Publicado el: Jue, 20 Ago, 2026
Opinión

La memoria olvidada

Hay ciudades que llevan su historia como quien lleva la sal en la piel, sin necesidad de mostrarla; y hay otras que solo la recuerdan cuando esa historia empieza a parecerse a una buena fotografía.

San Fernando vuelve, una vez más, a esa orilla incierta.

Se habla ahora, con la boca llena, del extraordinario patrimonio naval, militar y científico de La Isla; de su valor cultural y turístico; de la urgencia de sacarlo a la luz. Todo eso es cierto, sí, como es cierto que el mar siempre vuelve. Pero también es cierto que llevamos años repitiendo, casi a solas, que nuestra ciudad no puede seguir mirando desde el muelle cómo otros zarpan con nuestra propia memoria a bordo.

En enero, desde Andalucía Por Sí, reclamábamos ya un papel activo de San Fernando en los homenajes al Juan Sebastián de Elcano: sabíamos que dejar pasar esa marea equivalía a renunciar, otra vez, a lo nuestro. Entonces no había iniciativa municipal alguna que conociéramos; el silencio institucional era el único puerto. Ahora, después de que una plataforma ciudadana haya encendido la mecha, el Gobierno municipal corre a subirse a la cubierta.

Bienvenido sea, aunque llegue con la marea ya alta.

Pero no es lo mismo izar las velas que subirse a un barco que ya navega. Entre abrir camino y recorrerlo hay una distancia que no mide el calendario, sino la dignidad.

La memoria, además, guarda un nombre que aún no ha encontrado su sitio: Isaac Peral.

Mientras se pronuncia, con voz grave y solemne, la importancia de nuestro patrimonio naval, Peral sigue sin monumento, sin placa, sin el reconocimiento que merece en la ciudad a la que entregó su nombre y su ingenio. Y resulta casi cruel recordar que ya en 2015, desde la oposición, el PSOE de Patricia Cavada reclamaba precisamente una mayor atención institucional hacia su figura.

Once años. Once inviernos sin placa.

Las palabras han cambiado de despacho, de mano, de bancada; pero Isaac Peral sigue esperando, sumergido en el mismo silencio que un día quiso vencer bajo el agua.

Y ahí está el verdadero contraste, el que de verdad importa. No se trata de discutir quién tiene derecho a defender nuestro patrimonio —la historia, como el mar, es de todos—, sino de comprobar si las palabras, alguna vez, se mojan los pies.

Porque el patrimonio no es una escenografía para las instituciones, ni una palabra solemne reservada a las notas de prensa. Es una responsabilidad, casi una fidelidad: se conserva cuando cuesta dinero, se defiende cuando nadie mira, se reivindica cuando todavía no hay una fotografía que acompañe el gesto.

San Fernando no necesita descubrir ahora que tiene historia naval: la lleva escrita en la quilla desde hace siglos. Lo que necesita es dejar de llegar tarde a su propia orilla.

Y quizá convenga recordar que la memoria no se construye corriendo detrás de las iniciativas ciudadanas, sino adelantándose a ellas, como quien intuye la tormenta antes de que rompan las primeras olas.

Porque cuando el poder llega tarde, solo alcanza a posar para la fotografía.

Pero la historia, que no atiende a notas de prensa, recuerda siempre quién encendió primero la luz.

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- Espacio donde trataremos con mucho cariño las cosas con Arte de nuestra Isla

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