Publicado el: Jue, 29 Oct, 2026
Opinión

El cortijo de los cien mil clics

IA - Richard Stine

Al paso que vamos, antes de entrar en un edificio abandonado habrá que comprobar que el techo aguante y que algún gilipollas con un canal no le haya cambiado ya el nombre. Lo primero puede matarte. Lo segundo está consiguiendo que el misterio se muera haciendo el ridículo.

Me toca soberanamente los cojones esa manía de llegar a una finca con historia, ignorar cómo se llama y bautizarla como si estuviéramos eligiendo una atracción para una feria de Halloween. «La Hacienda de los Rituales». «La Masía de los Espantos». «El Monasterio del Diablo». Un catálogo que parece confeccionado por un agente inmobiliario al que han poseído mientras redactaba los anuncios.

Cada edificio tiene un pasado. Hubo gente que trabajó allí, familias que lo habitaron, personas que lo construyeron. Pero explicar todo eso exige leer y preguntar. Para poner «maldito» basta con tener teclado y una preocupante falta de vergüenza.

La «Masía de los Espantos», por ejemplo, aparece en una publicación de 2017 que también la llama «cortijo de El Coronil». Ese dato permite rastrear el apodo; el nombre histórico concreto de la finca sigue necesitando documentación. Y esa debería ser la primera investigación. Tiene cojones que queramos averiguar cómo se llama una supuesta entidad del siglo pasado sin haber aclarado cómo se llama la puñetera casa.

Luego llegamos a Carmona. El edificio difundido como «Monasterio del Diablo» se conoce como Convento o Huerta de los Frailes y se asocia a la Huerta de San José. El historiador del arte Rafael Morales lo identifica como un noviciado carmelita del siglo XX y rechaza la base documental de la famosa historia de los frailes muertos. A San José le han hecho un desahucio para meter a Satanás. Imagino al demonio llegando: «Yo venía por una humedad del sótano, pero veo que ya me habéis puesto de propietario y asesino múltiple».

Y en Puerto Real tenemos la «casa de la casa cuna». Ya expliqué en un artículo la confusión con la Casa de los Henry: su cercanía a la antigua institución había mezclado las historias de dos inmuebles distintos. Fantasmas por proximidad. Como tu vecino tenga un tanatorio, tu salón pasa a ser «La casa de la casa de la funeraria». Y como vivas enfrente de una farmacia, te adjudican el espectro de un boticario que murió buscando el cambio.

La expansión del más allá funciona de puta madre: basta con compartir lindero.

También está la Hacienda de Olivar La Mejorada Baja, en Los Palacios y Villafranca, difundida como «Cortijo de los Ahorcados». Un conjunto de arquitectura agrícola con nombre e historia acaba reducido a una forma de morir. Es como entrar en una biblioteca y clasificar todos los libros por la enfermedad que mató al autor. La cultura ocupa demasiado; una soga cabe estupendamente en una miniatura.

Fuera de Andalucía, Torre Salvana circula como «Castillo del Infierno». Hispania Nostra documenta allí ruina, vandalismo y expolio. Ahí tienes un horror comprobable: un edificio que se pierde mientras le buscamos inquilinos de ultratumba. A este paso, cuando termine de caerse, alguien titulará «LOS ESPÍRITUS DESTRUYEN SU PROPIO CASTILLO». El abandono podrá descansar tranquilo: le habremos colocado un testaferro incorpóreo.

En Córdoba, al Palacio Ducal de Fernán Núñez también lo han presentado como «Palacio de los Gritos». Cada vez que encuentro estos nombres me imagino una reunión: «¿Qué sabemos del edificio?». «Poco». «¿Y como llamamos a lo que estamos investigando?». «Es grande… Así que Palacio… y… ¡Lo tengo! Palacio de los Gritos. ¿Tú sabes cuántas visitas vamos a tener por esto? Esta noche cenamos pizzas calientes. ¡Lo hemos vuelto a hacer!».

Porque ahí está la indecencia: utilizar la muerte como condimento. Al relato le falta fuerza, échale un niño. Sigue flojo, añade una monja. ¿Todavía no entra público? Una familia asesinada y dos rituales. Estamos preparando una fosa común al gusto del algoritmo. Y si alguien pregunta por los documentos, siempre queda decir que la historia se transmite oralmente. Claro: de tu boca a la del siguiente.

No basta con que una historia sea horrible para que sea cierta. Y repetirla con música de violines tampoco la convierte en una investigación. No vas a hacer un best-seller por poner el nombre más macabro a un sitio al que vas sin conocerlo, lo que vas a hacer es ser un poco más gilipollas; pero de eso, ya tienes bastante.

Además, el nombre ya te ha metido media conclusión en la cabeza. Si anuncias que entras en «La Casa del Mal», has repartido el guion antes de encender la grabadora. Después cruje una tabla y ya tenemos al Mal desplazándose hacia la cocina. A lo mejor es una tabla podrida. Pero una tabla podrida que tiene más dignidad que tú porque la tabla no miente a su público.

Que se conserve un apodo tradicional con su contexto. Que se explique cuándo aparece, quién lo utiliza y qué parte pertenece a la leyenda. Y que se protejan las ubicaciones cuando haya una razón para hacerlo. Un caso reservado puede seguir siendo un caso reservado sin que necesitemos convertirlo en «El Matadero de las Novicias Desolladas». La confidencialidad también funciona sin contratar a un guionista de casquería.

Lo que exijo es bastante elemental: respetar la identidad del sitio y poder seguir el rastro de lo que contamos. Cuando un mismo edificio acumula tres nombres terroríficos, cada uno con su desgracia, acabamos comparando historias que quizá hablan del mismo lugar sin saberlo. Hemos inventado la psicofonía del teléfono escacharrado.

Y luego nos indignamos porque se ríen de la investigación paranormal. Joder, habrá críticas injustas, pero tampoco hace falta dejarles escrito el monólogo.

A mí me interesa el misterio lo suficiente como para cabrearme cuando lo convierten en esta feria de bautizos. Quiero saber qué ocurrió, quién lo cuenta y qué podemos comprobar. Incluso quiero poder salir de una investigación diciendo que no ha pasado absolutamente nada, sin tener que resucitar a una familia para salvar el vídeo.

Llamad a los lugares por su nombre. Contad sus leyendas como leyendas. Y dejad de utilizar a los muertos como becarios de vuestra marca personal; que más que investigadores parecemos guionistas de La Rosa de Guadalupe.

Si algún día consigo una comunicación indiscutible con el más allá, espero que diga algo útil.

Aunque, viendo el panorama, me temo que será: «Apaga la cámara y lee la puta placa de la entrada, subnormal».

Sobre el autor

- Aficionado del mundo paranormal

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