Publicado el: Dom, 20 Sep, 2026
Opinión

Los Power Rangers del más allá

IA - Richard Stine

Todo directo de investigación paranormal empieza igual, y ya solo por eso merece estudio antropológico: La cámara enfoca a un chaval con sudadera negra que dice: "Yo soy Rubén, sensitivo desde los ocho años". Corte. Aparece la siguiente: "Yo soy Vanessa, especialista en energías residuales". Corte. Aparece el del gorro: "Yo traigo el equipo técnico". Son los Power Rangers del Más Allá, la “Megaformación Espiritual”, y cuesta no preguntarse si antes de grabar hay un ensayo de coreografía de presentación con el mismo cuidado que le pondría una boyband coreana a su primer single, porque el orden de aparición nunca es casual: Primero el carismático, luego la sensible, al final el técnico, que es el eterno Zordon de la operación, el que nunca sale en pantalla pero maneja el medidor de EMF como si fuera la Espada del Poder.

Después llega el momento litúrgico de verdad, el que sostiene el género entero: La pregunta al aire. "¿Hay alguien aquí con nosotros esta noche?" Silencio. Cámara en el investigador. Silencio más largo. Cámara en la sala vacía. Un silencio ya casi incómodo, como el de una cita a ciegas que va mal, y entonces, nada, no pasa absolutamente nada, pero el corte de montaje ya se ha encargado de meter una música de tensión que sugiere que sí, que algo ha pasado, que usted como espectador se lo ha perdido por parpadear. Es puro lenguaje de telenovela: La pausa dramática no está ahí porque haya sucedido algo, está ahí porque el silencio, bien iluminado, vende mejor que la respuesta.

Y luego está la variante más gloriosa del género, la hermana pequeña de La Rosa de Guadalupe adaptada al ectoplasma: "¿Y esa sombra?". Cara de espanto colectivo, cámara temblando, alguien susurra: "¿lo habéis visto?". Y el espectador, que lleva ya cuarenta minutos de directo mirando fijamente una esquina oscura, efectivamente no ve nada, pero para entonces ya da igual, porque la escena está construida exactamente igual que el momento en que a la protagonista se le aparece la Virgen en el reflejo del microondas: La sorpresa no depende de que haya imagen, depende de que todo el mundo actúe como si la hubiera.

El remate llega en el chat, que es donde el género revela su verdadera naturaleza participativa: En cuanto alguien menciona "sombra" o "cara", cien espectadores empiezan a hacer círculos rojos por toda la pantalla señalando manchas de humedad, reflejos de linterna y, en el mejor de los casos, la nada más absoluta, todos convencidos de haber cazado al mismo fantasma en sitios distintos de la imagen. Aquí hay que frenar el chiste un segundo, porque lo que ocurre ahí no es una enfermedad mental, es pareidolia: El cerebro humano está diseñado, por pura supervivencia, para encontrar caras y patrones donde no los hay, y lo hace con una nube, con un enchufe, con la corteza de un árbol y con la mancha de humedad del salón de la abuela. Es gratuito, es universal y no diagnostica nada raro en quien lo hace; lo raro es el negocio construido encima de esa tendencia tan de serie, vendiéndola directo tras directo como revelación exclusiva.

Ahí está el verdadero truco del formato, y es más aburrido y más rentable que cualquier fantasma: No hace falta que pase nada, porque el silencio se edita como suspense, la nada se edita como aparición, y la pareidolia del espectador hace gratis el trabajo de efectos especiales que el equipo de producción no se puede permitir. El fantasma más fiel de la investigación paranormal en redes no vive en la casa encantada. Vive en el algoritmo, y ese sí que no falla nunca la sesión.

Sobre el autor

- Aficionado del mundo paranormal

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