Los devotos del poder
Hay ciudades que no se deterioran de golpe. Se van deshabitando lentamente de verdad. No desaparecen sus calles ni sus plazas; desaparece el hábito de preguntar. Y cuando una ciudad deja de hacerse preguntas, el poder comienza a sentirse inmortal.
San Fernando vive desde hace demasiado tiempo bajo una escenografía cuidadosamente construida. La ciudad del titular complaciente, de la fotografía perfectamente encuadrada, del optimismo institucional convertido en doctrina. Todo parece funcionar mientras nadie aparte el telón. Pero basta con levantar ligeramente esa cortina para descubrir que detrás siguen acumulándose los mismos problemas que llevan años aguardando una solución.
Ahora es la Policía Local
No hablamos de una cuestión menor ni de un conflicto sindical aislado. Hablamos de quienes tienen la responsabilidad de proteger a los ciudadanos precisamente cuando la ciudad se dispone a vivir sus días de mayor intensidad. La Feria del Carmen y de la Sal y la temporada estival no admiten improvisaciones. Requieren planificación, efectivos suficientes, coordinación y un gobierno capaz de anticiparse a los acontecimientos.
Y, sin embargo, lo único que encontramos son preguntas sin respuesta.
Si existen tensiones laborales, si la plantilla denuncia falta de personal, si los propios profesionales advierten desde hace meses de un deterioro en sus condiciones de trabajo, la obligación del Gobierno municipal no es esconder el problema bajo una alfombra de propaganda. Su obligación es explicar qué está ocurriendo y cómo piensa resolverlo.
Eso es gobernar.
Lo demás pertenece al territorio de la apariencia.
Muchos dolientes de La Isla nos preguntamos cómo se garantizará la seguridad durante la Feria y el verano. Preguntamos si existe una planificación real. Preguntamos si las negociaciones avanzan o permanecen encalladas. Preguntamos porque esa es la función de una oposición responsable.
Lo verdaderamente inquietante no es que exista quien formule esas preguntas . Lo inquietante es el ejército de silencios que se organiza inmediatamente para que nadie las escuche.
Hay un viejo fenómeno que termina erosionando cualquier democracia local: la domesticación de la opinión. Ocurre cuando determinados medios dejan de ejercer el periodismo para convertirse en departamentos externos de comunicación institucional. O cuando algunos articulistas olvidan que escribir consiste en incomodar al poder y no en acariciarlo.
Entonces aparecen los fieles del régimen cotidiano. Los escribanos del conformismo. Los cronistas del aplauso permanente. Los que jamás encuentran un motivo para señalar una deficiencia mientras el gobernante conserve capacidad para repartir reconocimientos, publicidad o cercanía.
No son periodistas incómodos.
Son administradores del silencio.
Son esos estómagos agradecidos que han terminado confundiendo la independencia con la obediencia y el pensamiento con la conveniencia. Escriben mirando más al despacho oficial que a la calle. Pesan cada palabra con el mismo cuidado con el que otros pesan los favores recibidos.
Y así, la crítica desaparece.
No porque no existan motivos.
Porque existen dependencias.
Pero la realidad tiene una mala costumbre: siempre acaba imponiéndose sobre la propaganda.
No hay fotografía institucional capaz de sustituir a un patrulla que no puede salir. No existe titular suficientemente brillante para ocultar una plantilla insuficiente. Ninguna campaña de imagen puede reemplazar el trabajo de quienes cada día garantizan el orden, regulan el tráfico, atienden una emergencia o socorren al vecino que los necesita.
La seguridad nunca debería convertirse en un ejercicio de improvisación de última hora.
La política tampoco.
Gobernar exige prever lo que puede ocurrir antes de que ocurra. Exige escuchar a los trabajadores antes de que el conflicto estalle. Exige negociar antes de que la tensión se haga irreversible. Exige asumir responsabilidades antes de buscar culpables.
Quizá por eso incomoda tanto una simple pregunta.
Porque una pregunta honesta tiene la virtud de desnudar todas las respuestas que aún no existen.
San Fernando merece algo mejor que una ciudad administrada desde el relato. Merece un gobierno que responda, una oposición que pregunte y una prensa que conserve intacta la dignidad de mirar siempre hacia el poder con la misma distancia con la que mira a cualquier ciudadano.
Porque el periodismo deja de ser libre cuando empieza a sentirse cómodo.
Y la política deja de servir a los ciudadanos cuando empieza a creer que nadie se atreverá a pedirle explicaciones.
Las ciudades no se sostienen sobre los discursos. Se sostienen sobre la confianza. Y la confianza solo puede edificarse donde existe transparencia, autocrítica y respeto por la inteligencia de los vecinos.
Todo lo demás es literatura de propaganda.
Y esa, por muy bien escrita que esté, nunca consigue proteger a una ciudad.







