Publicado el: Sáb, 3 Oct, 2026
Opinión

La Isla en la penumbra: El latido oculto de nuestras calles de octubre

La Isla en la penumbra IA - , Jos Luis Sánchez González

Octubre ha extendido su manto sobre San Fernando. Atrás queda el bullicio festivo de septiembre, y con la brevedad de los días, la fisionomía de La Isla se transforma. Es a esta hora, cuando la noche se cierra y la ciudad silencia sus pasos, el instante preciso en el que nuestro subsuelo comienza a susurrar.

Ya nos hemos adentrado en el vientre del otoño. Hemos plegado las banderas del 24 de septiembre, los puestos de la Feria de la Tapa se han desvanecido y las bicicletas descansan tras su fugaz conquista del asfalto. El mes de octubre se instala en San Fernando y, con él, la noche reclama su antiguo dominio sobre la luz. Leer estas líneas un sábado por la noche, cuando el sol es apenas un recuerdo y el relente comienza a humedecer la piedra ostionera, nos sumerge en la atmósfera idónea para plantearnos aquello que la costumbre nos oculta.

En la novela 'Lo que pisamos', la oscuridad no es solo un decorado; es el lienzo donde la historia cobra vida. La Isla transmuta cuando cae el sol. Un paseo nocturno por las inmediaciones del viejo Puente Zuazo o rozando los muros desgastados del Cementerio de los Ingleses en Fadricas, nos arrebata la placidez de la mañana. En la penumbra, las sombras de los baluartes se estiran, los caños se convierten en espejos de agua negra, y la humedad salina nos advierte de que transitamos sobre un pasado de cicatrices profundas e indescifrables.

Basta con detenerse e invocar el año 1843. Mientras nosotros nos arropamos hoy para disfrutar de la noche gaditana, hace casi dos siglos esta misma tierra tiritaba bajo el azote implacable de la fiebre amarilla. Esos marineros que reposan en nuestro subsuelo, durmiendo un sueño gélido y herético lejos de su patria, son el mudo testimonio de que, bajo nuestras calles más rutinarias, hay relatos que se niegan a ser olvidados.

Escarbando en las raíces de este thriller, comprendí que las noches de otoño son el umbral perfecto para interrogar a nuestra propia ciudad. ¿Qué pasaría si esos bellos pozos de mármol blanco, hoy asfixiados bajo el hormigón en los antiguos patios de vecinos como el Cambiazo, no solo hubieran sido guardianes de agua, sino custodios de un enigma centenario? ¿Y si existiera una red de venas vacías, talladas en la mismísima entraña de la roca, conectando nuestros pasos en la más absoluta clandestinidad?

El otoño es una invitación al misterio. Ahora que me leéis, abrigados por la calma del sábado por la noche, os propongo un trato: la próxima vez que paseéis por el centro o volváis a casa atravesando las callejuelas antiguas, deteneos un segundo. Contemplad el peso de las sombras que proyectan nuestras iglesias. Escuchad la respiración pausada de la ciudad. Y, sobre todo, no olvidéis que la verdadera historia de San Fernando no solo se levanta orgullosa bajo el cielo, sino que aguarda, paciente y oscura, bajo las suelas de vuestros zapatos.

Yo, por mi parte, sigo descendiendo hacia esa oscuridad. Y vosotros... ¿estáis preparados para enfrentaros a lo que despierta cuando La Isla se duerme?

Sobre el autor

- Investigando desde las profundidades lo que la historia de San Fernando intenta enterrar

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