Publicado el: Lun, 25 May, 2026
Opinión

Flamenco y Guerra: Un suceso que fue real

IA - Lolo Picardo

Dicen, y hay quien todavía lo recuerda con esa imprecisión turbia que confiere el miedo a las cosas que se vivieron, que ocurrió en un tiempo en que la historia aún no había aprendido a reconocer sus propias sombras, ni sabía muy bien qué hacer con ellas.

La Isla de San Fernando llevaba años respirando ese aliento salobre que le mandaba la Bahía de Cádiz, mezclado con el rumor perpetuo de las gaviotas y con esa vieja costumbre, tan arraigada en los pueblos que han sufrido demasiado, de callar precisamente lo que no convenía nombrar. Habíamos salido, o creíamos haber salido, del horror, de aquella guerra de hermanos contra hermanos, de padres contra hijos, del hambre cosida a las entrañas como una segunda piel, pero el odio no se había marchado del todo. Sólo había aprendido, con la misma paciencia con que aprenden los vencedores, a esconderse.

Tras aquello, la gran guerra y España se proclamaba neutral, como si eso bastara, como si la mera enunciación de una palabra pudiera enmascarar el estruendo que por entonces devoraba Europa. Pero la guerra, incluso la que transcurre lejos, siempre encuentra la manera de acercarse; siempre termina por colarse, oblicua y silenciosa, entre las rendijas de los lugares que más se empeñan en ignorarla.

Un submarino había entrado averiado en el Puerto de Cádiz, y sus tripulantes habían sido detenidos bajo una ficción que nadie se molestaba en disimular del todo, porque los generales españoles mantenían con Hitler cierta complicidad que no necesitaba ser pronunciada para existir, y fueron trasladados a la prisión de Cuatro Torres del Arsenal de la Carraca, allí en la Isla, donde el tiempo se coagulaba entre muros que olían a salitre y a olvido. Una prisión con puertas abiertas, comodidades de un hotel de lujo y permiso explícito para aparecer a la hora que quisieran.

Aquella noche llegaron sin previo aviso, como suelen llegar las cosas que luego no se sabe muy bien cómo explicar. Primero fue el rumor apagado de unos motores en el exterior, ese sonido sordo y metálico que no anuncia nada bueno. Después, el silencio. Y más tarde, inexorable y sin aspavientos, la puerta.

Entraron en la Venta de Vargas como quien pisa un territorio que no reconoce y que tampoco le pertenece. Eran marinos del Tercer Reich, hombres forjados en el acero y en el plomo, curtidos en la oscuridad submarina donde el tiempo pierde su sentido habitual y los días se confunden con las noches hasta volverse una misma cosa. Traían consigo la disciplina y el cansancio, y ese silencio espeso y mineral que acompaña a quienes han visto demasiado y han aprendido, a fuerza de necesidad, a no contarlo.

Dejaron sobre la mesa lo que les pesaba: las armas, los correajes, la prolongación misma y tangible de la guerra. Y se sentaron.

Nadie detuvo nada, pero el aire cambió. El miedo, ese miedo sutil y antiguo que no necesita ser nombrado para hacerse presente, se deslizó entre las mesas como una corriente invisible, como un viento que nadie veía pero que todos sentían en la nuca. Nadie habló de ello. Nadie tenía que hacerlo; en La Isla, como en tantos otros sitios de aquel país exhausto, había ciertas cosas que se entendían sin palabras.

Entonces comenzó el cante. Como siempre. Como si nada hubiera ocurrido, o como si precisamente por lo que estaba ocurriendo necesitara ocurrir.

Una voz se alzó, antigua y quebrada, nacida de un lugar más hondo que la garganta, de ese pozo interior donde los flamencos guardan sus lamentos más verdaderos. La guitarra respondió abriendo surcos invisibles en la noche, marcando un compás que no entendía de banderas ni de órdenes de mando, que no distinguía entre vencedores y vencidos porque conocía, desde mucho antes que cualquier guerra, una derrota mucho más antigua y mucho más honda.

Durante unos instantes, todo quedó en suspenso: los flamencos atentos, los hombres rígidos como estatuas de una alegoría que nadie había querido invocar. El mundo, en equilibrio precario sobre el filo de su propio absurdo.

Pero el vino empezó a hacer su trabajo. Primero aflojó los gestos, luego las manos. Después, poco a poco, con esa lentitud cautelosa que tienen las rendiciones que no quieren llamarse rendiciones, las miradas.

Y casi sin que nadie pudiera señalar el momento exacto en que sucedió, porque estas cosas no tienen un momento exacto, sino una serie de umbrales que se van cruzando sin que nadie repare en ellos, la noche comenzó a inclinarse hacia otra cosa.

Uno de ellos, oficial, se levantó.

