Pues yo también investigo
Después de tantos años metido en el mundo del misterio, y viéndome siempre como el último de una fila llena de expertos y verdaderas eminencias, me he topado en numerosas ocasiones con una frase que me fascina: “Pues yo también investigo”.
Y me quedo mirando, sin arquear una ceja, dispuesto a degustar con placer cómo van a finiquitar esas palabras.
—Es que yo, cuando era joven, una vez fui a un sitio abandonado con amigos, saqué una grabadora de las de aquella época y sacamos varias psicofonías.
Suelen continuar de esta manera:
—Pero yo, tú sabes, tuve que dejarlo porque me eché pareja, me casé, perdí a los colegas con los que investigaba y me desconecté de este mundo.
Para no desinflar su ilusión, acaban con:
—Pero claro, yo sigo viendo cuando puedo Cuarto Milenio y me he visto toda la saga de Expediente Warren.
Ante esas hermosas palabras, que harían desconectarse a cualquiera no solo de este mundillo, sino de la vida, intento quedarme con lo más interesante: Preguntar por aquella famosa investigación y, sobre todo, por las psicofonías tan valiosas que seguramente conserva.
Las respuestas suelen ser excusas de mercadillo:
—El sitio al que fui ya no existe.
—Ufff, ¿dónde tendré yo esa cinta? Creo que la perdí porque se la presté al dueño de la grabadora y creo que nunca me la devolvió. Pero se escuchaban unas voces terroríficas y yo no pude dormir durante un tiempo.
Pero ¿cómo que la perdiste? Vete a contarles a otros tus historias, juglar del baratillo. Es decir: Pegaste a la primera, conseguiste unas psicofonías extraordinarias y, bajo ningún concepto, se te ocurrió conservar aquellas pruebas. ¿No será que esas pruebas son tan imaginarias como tu carrera en el misterio?
Porque esa es otra. “Una vez fui a investigar”. Una vez. Solo una. Y por eso ya eres investigador. ¡Ah! Y porque ves Cuarto Milenio y te gustan las películas de terror.
Entonces yo soy médico. Una vez ayudé a alguien que se estaba atragantando con un objeto y, de pequeño, me vi entera la serie Médico de familia.
Me encanta, además, la cantidad de veces que aparece el “yo” como si esa palabra, por sí sola, otorgase algún tipo de valor extraordinario al testimonio.
“Yo estuve allí”. Sí, campeón. ¿Dónde? En un lugar indeterminado porque, casualmente, ya no existe y no eres capaz de ubicarlo ni poniendo al Google Maps a trabajar horas extras. Pero ¿cuántos años hace de aquello para que no recuerdes ni dónde estaba? ¿Acababan de crucificar a Cristo cuando fuiste de “investigación”?
Y luego está el tema de los compañeros.
—¿Con quién fuiste?
—Pues con unos colegas.
—¿Quiénes?
—Ya no tengo contacto con ellos.
¿Quiénes eran? ¿Los cabecillas del cártel de Sinaloa? ¿Tan importantes han sido sus vidas que ya no puedes localizar a ninguno a menos que pongas una orden de búsqueda y captura?
Y después está la excusa universal: “La prueba se la quedó otro”. O: “Creo que la perdí”. Siempre es igual.
Yo creo que este tipo de gente va pegando saltos por el multiverso y que aquella cinta es una especie de gema del infinito: Imposible de encontrar, imposible de recuperar y, sospechosamente, imposible de demostrar que alguna vez existió.
Porque vamos a ver, si tienes unas pedazo de psicofonías, ¿no se te ocurre guardar la cinta en un cajón? ¿La utilizaste de posavasos? ¿La dejaste dentro de la lavadora? ¿Jugabas al frisbee con ella?
Es maravilloso. Y, sin embargo, la historia permanece. La cinta desaparece. El lugar desaparece. Los compañeros desaparecen. Las pruebas desaparecen. Pero la psicofonía era terrorífica. Eso sí que no desaparece.
Desde aquí quiero felicitar a Iker Jiménez porque, por lo visto, es de los pocos que ha tratado de profesionalizar la formación relacionada con el misterio sin recurrir a esas maravillosas ofertas de internet en las que te conviertes en “investigador paranormal profesional” después de pagar 1.000 euros por una masterclass online, con Enrique de Vicente como editor de efectos espaciales… Perdón. De efectos especiales.
Y de los Warren ni te digo. Si fuera Ed Warren, me revolvería en mi tumba, saldría de ella, iría a mi propio museo y le lanzaría la verdadera muñeca Annabelle a la cara a más de uno.
Porque después de tantos años de investigaciones, que todo aquel legado termine resumido para buena parte del público en una saga de películas palomiteras es como para salir del cementerio para prenderle fuego a todos estos “investigadores”. Y, después, irte de cañas con Jiménez del Oso.
Porque una cosa es haber estado allí una noche con una grabadora. Otra muy distinta es investigar. Y quizá esa sea la diferencia que algunos todavía no han entendido.







