Entre silencios y suspiros
El día tan esperado del eclipse no hacía más que resonar de boca en boca y no era raro escuchar hablar de los peligros de la exposición al sol, de cremas protectoras y gafas especiales que se agotaron en farmacias, cristales ahumados y lentes de sol de colores, todos enfocados hacia el mismo ratito de aquel momento que me hacía sentir hasta oscuridad y extrañeza.
Fue ese pequeño hueco donde la timidez nos hace sentir que hasta al sol ardiente se acercan para abrazarlo, tan sublime e inalcanzable para decirle que lo aman el tiempo exacto en que se pierde la comedida compostura y aparece la picardía. Ese momento de movimientos, como cuando la novia baila el vals tan ensayado entre nervios, en ese trozo de pista de baile como cumple la tradición, con alguna tos y el carraspeo de la suegra, el aroma de la inocencia y del nerviosismo del altar reciente. Entre silencios y suspiros.
El sol en leo abraza y abrasa en ese enlace inusual a la helada luna, que a casi todos nos hizo girar al menos de reojo para no deslumbrarnos mientras formaban su círculo casi perfecto, como los anillos de casados que pierden su forman inicial con el paso de las caricias, de las historias difíciles y de las batallas ganadas. Como aquellos desayunos con churros y flores cortadas que se quedan en la memoria cuando tiendes a la nostalgia, detrás de la colada blanca del domingo.
Esa tarde preferí no mirar al cielo extraño. Guardaba ese silencio tan especial que conocemos mi alma y yo y que tanto extraña tantas veces a los que me rodean. No quería ni siquiera levantar la voz como si la parte de mí que pertenece al universo, supiera que era cómplice de esa belleza y del respeto que merecía, para no molestar a los amantes que tenían su momento a solas malentendido, porque les apeteció afirmar que el abrazo real, aunque atañe riesgo, es lo más preciado del amor eterno.
El señor que tan amablemente posa para mi, prefirió lucir su idiosincrasia isleña con la máscara que se pone para soldar en los Astilleros. En la primera fila de la vida (esa que escoges sin tumultos) con su silla de playa, esperando el acontecimiento.







