Registro de la Propiedad Fantasmal
Hay algo que me fascina del mundo del misterio. No los fantasmas. Sí, los investigadores. Porque algunos han conseguido un hito que ni la SGAE, ni la Oficina Española de Patentes y Marcas ni Marvel Studios habían imaginado jam
ás. Han patentado a los muertos. No de forma legal, claro. De forma espiritual.
Hay investigadores que hablan de una entidad como si hubieran firmado con ella un contrato de exclusividad.
—Ese fantasma es mío.
Perdón… ¿Cómo que es tuyo? ¿Lo alimentas? ¿Le pagas el IBI? ¿Lo sacas a pasear las noches de luna llena? Porque, por lo visto, descubrir un supuesto fenómeno implica automáticamente convertirse en su representante artístico.
A partir de ese momento, cualquiera que mencione a la entidad tiene la obligación moral —y casi jurídica— de decir: "Fantasma descubierto por Don Fulano de Tal." Como si el espectro hubiera permanecido oculto durante cuatro siglos esperando exactamente a que llegara un investigador con una cámara 4K para darle sentido a su existencia.
Lo más divertido es que muchos de esos casos nacen porque un testigo llamó a ese investigador para contarle lo que había vivido. Es decir, el testimonio no era suyo. La experiencia tampoco. El edificio llevaba allí doscientos años. La supuesta entidad, tres. Pero resulta que el propietario intelectual acaba siendo quien llegó el último con una mochila llena de aparatos. Es maravilloso.
Imagino al fantasma diciendo:
—Perdone, llevo muerto desde 1823. ¿Cómo que ahora necesito permiso para aparecer en otro documental?
Pero el fenómeno alcanza su máxima expresión cuando hablamos de las pruebas.
Hay investigadores que parecen custodiar sus psicofonías como si fueran los códigos de lanzamiento del arsenal nuclear. "No puedes reproducir ese audio." "No puedes compartir ese vídeo." "Si utilizas esa prueba, tomaré medidas."
Y uno no puede evitar hacerse una pregunta. ¿No debería ser el fantasma quien reclamara derechos de autor? Al fin y al cabo, si damos por buena la hipótesis paranormal, el artista sería él. El investigador solo habría pulsado el botón de grabar. Es exactamente igual que un productor musical. Nadie paga una entrada para ver al técnico de sonido mover los faders. La estrella es quien canta. Aquí la estrella sería el espíritu. El investigador sería, como mucho, el becario de ultratumba.
Quizá habría que empezar a pagar royalties a las psicofonías. "Todos los beneficios irán destinados a mejorar las condiciones del Más Allá."
Lo verdaderamente preocupante llega cuando esa obsesión por proteger las pruebas termina impidiendo que otros investigadores puedan analizarlas. Y entonces aparece la gran contradicción. Si realmente has obtenido una de las mayores evidencias de la historia de la parapsicología… ¿Por qué esconderla?
La ciencia avanza precisamente porque cualquiera puede intentar reproducir, comprobar o refutar un resultado. En el misterio, sin embargo, a veces parece ocurrir justo lo contrario. "Créeme porque lo digo yo." "No puedo enseñártelo." "No puedo dejarte el original." "No puedo facilitarte el archivo." "No puedo decir dónde fue exactamente." "No puedo revelar quién estaba allí." Demasiados "no puedo" para alguien que asegura haber cambiado la historia de la investigación paranormal.
Es inevitable acordarse de uno de los casos más conocidos de nuestra parapsicología: La llamada “Psicofonía del Infierno”, atribuida a Germán de Argumosa. Durante décadas ha planeado sobre aquella grabación la polémica de que el material original nunca estuvo disponible para un análisis independiente amplio, alimentando dudas y debates que probablemente podrían haberse evitado con una mayor transparencia.
Porque la credibilidad no se protege escondiendo pruebas. Se protege enseñándolas. Permitiendo que otros las estudien. Aceptando incluso que alguien encuentre una explicación completamente normal. Eso no desacredita al investigador. Lo desacredita negarse a comprobarlo.
Al final, uno termina preguntándose qué da más miedo. Si el supuesto fantasma… O el investigador que lo ha convertido en una franquicia. Porque algunos parecen más interesados en poseer entidades que en comprenderlas. Coleccionan exclusivas. Acumulan derechos morales sobre voces del más allá. Reparten carnés de quién puede mencionar qué caso. Y vigilan sus grabaciones con más celo que un museo protege un Velázquez.
Quizá sea porque, en el fondo, saben que una prueba verdaderamente extraordinaria solo tiene valor cuando cualquiera puede ponerla a examen. Las pruebas auténticas sobreviven al análisis. Las falsas sobreviven al secreto. Y ahí reside la diferencia entre un investigador… Y un propietario de fantasmas.
Aunque pensándolo bien, si seguimos por este camino, cualquier noche de estas veremos aparecer el primer espectro acompañado de su abogado. No para asustar a los vivos. Para reclamar sus derechos de imagen.







