Publicado el: Mié, 15 Abr, 2026
Opinión

Miguel el de la Taberna Gitana

La perfección es una pulida colección de errores, Mario Benedetti

Hay artistas que se hacen, y otros que nacen con el arte latiendo en las venas. Miguel de los Reyes pertenecía a estos últimos, había pocos como él en la ciudad de 'La Manquita', que era como llaman a Málaga porque a la catedral le faltaba un campanario.

Nació en Málaga en 1930, en el popular barrio de La Victoria, donde el compás forma parte de la vida. Y aunque recorrió medio mundo, siempre volvió a ese origen humilde, como quien necesita tocar tierra para no perder la verdad.

Desde niño ya apuntaba maneras. No era solo talento: era emoción. En los años cuarenta debutó como tonadillero en el Teatro Olimpia de Málaga, y su voz rota, profunda, empezó a abrirse paso. Pronto lo compararon con Miguel de Molina una referencia mayor.

Madrid fue su siguiente escenario. Allí triunfó en los mejores teatros de la época, en un tiempo donde el espectáculo era refugio y vida. Después cruzó el Atlántico y en los años cincuenta y sesenta triunfó en Argentina, rodando películas y ampliando su carrera.

Hasta el final de su vida, Miguel no dejó de enseñar. Una semana antes de morir en 1999 seguía dando clases en su academia de Málaga. La ciudad le dedicó una calle, y su memoria sigue viva.

Pero su historia también se escribe en los tablaos.

En Málaga regentó la Taberna Gitana, donde el flamenco se vivía sin artificios. Allí cantaba Antonio el de Ceuta, un artista de carácter que un día, por la desaparición de su bocadillo de jamón en el descanso, decidió no cantar más.

Y no cantó más.

Miguel se quedó sin cantaor.

Y entonces tomó una decisión: ir donde el flamenco estaba en ebullición. A la mítica Venta de Vargas de La Isla de San Fernando, así lo cuenta Francis Mármol en su libro “Boquerón de La Isla “

Aquello era una cantera. Un templo. Allí estaban todos: Pansequito, Rancapino, María Vargas, Farina de La Isla…Camarón.

Miguel habló con Juan Vargas. Necesitaba un cantaor. Y todos quisieron cantar para él, no podían perder esta oportunidad.

Cuando oyó a Pansequito, lloró.

Aquel cante era distinto. Renovador. Con raíz, pero con alas. Quiso contratarlo esa misma noche. Pero estaba haciendo el servicio militar. Y en aquella época, eso no se negociaba.

Siguió buscando. Y apareció Rancapino

Gitano de Chiclana, nacido en 1945, traía el cante desde la sangre. Nieto de 'La Obispa', hijo de 'Manuel Orillito'… lo suyo era herencia. Creció cantando en ventas, autobuses, empapándose de compás.

Miguel lo escuchó… y lo tuvo claro. Aquellas malagueñas. Aquellas alegrías. Ahí terminaba la búsqueda. O eso parecía.

Porque antes de marcharse, decidió tomarse una última copa en la Venta de Vargas.

Nada más entrar, vio a Juan Vargas y a María Picardo. Y con ellos, sentados un chaval. Rubio, delgado, chaqueteado. Casi un niño.

—Este es José… le dicen Camarón.

Miguel lo escuchó por siguiriyas.

Y el mundo se detuvo.

Aquello no era normal. No podía caber tanto arte en un cuerpo tan pequeño. Cada quejío parecía venir de muy lejos, como si arrastrara siglos. Tenía un viejo en las entrañas. Pero la realidad se impuso.

Era menor de edad.

Y aunque existía la posibilidad de una autorización, Juana Cruz, tenía la última palabra. Una madre que había sacado a sus hijos adelante sola, que vivía por ellos. Y entonces ocurrió lo más grande.

Juana Cruz no pensó en ella.

Pensó en su hijo.

Pensó en su futuro. Y firmó.

Miguel sabía perfectamente la joya que se llevaba para Málaga. Sabía que aquel chaval no era uno más. Que estaba ante algo irrepetible. Pero aún quedaba una decisión. ¿Qué hacía con Rancapino?

La respuesta, como tantas veces en el flamenco, no vino de la cabeza, sino del corazón. Se llevó a los dos.

Y así, casi sin que nadie pudiera imaginarlo entonces, dos de las voces más grandes que daría la historia del flamenco emprendían camino juntos hacia Málaga.

Allí, en la Taberna Gitana, encontrarían su primer contrato serio. La fama aún estaba lejos, los discos por grabar, los escenarios por conquistar. Pero el arte ya estaba dentro. Aquella taberna no fue solo un tablao. Fue un trampolín.

Fue escuela, fue origen.

Porque hay momentos que no salen en los libros, pero cambian la historia. Y aquella noche, entre una copa, una firma y una decisión valiente, el flamenco dio un paso silencioso hacia la eternidad.

Miguel de los Reyes no solo encontró un cantaor. Encontró dos destinos. Y sin saberlo, ayudó a escribir una de las páginas más hermosas del arte jondo.

Sobre el autor

- Espacio donde trataremos con mucho cariño las cosas con Arte de nuestra Isla

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