Publicado el: Dom, 28 Jun, 2026
Opinión

Atrapa a tu abuela, entrénala y gana la Liga de Difuntos

IA - Richard Stine

Bienvenidos a 2026, donde la gente ya no llora a sus muertos; los grindea. Hoy me he levantado, he desayunado, he abierto el móvil y he tenido una notificación de una app que me decía: “¡Tu abuelo Manuel lleva 3 días sin responder tus mensajes! ¿No quieres saludarle?”. Mi abuelo Manuel murió en 2019. La app, sin embargo, no lo sabe. O mejor dicho: Lo sabe perfectamente y le importa una mierda, porque tiene su suscripción mensual domiciliada. Bienvenidos al futuro. Un futuro que, con toda honestidad, se parece muchísimo menos a “Her” de Spike Jonze y bastante más a ese capítulo de “La que se avecina” en el que Maite Figueroa descubre que puede seguir cobrando la pensión de su vecina muerta si no dice nada. Solo que peor. Porque aquí la vecina también contesta al teléfono.

Llevamos décadas consumiendo episodios de “Black Mirror” con esa mezcla de fascinación y asco que reservamos para los accidentes de tráfico. Los veíamos y pensábamos: Qué barbaridad, menos mal que esto es ficción. Mientras tanto, en Silicon Valley, un tipo con una startup y demasiado capital riesgo tomaba apuntes. Hay un episodio concreto de dicha serie, “Be Right Back”, donde una mujer contrata un servicio para recrear digitalmente a su marido muerto. Empieza con mensajes. Luego es una voz. Luego es un cuerpo sintético que vive en el desván porque da demasiado asco meterlo en el dormitorio. La serie lo planteaba como una advertencia. El mercado lo leyó como un prospecto de negocio.

Lo que antes era ciencia ficción distópica ahora tiene plan de precios. Básico: 25 dólares al mes. Premium: 5.000 dólares y tu difunto responde incluso preguntas incómodas sobre la herencia. Pro: Próximamente, tu muerto también puede hacer la declaración de la renta por ti, que total ya nada le puede pasar. La diferencia entre 2013, año de emisión del episodio, y 2026, la realidad actual, es que al menos en “Black Mirror” la protagonista tenía la decencia de sentirse perturbada. El usuario actual de HereAfter AI; una empresa que genera gemelos digitales de difuntos; le da cuatro estrellas en la App Store y se queja de que a veces la conexión va lenta. He visto cosas que vosotros no creeríais: Cuentas premium de difuntos ofreciendo descuentos del 10% en la floristería del tanatorio durante el mes de su aniversario de defunción.

Seamos honestos sobre lo que está pasando realmente. La “grief tech”, que es como llaman estos señores a la industria de vender gemelos digitales de cadáveres, funciona exactamente igual que Pokémon GO. Empiezas con uno, te enganchas, y antes de que te des cuenta llevas una colección. Primero la abuela Paquita, que tenía mil audios de WhatsApp guardados y resultó fácil de entrenar; nivel 12, ataque especial: Receta de Potaje, debilidad: Preguntas sobre el testamento. Luego el abuelo Manolo, de quien solo quedaban cuatro fotos en papel y un cassette grabado en los 80 cantando sevillanas después de una manzanilla; nivel 6, ataque: Frase Críptica sin Contexto, debilidad: Tecnología posterior a 1987. Y ahora tu padre, el más completo de la colección, porque dejó 14 años de Facebook, 6.000 correos electrónicos y dos canales de YouTube sobre bricolaje; nivel 47, el más fuerte de tu equipo, capaz de debatir sobre política, recordar el cumpleaños de todos los primos y, si le insistes, darte una regañina sobre que no llamas lo suficiente, generada algorítmicamente a partir de patrones de comportamiento documentados.

