Enrique de Vicente: Solo puede quedar uno
Hay una ley física que la ciencia oficial se empeña en ignorar y que cualquier aficionado al misterio patrio conoce de memoria: Don Enrique de Vicente no envejece, acumula. Acumula compañeros, acumula portadas, acumula testimonios de gente que ya no puede desmentirlos. Y sobre todo, acumula duelos, que en su caso no son un episodio puntual sino un género literario propio, con temporada fija, como las setas.
Llevamos décadas viéndolo en plató, siempre el mismo, siempre con esa voz de quien ha visto cosas que vosotros no creeríais; principalmente, ha visto morirse a todo su currículum. Empezó enterrando a los clásicos: Argumosa, Del Oso, Navarrete... Uno a uno fueron cayendo, y uno a uno les dedicó su portada, su reportaje, su lagrimón de doce minutos en prime time. Funeral tras funeral, su rostro permanecía exactamente igual. Sospechoso.
Aquí es donde un servidor, con todo el cariño del mundo y ninguna prueba pericial, se permite lanzar la hipótesis: Don Enrique no pierde compañeros, los captura. En el momento exacto del óbito, hay una lucecita, un plop casi imperceptible, y el alma del colega recién fallecido pasa a residir en una Ouija de tablero astillado que guarda en el cajón de su mesa de despacho, justo debajo de los contratos de exclusiva. Desde ahí, claro, los sigue teniendo a tiro de tablero para la siguiente edición especial: "Hablamos con él desde el Más Allá, en exclusiva, solo para nuestros lectores". No es necrofagia mediática. Es fidelización post mortem. Es, sencillamente, la mejor gestión de cartera de colaboradores que ha dado este país.
Y ahora, con la generación de los clásicos ya completamente domesticada en el tablero, ha empezado a abrir ficha sobre los herederos. Iker Jiménez, Aldo Linares, Javier Sierra... Todos ellos, a su manera, ya tienen una flor en la tumba que Don Enrique mantiene regada por si acaso. No es que les desee nada malo, por supuesto que no; faltaría más, en este gremio el cariño es sincero y las puñaladas son solo metafóricas, casi siempre. Es solo que un hombre con tanta experiencia sabe leer las señales, y las señales dicen que tarde o temprano alguien tendrá que ponerles la mano en el hombro a la nueva hornada en un especial de noche de difuntos, y ese alguien, estadísticamente, va a llevar muchos años practicando.
Hay quien dice que su revista que dirige no marca años, sino experiencia, porque "Año Cero" es un concepto, no una fecha, y Don Enrique decidió hace tiempo que el tiempo era un eje editorial más, sujeto a portada y titular. Yo voy más allá: Sostengo, sin ninguna base salvo la pura devoción especulativa que profeso al género, que cada amanecer hay un becario; probablemente becario desde 1987, también él atrapado en el bucle; que entra en el despacho y le da cuerda a Don Enrique con una manivela discreta, oculta tras la estantería de números atrasados. Un giro, dos giros, y ya está: Otro día más de colaboraciones, otro plató, otra exclusiva en el “Más Allá” sacada del cajón de la Ouija. Es la única explicación razonable para que siga apareciendo cada jueves, fresco como una lechuga, mientras a su alrededor el género se renueva por pura necesidad biológica.
Y aquí llega mi profecía, la que me atrevo a dejar por escrito para que algún día se cite en mi propio especial post mortem, capturado yo también en algún tablero ajeno: Llegará un día, en el final de los tiempos, en que Don Enrique habrá enterrado a absolutamente todo el género. A los clásicos, a los herederos, a los herederos de los herederos. Se habrá quedado solo en el plató, con la Ouija llena hasta la bandera y ni un solo testimonio vivo al que entrevistar. Y ese día, en mitad del apocalipsis paranormal patrio, solo quedará un rival a su altura: El otro inmortal de este país, el presentador del concurso de las preguntas eternas, el que lleva más décadas en antena que el propio televisor, el que ha visto pasar gobiernos, generaciones y formatos sin que se le mueva ni un pelo del flequillo… Jordi Hurtado. Dos monstruos sagrados de la longevidad televisiva, frente a frente, uno preguntando: "¿Sabe usted...?" y el otro respondiendo con la Ouija bajo el brazo.
Que gane el más fuerte. O, mejor dicho;porque en este gremio nadie pierde del todo; que gane el que tenga mejor cuerda.







