Luces para la historia ajena, hormigón para la nuestra
Mientras en la superficie San Fernando se viste de gala para aplaudir los yacimientos arqueológicos de otras tierras, desde aquí abajo, rodeado de humedad y piedra ostionera, resulta inevitable preguntarse por qué tropezar con nuestro propio pasado sigue pareciendo un imperdonable estorbo.
Escribo estas líneas rodeado de una oscuridad casi absoluta. Sobre mi cabeza, separada apenas por una densa capa de tierra, escombros y asfalto, puedo sentir la vibración sorda del tráfico y el eco lejano de la ciudad que sigue con su rutina. Allá arriba, en la superficie, San Fernando se prepara para acoger una nueva edición de su "Cita con la Arqueología". Durante los próximos días, los sillones del Centro de Congresos se llenarán de luces, micrófonos y devota atención para escuchar los fascinantes ecos de pasados ajenos.
Viajaremos a través de las brillantes ponencias a la majestuosa necrópolis de Baelo Claudia en las costas de Tarifa, nos asombraremos con los vestigios del yacimiento romano de Carissa Aurelia y aplaudiremos, con justa admiración, los formidables descubrimientos tartésicos en las Casas del Turuñuelo.
Resulta un ejercicio cultural maravilloso, por supuesto. Es necesario mirar por la ventana para entender la inmensidad del tiempo. Pero desde aquí abajo, pasando la mano por los sillares fríos y húmedos de una galería que los mapas oficiales se niegan a reconocer, esa erudición llega envuelta en una ironía inmensa, casi poética. San Fernando se erige como el anfitrión perfecto para venerar y proteger la memoria de otros códigos postales, mientras traga saliva y mira hacia otro lado cuando su propia historia intenta respirar bajo las aceras.
Porque en La Isla, admitámoslo en voz alta sin que nos tiemble el pulso, la arqueología local molesta. Cuando allá arriba se levanta el adoquinado de una calle y los dientes de la pala excavadora rasgan la piel de la tierra para toparse con la piedra antigua, rara vez hay aplausos, simposios o conferencias de prensa ilusionadas. Lo que se escucha, en los despachos de urbanismo y en los andamios, es un suspiro largo de hastío. El hallazgo histórico fortuito, ese que en otras ciudades andaluzas se celebra como un regalo incalculable del tiempo, aquí se recibe con la irritación burocrática de quien encuentra un estorbo en el camino.
Parece que a más de uno le incomoda profundamente que nuestro subsuelo tenga memoria. El vestigio arqueológico se percibe en esta ciudad como el gran enemigo de la sagrada expansión urbanística; una molesta trampa del tiempo que retrasa licencias, paraliza contratos y frena el voraz avance del ladrillo. Nos hemos acostumbrado a silenciar a toda prisa, a verter toneladas de cemento gris sobre la respiración de nuestros cimientos, no vaya a ser que un capitel desenterrado, un pozo centenario o la bóveda de un túnel inesperado nos estropee los plazos de inauguración de una nueva rotonda o los garajes de otro bloque de pisos.
La paradoja es ensordecedora. Exaltamos bajo los focos de una sala de conferencias las maravillas que otros pueblos cuidan y exhiben, pero silenciamos a golpe de excavadora nocturna lo que late justo debajo de nuestras propias suelas. Es como si el legado de la piedra ostionera, curtida por la sal, las epidemias y el asedio, fuera un lastre del que debemos avergonzarnos, un secreto que es mejor mantener bien tapado bajo baldosas nuevas.
Ignoramos, o nos obligan a ignorar, lo que verdaderamente sostiene esta ciudad. A mi alrededor se extiende esa red de pasadizos mudos y túneles olvidados que cruzan la clandestinidad de La Isla; galerías vacías, criptas selladas y conducciones subterráneas que conectan nuestra geografía desde las salinas hasta los patios del centro. Rincones donde la historia no está escrita en folletos turísticos, sino esculpida en la misma roca, esperando a que alguien le quite el polvo y le devuelva su dignidad.
Dejemos que los aplausos resuenen por la grandeza de Baelo Claudia o de El Turuñuelo, pues lo merecen. Pero cuando las luces del congreso se apaguen y los asistentes pisen de nuevo las calles, me gustaría que recordaran que están caminando sobre una ciudad amordazada. Una Isla subterránea a la que le hemos negado la voz en favor de la especulación y del progreso de escaparate.
Viendo la prisa con la que allá arriba se sepulta el pasado para construir el presente, lanzo esta pregunta desde la oscuridad: con todo lo que San Fernando esconde en su subsuelo, con los siglos de misterio y legado que duermen bajo nosotros… ¿cuántas veces hemos presenciado trabajos arqueológicos reales, honestos y valientes que busquen sacar la verdad a la luz en lugar de volver a enterrarla a paladas?