El objetivo, claro, es ganar la Liga. La Liga de Difuntos Española, que todavía no existe institucionalmente pero que a este ritmo tendrá su propio prime time en Telecinco antes de 2030. Cuatro difuntos digitales, un chat grupal fantasma y un campeonato por ver quién responde con más coherencia narrativa a la pregunta “¿Qué hacemos con el piso de la abuela?”. Spoiler: Ninguno. Porque están muertos. Y los muertos, sean analógicos o digitales, no resuelven problemas de herencias.

Todo esto me recuerda a “Misery” de Stephen King. En esa novela, Annie Wilkes secuestra al escritor Paul Sheldon, le rompe los tobillos con un mazo y le obliga a escribir la novela que ella quiere. Es una metáfora sobre la relación entre los artistas y su público más obsesivo. Publicada en 1987, King pensaba que era sobre la cocaína. En realidad era sobre 2026. Porque ahora no necesitas los tobillos. No necesitas el mazo. No necesitas ni que esté vivo. Basta con que haya dejado suficiente material digital para entrenar un modelo de lenguaje, y ya tienes tu escritor personal de ultratumba trabajando en exclusiva para ti, gratis, sin sindicato, sin derechos de autor, sin la molestia de tener que leerle las malas críticas.

¿Que Kafka murió antes de terminar “El Proceso”? Problema resuelto. ¿Que Cortázar se quedó a medias en aquella novela experimental? Dale sus cartas a la IA, ponle el estilo y a ver qué sale. ¿Que tu banda favorita lleva diez años sin sacar disco porque su cantante falleció? Aquí tienes tres álbumes nuevos, dos giras y un documental de Spotify. La diferencia entre Annie Wilkes y un fan con una suscripción a ElevenLabs es que Annie al menos se molestaba en hablar con el tío en persona. Hoy en día da igual: Tupac lleva más años muerto que vivo y sigue sacando discos, Amy Winehouse tiene álbumes póstumos que ella no hubiera reconocido y, en China, hay empresas que recrean cantantes fallecidos para hacer bolos digitales. El fantasma en el escenario, la caja fuerte en el camerino. Lo más siniestro de todo no es la tecnología, es que los fans lo aplauden. El mismo fan que lloró el día que murió su ídolo ahora paga por verle actuar en un holograma; el duelo duró lo que tardó en salir el merchandising.

Para medir lo mucho que nos estamos yendo a la mierda como civilización, he creado un baremo de degeneración mental. Ahí va: Nivel 1 “La fase de negación patética”: Ya lo hacemos y ni pestañeamos. Es el nivel de guardar como oro en paño el último audio de WhatsApp de alguien que ya está criando malvas, dejar su perfil de Facebook activo como si fuera un altar o jugar a las casitas chateando con una IA que imita la forma de escribir del fiambre de turno. Nivel 2 “El nivel "me falta un hervor": Aquí ya entramos en el terreno de pagar 25 pavos al mes para que un algoritmo se haga pasar por tu padre y te dé consejos de vida, o que la app te felicite el cumpleaños con la voz de alguien que, siendo realistas, preferiría seguir descansando en paz. Nivel 3 "Estoy para que me encierren": Empieza a oler a chamusquina. Aquí metemos cosas como sentar al avatar digital de tu abuelo en la cena de Navidad para que no se sienta solo el pobre pixel, preguntarle al gemelo digital de tu ex por qué te dejó o usar un deadbot de tu médico de cabecera porque te da pereza pedir cita de verdad. Nivel 4 "Black Mirror se queda corto": Esto aún nos escama, pero esperad cinco años y lo veremos normal. Hablamos de que el avatar de tu jefe fallecido te despida con un despido improcedente desde el más allá, que el gemelo digital de tu bisabuelo vote en las elecciones para que todo siga igual, o que alguna tecnológica lance un plan "Familia" con diez difuntos y el undécimo gratis. Un pack ahorro de fantasmas para cuando se te acaben los vivos. Nivel 5 "Apaguen la luz, que esta mierda se ha acabado": La rendición definitiva. Que el avatar de tu perro muerto te mande una nota de voz, con su ladrido sintetizado, para recordarte que eres un miserable por comprarle aquel pienso de marca blanca que le sentó como el culo. Si llegas aquí, por favor, haz un favor a la humanidad y tira el móvil por la ventana antes de que el perro empiece a pedirte la herencia.

