Publicado el: Sáb, 24 Oct, 2026
Opinión

Bajo las losas: la noche en que la Isla habla desde las profundidades

Puestos de castañas Halloween IA José Luis Sánchez González

Desde aquí abajo, en la penumbra abovedada donde la piedra ostionera respira la humedad del mar y guarda el eco de los siglos, la ciudad se percibe con una claridad distinta. Se siente la vibración de las pisadas en la superficie, el crujido del viento de levante filtrándose por las antiguas lumbreras y esa sutil mutación en el aire cuando octubre comienza a agonizar.

El mundo de arriba celebra la llegada de la sombra. Arriba, en la superficie, el aroma a castañas asadas se mezcla con el salitre y el murmullo de una ciudad que se dispone a rozar los pliegues del misterio. Lo que hoy conocemos como Halloween no nació ayer en un escaparate lejano; sus raíces se hunden en el Samhain celta de hace más de dos milenios, la noche sagrada que marcaba el final de las cosechas y el umbral del invierno. Los antiguos creían que esa noche el velo entre el mundo de los vivos y el de los espíritus se volvía invisible. Encendían grandes hogueras en las colinas y se cubrían con pieles y máscaras no por mero juego, sino para confundirse entre las sombras y guiar el alma de sus ancestros de regreso al hogar.

Con los siglos, el Imperio Romano abrazó estas fechas fundiéndolas con sus propias fiestas de la memoria y la tierra, la Feralia y el tributo a la diosa Pomona. Más tarde, la Iglesia cristiana intentó cristianizar ese fuego antiguo fijando el All Hallows' Eve —la víspera de Todos los Santos— para honrar la memoria de quienes nos precedieron. En tierras como esta Isla, donde los fenicios y los romanos ya erigían altares al descanso eterno frente a las esteras, el culto al umbral entre la vida y el recuerdo siempre ha estado grabado en la misma piedra. Lo que unos llaman Halloween y nuestros mayores Tosantos es, en el fondo, la misma necesidad humana de encender una vela cuando la noche se vuelve más larga.

Es precisamente aquí, en esta penumbra cobijada por arcos de piedra y pasadizos que serpentean bajo las calles que cruzamos a diario, donde cobra verdadero sentido sumergirse en las páginas de 'Lo Que Pisamos'. Si hay una época para dejar que la literatura nos arrastre a las profundidades de nuestra propia historia, es esta. La novela no es solo un thriller de intriga y pasajes olvidados; es un espejo de estas mismas galerías desde las que hoy os escribo, una invitación a descubrir que el verdadero sobrecogimiento no habita en las ficciones lejanas, sino bajo los mismos pies del caminante. Para estas noches de niebla, velas encendidas y viento en las ventanas, no existe lectura más idónea para dejarse envolver por el suspense y la leyenda cañaílla.

Porque mientras la historia duerme bajo el suelo, la vida palpita con fuerza en los barrios. La verdadera devoción por esta fiesta no nace de las franquicias industriales, sino de la artesanía comunitaria que florece en nuestras Asociaciones de Vecinos. Es fascinante percibir desde el subsuelo cómo el tejido vivo de La Isla se une en las barriadas: en los locales sociales, en los garajes abiertos a deshoras y en los patios donde los vecinos llevan semanas moldeando escayola, tendiendo cables y cosiendo túnicas.

Desde Camposoto hasta la Casería, pasando por cada rincón donde una A.VV. levanta su pasaje del terror, hay un arte popular y sincero. Son las abuelas, los jóvenes y los niños trabajando codo con codo para regalarle al barrio un pellizco de emoción y misterio. Ese es el verdadero patrimonio humano: el que convierte el miedo en fiesta y la calle en un escenario compartido.

Cuando la madrugada se posa sobre las losas de la Calle Real y los ecos de los disfraces se apagan, el silencio regresa a mis túneles. Arriba quedará la memoria de los que ya no están, el respeto callado de la flor en el cementerio y la tibieza de la comunidad que se reconoce a sí misma en sus costumbres.

Desde la penumbra de esta Isla subterránea os lo aseguro: no hay sombra capaz de apagar el fuego de un pueblo que sabe reunirse para contar sus propias historias.

Y vosotros, cuando camináis en estas noches de penumbra por el callejón de vuestro barrio o cruzáis las esquinas más antiguas de nuestra ciudad... ¿sentís también el murmullo de lo que fuimos latiendo bajo vuestros pies, o acaso creéis que son las sombras del pasado las que siguen caminando entre nosotros?

Sobre el autor

- Investigando desde las profundidades lo que la historia de San Fernando intenta enterrar

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