Alto, rubio, con el rostro todavía marcado por la sombra fría del submarino, se colocó un mantoncillo que alguien le ofreció entre risas apenas contenidas. Dudó un instante, apenas el tiempo de reconocer en sí mismo algo que quizás no esperaba encontrar. Y luego dio el primer paso.

No sabía bailar. Pero lo intentó, y en ese intento torpe y obstinado había algo que era más verdadero que cualquier destreza. Su cuerpo, acostumbrado a la rigidez del mando y a la geometría implacable de la obediencia, buscaba torpemente el compás, sin encontrarlo del todo, perdiéndolo y volviéndolo a buscar. Y sin embargo, en esa torpeza había algo que merecía ser visto: algo humano, desnudo de toda retórica, como si por un instante hubiera logrado desprenderse del uniforme invisible que seguía llevando encima aunque ya no lo cubriera ninguna tela. Como si el ritmo le ofreciera una salida que la guerra, desde hacía mucho tiempo, le había negado.

Alguien jaleó. Otro marcó palmas con las manos abiertas. Y entonces ocurrió lo que ocurre a veces en La Isla cuando el cante lleva suficiente tiempo haciéndose cargo de la noche.

Los hombres que habían llegado desde el abismo comenzaron a reír. A moverse. A perder, lenta e irreversiblemente, la forma exacta de lo que creían ser.

La noche se alargó, como suelen alargarse las noches que no quieren terminar porque saben que lo que viene después es peor.

El cante se hizo más hondo. El vino, más generoso. Y las distancias, esas que separan a unos hombres de otros, que son siempre las más difíciles de medir y las más fáciles de ignorar, comenzaron a desvanecerse en el aire espeso y salino de la madrugada.

Pero no todo se había rendido.

Había algo en él, en el oficial, que permanecía intacto bajo la superficie de aquella tregua improvisada. Una dureza que el vino no había conseguido disolver. Una sombra que el compás no había logrado quebrar. Algo que no tenía nombre, o que tenía demasiados nombres, y que de pronto, como si el tiempo recordara de golpe quién mandaba y sobre qué, emergió desde su lugar más oscuro.

Y todo se rompió.

El oficial alzó una Parabellum. El metal brilló bajo la luz tibia de la venta con esa frialdad característica de los objetos que han sido fabricados para una sola cosa. Apuntó al cielo de La Isla, limpio y ajeno a todo aquello, como si quisiera imponerle también su orden, como si la oscuridad exterior fuera otra forma de insubordinación que debía ser corregida.

Y gritó:

—¡Todos desnudos!

El silencio fue inmediato. Brutal e instantáneo, como suelen ser los silencios que llegan después de un grito que no se esperaba.

El cante murió en la garganta. Las manos se detuvieron en el aire. Nadie entendía. O tal vez todos entendían demasiado bien, que es casi lo mismo.

Pero todos obedecieron.

Uno a uno, comenzaron a despojarse de la ropa. Lentamente, con la humillación adherida a la piel como una segunda epidermis. Los artistas, los camareros, los hombres que minutos antes marcaban el compás y jaleaban y reían se deshacían ahora de sí mismos bajo la mirada dura de aquellos soldados que hacían lo mismo, como si la desnudez fuera una forma más del poder, o de la locura, o de esa guerra que nunca termina del todo sino que cambia de rostro y de pretexto y sigue.

Porque la guerra, incluso cuando parece dormida, incluso cuando el cante y el vino y el compás consiguen hacernos creer por unas horas que el mundo es otra cosa, nunca desaparece del todo. Solo espera. Y sabe esperar mejor que nadie.

Cuando todo terminó, no quedó música. Solo el eco de lo que la música había sido.

Quedaron algunas monedas sobre la madera de las mesas, más de las habituales, brillando con esa obscenidad silenciosa que tienen las compensaciones que saben que no compensan nada. Quedó el silencio. Y quedó una pregunta suspendida en el aire de la madrugada, sin que nadie se atreviera a formularla en voz alta:

¿Volverán?

Pero lo que de verdad permaneció, lo que ninguna de las personas que aquella noche estuvieron en la Venta de Vargas pudo sacudirse de encima durante mucho tiempo, fue otra cosa. Fue la certeza oscura e inasimilable de haber asistido a una grieta en el tiempo, a uno de esos instantes imposibles en los que la guerra y el arte se miran de frente sin pestañear, como dos formas distintas del mismo desamparo.

Y durante unas horas, en La Isla de San Fernando, el compás logró imponerse al horror.

Hasta que el horror recordó su nombre.

 

 

 

 

 

Sobre el autor

- Espacio donde trataremos con mucho cariño las cosas con Arte de nuestra Isla

Deja tu opinión

XHTML: Puedes usar las siguientes etiquetas HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>