Hablemos de dinero, que es donde esto se pone verdaderamente oscuro. Estas plataformas funcionan con suscripción mensual: No pagas una vez por el avatar, pagas todos los meses para que siga activo. Lo cual significa que el día que dejes de pagar, tu difunto desaparece de nuevo. Segunda muerte, esta vez por impago. Imagínate la conversación: Llevas tres años pagando 25 dólares al mes para hablar con tu madre, un mes te vas de vacaciones, se te olvida renovar la tarjeta y cuando vuelves el sistema te manda un email: “Tu ser querido ha sido desactivado temporalmente por falta de pago. ¡Reactiva ahora y recibe el primer mes gratis!”. StoryFile, una de las grandes del sector, ya ha quebrado. Qué ocurrió con los avatares de sus clientes es una pregunta que los afectados aún no tienen respondida del todo; sus muertos digitales están en un limbo jurídico y técnico. Segunda muerte, pero esta vez con litigio mercantil incluido. Cambridge lo advirtió en un estudio de 2024: Estas empresas pueden usar el avatar de tu fallecido para hacerte publicidad. El muerto que amabas, susurrándote desde el más allá: “Oye, que Vodafone tiene una oferta muy buena este mes”. Negocio. Puro negocio. La innovación real de Silicon Valley no ha sido la inteligencia artificial. Ha sido convencer al mercado de que cobrar el alquiler a los muertos es un servicio de valor añadido.

Ya que hemos llegado hasta aquí y el decoro como especie ha saltado por la ventana, hablemos de las mascotas. Soul Link, la empresa surcoreana que se presentó en Dubai el año pasado con la desfachatez que solo tiene quien sabe que el mercado le va a dar la razón, ya trabaja en mensajes personalizados que “parezcan enviados directamente por tu gato o perro muerto”. Tu gato. Muerto. Mandándote mensajes. Tu gato, que en vida dedicó un 80% de su tiempo a ignorarte, a tirarte las cosas de la estantería y a vomitar en el sitio más difícil de limpiar. Ese mismo gato, ahora inmortalizado digitalmente, con acceso permanente a tu teléfono y suscripción mensual de por vida. La pregunta que me quita el sueño no es qué es la conciencia o si sobrevivimos a la muerte, es: ¿Qué le va a decir el gato digital? ¿Va a ser igual de arrogante que el original? ¿Va a seguir mirándote con desdén algorítmico? ¿O van a suavizarle el carácter en la versión premium para que sea más comercializable? Si le suavizan el carácter, ya no es tu gato. Ya es un gato de marca blanca con el nombre de tu gato. Y eso, amigos, es lo más triste de todo este asunto.

En resumen y para quien haya llegado hasta aquí sin necesitar medicación: Vivimos en un momento histórico en el que la tecnología nos permite literalmente conversar con los muertos, esclavizar artistas fallecidos, coleccionar familiares digitales como cromos y pagar una suscripción mensual para que nuestro perro muerto nos mande stickers. Charlie Brooker escribió “Black Mirror” como advertencia; resulta que lo estaba escribiendo como hoja de ruta. La diferencia entre nosotros y los personajes de esos episodios es que ellos al menos tenían el detalle de perturbarse. Nosotros le damos cuatro estrellas, dejamos la reseña en Google Play y nos vamos a dormir tan tranquilos. Buenas noches. Y si esta noche tu móvil recibe un mensaje de alguien que llevas años sin ver en este plano de existencia, no lo abras antes de comprobar el plan de precios.

Sobre el autor

- Aficionado del mundo paranormal

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