Publicado el: Jue, 13 Ago, 2026
Opinión

El último armario: salir del clóset paranormal

IA - Richard Stine

Antes era homosexual. Luego ateo. Después de izquierdas en un pueblo de derechas o de derechas en un barrio de izquierdas. Pero en pleno siglo XXI existe un colectivo todavía más perseguido socialmente: El aficionado al misterio.

No, no hablo del que vende pulseras cuánticas a 300 euros, ni del que asegura ser poseído por Julio César los martes y por Camarón los jueves. Hablo del desgraciado que simplemente piensa que quizá hay cosas que aún no entendemos y que un sábado por la noche prefiere ir a un caserón abandonado antes que emborracharse viendo a un DJ con el mismo talento artístico que una freidora de aire.

Porque hoy puedes decir en una cena familiar que practicas poliamor, que inviertes en criptomonedas, que eres vegano, terraplanista, nudista, coleccionista de Funko Pop o incluso concejal de Urbanismo. Nadie pestañea.

Ahora prueba a decir:

—Este fin de semana me voy a una investigación paranormal.

Silencio.

El cuchillo deja de cortar el solomillo.

Tu cuñado deja de respirar.

Tu madre empieza a buscar en Google "cómo incapacitar legalmente a un hijo adulto".

Y tu sobrino de nueve años pregunta:

—Papá... ¿el tío Richard se está metiendo en una secta?

No. Ojalá fuera una secta. Al menos tendrían descuentos en túnicas.

Lo fascinante es que el misterio ha pasado a ser una afición clandestina.

Los grupos de WhatsApp parecen operaciones internacionales de narcotráfico.

—¿Esta noche?

—Sí.

—¿Llevas el material?

—Todo preparado.

—¿Cuánto?

—Tres cámaras, dos grabadoras, una Spirit Box y un detector EMF.

—Perfecto. Que nadie nos vea.

El FBI, la UDYCO y la DEA leyendo la conversación y pensando:

"Bueno... por lo menos no venden cocaína."

Quedar para una alerta ovni es todavía mejor.

Jamás se dice:

—Vamos a ver si observamos algún fenómeno aéreo anómalo.

No.

Se habla como si estuvieras comprando uranio enriquecido.

—¿Dónde hacemos la entrega?

—En el monte.

—¿A qué hora?

—A las dos.

—¿Quién viene?

—Los de Sevilla... Pero que no hablen mucho.

—¿Llevan prismáticos?

—Sí.

—Perfecto.

Si alguien intercepta esa conversación cree que vais a enterrar un cadáver. Y, siendo sinceros, probablemente resulte más fácil explicarle a la Guardia Civil un cadáver en el maletero que una antena direccional apuntando al cielo.

—¿Qué hacen aquí?

—Esperando un ovni.

El agente ni pide la documentación.

Llama directamente al psicólogo de la comandancia.

Luego está el ritual de ocultar el material.

Porque sacar una grabadora digital en un bar genera más sospechas que sacar una navaja jamonera.

Entras con una mochila llena de sensores, cámaras térmicas, trípodes, baterías, cables y walkie-talkies.

El camarero te mira.

Tú sonríes.

Él piensa que vas a montar una célula terrorista.

Y tú solo quieres grabar psicofonías en un cortijo donde lo más paranormal que vas a encontrar es un colchón lleno de chinches y un yonqui durmiendo la siesta.

Los aficionados al misterio también desarrollan un lenguaje en clave.

Nunca dicen:

—Voy a un cementerio.

Dicen:

—Tengo un asunto.

—¿Dónde?

—Ya sabes...

—Ah... allí.

—Sí.

—¿Llevas el equipo?

—Todo.

Parece el diálogo previo a un intercambio de cocaína en un puerto de Algeciras.

Y después llegas.

Montas las cámaras.

Empiezas la investigación.

Y aparece el típico vecino.

—¿Qué hacéis?

Nadie responde con la verdad.

Porque decir:

—Intentamos registrar anomalías ambientales relacionadas con supuestos fenómenos paranormales.

Es demasiado largo.

Y decir:

—Estamos buscando fantasmas.

Hace que automáticamente te conviertas en el tonto oficial del municipio.

Así que acabas improvisando.

—Un trabajo de la universidad.

—Ah.

Y se va convencido.

En España un tipo con una antena, cuatro cámaras y una radio militar haciendo preguntas al aire resulta mucho más creíble si dices que está haciendo un Trabajo Fin de Grado.

Vivimos una época maravillosa.

Puedes creer que las pirámides las construyeron gigantes interdimensionales enviados por delfines telepáticos siempre que abras un canal de YouTube y monetices la locura.

Pero si simplemente dices que te interesa investigar ciertos testimonios extraños con espíritu crítico y pasar una noche diferente entre amigos... Automáticamente eres el raro.

No el peligroso.

El raro.

Que es mucho peor.

Porque al peligroso se le teme.

Al raro se le hace un grupo de WhatsApp aparte.

La ironía definitiva es que muchos aficionados al misterio son más escépticos que quienes se ríen de ellos. Revisan grabaciones durante horas para descartar ruidos, buscan explicaciones naturales antes de sacar conclusiones y saben que la inmensa mayoría de las investigaciones terminan sin nada extraordinario. Pero eso no importa. La etiqueta ya está puesta.

"Ah, sí... el de los fantasmas."

Como si el vecino que lleva veinte años gritando al televisor durante los partidos fuese un ejemplo de equilibrio emocional.

Quizá algún día podamos decir abiertamente:

—Esta noche me voy a investigar un caserón abandonado.

Y la respuesta sea:

—Que lo paséis bien.

En lugar de:

—¿Habéis pensado en acudir a un especialista?

Hasta que llegue ese día, seguiremos reuniéndonos en gasolineras a medianoche, hablando en clave, intercambiando mochilas llenas de aparatos con aspecto de haber sido robados a la NASA y mirando hacia todos lados antes de pronunciar la palabra "psicofonía", igual que un traficante pronuncia "mercancía".

No porque estemos escondiendo un delito.

Sino porque, en este país, parece que reconocer que te apasiona el misterio sigue siendo más vergonzoso que reconocer que votaste tres veces al mismo partido esperando resultados distintos. Y eso sí que da miedo.

Sobre el autor

- Aficionado del mundo paranormal

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