisual actual está permanentemente guiñándonos un ojo.

El propio Resident Evil original ya contenía esa contradicción. El survival horror nació de una mezcla bastante peculiar entre miedo genuino, serie B, monstruos imposibles y momentos involuntariamente; o voluntariamente; ridículos. Quizá la nueva película haya entendido algo que muchas adaptaciones anteriores olvidaron: Que Resident Evil nunca fue solamente “terror serio”. También fue espectáculo, exceso, absurdo y diversión. La nueva película puede estar recuperando precisamente esa parte de la identidad de la franquicia, pero haciéndolo de una manera más consciente y adaptada al público actual.

Y eso nos lleva a una cuestión mucho más incómoda. ¿Estamos pidiendo realmente que el terror vuelva a darnos miedo o estamos pidiendo simplemente que nos entretenga? Porque quizá sean cosas diferentes.

El miedo puro exige cierta vulnerabilidad. Necesita silencio, espera, incertidumbre, incomodidad. Necesita que el director tenga la paciencia suficiente para dejar una puerta abierta sin enseñarnos inmediatamente qué hay detrás. Necesita que el espectador imagine. Y la imaginación tiene un problema terrible para el mercado moderno: No se puede monetizar inmediatamente. Una criatura que permanece fuera de plano durante cinco minutos no puede vender un póster tan fácilmente como una criatura perfectamente diseñada por ordenador enseñando los dientes en primer plano.

El humor, en cambio, es inmediato. Una frase ingeniosa provoca una reacción instantánea. Un personaje gracioso se convierte en meme. Un monstruo haciendo algo absurdo puede generar un vídeo viral. Y de repente tenemos la situación perfecta: Una película de terror que no solo quiere que grites, sino que además quiere que salgas del cine con una frase que puedas repetir mañana en WhatsApp.

Quizá por eso me preocupa más la posibilidad de que acabemos confundiendo “terror con humor” con “terror que necesita humor para funcionar”. Son conceptos completamente distintos. El primero puede producir auténticas maravillas. El segundo sería una tragedia disfrazada de chiste.

Porque si llegamos al punto en el que una película necesita que el zombie haga una gracia cada vez que aparece para evitar que el espectador pierda interés, entonces quizá el problema no sea el zombie. Quizá sea la película.

Y esto también afecta a los fans del género. Hemos pasado décadas diciendo que Hollywood infantiliza las franquicias, que convierte historias complejas en productos fáciles de consumir y que sustituye el terror por espectáculo. Pero luego llega una película que mezcla terror y comedia, funciona en taquilla y muchos corremos a decir que por fin han entendido el género. Tal vez deberíamos ser un poco más cuidadosos. Que una película sea divertida no significa que sea superficial. Que tenga humor no significa que sea estúpida. Y que una película sea seria tampoco significa automáticamente que sea inteligente. El problema nunca ha sido que haya chistes. El problema es cuando los chistes son lo único que queda.

Por eso, mientras Hollywood descubre si el futuro del terror pasa por los sustos, la nostalgia, los videojuegos, la comedia negra o una criatura digital haciendo monólogos sobre su infancia traumática, yo solamente tengo una petición. No quiero un zombie para que me cuente un chiste.

Quiero un zombie que me dé miedo y que, si además resulta ser gracioso, sea porque el guion ha sabido utilizar el humor para hacer que la situación sea todavía más incómoda. Quiero volver a sentir que una película de terror puede dejarme intranquilo al salir del cine. Y si después de eso el muerto viviente quiere contarme un chiste, perfecto. Pero que primero se coma al guionista.

Y aún así, la evalúo con 9 cráneos de diez. No le pongo el 10 porque el final es meh.

Sobre el autor

- Aficionado del mundo paranormal

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