Mi razón de vivir
Levanté la mirada y pude ver sus ojos clavados tan fijamente en los mÃos que me pareció escuchar en mi mente las palabras que rondaban por la suya. Esta fue la impresión que tuve respecto a ese pequeño ser al que veÃa por primera vez ante mÃ.
Esa mañana, desde que desperté, sentà la presencia del Universo moviendo sus hilos hacia ese esperado momento. Nada más sonar el despertador llegó la primera señal. Lo apagué y en vez de salir disparado de la cama, como solÃa hacer cada dÃa, volvà a caer rendido sobre la almohada como si un gran peso me obligase a quedarme. Al abrir los ojos puede ver y sentir que las horas habÃan pasado con total normalidad. No me sobresaltó la idea de no haber llegado al trabajo. TenÃa la certeza de que debÃa estar allÃ. Me di la vuelta para, por medio de un abrazo, compartir esa sensación de tranquilidad con mi mujer. No estaba. No me pareció tan tarde como para que estuviese levantada, sin embargo, tampoco eso sirvió para romper mi paz. Pasados unos minutos encontré la energÃa para dar ese esperado salto fuera del colchón. El placer de sentir como mis pies iban entrando suavemente en mis zapatillas era algo en lo que no me recreaba desde que era pequeño. Mi madre solÃa comprarme lo que yo llamaba mis "zapatillas de peluche", forradas con suaves pelos que hacÃan del hecho de no ponerme calcetines una gozada al calzármelas. De camino a la cocina me acompañaron las más placenteras sensaciones de mi infancia.
Sentada a la mesa, con su taza de leche en la mano, estaba la mujer más bella del mundo, la mujer de mi vida. HabÃa notado que mi amor crecÃa de forma proporcional a su barriga. Era como si su interior también estuviese creciendo dentro de mÃ. Mi forma de sentir, mi manera de hablar, incluso de caminar, todo estaba cambiando; como si cada célula que se reproducÃa dentro de ella no pudiese hacerlo sin mÃ; cada dÃa notaba cambios y más cambios en lo más profundo de mi ser y, me atreverÃa a decir, que de mi alma. Me acerqué y, sin ni siquiera explicarle qué hacÃa allà a esas horas, puse mi beso en sus labios y mi mano en su vientre. La conexión entre los tres parecÃa ser demasiado grande como para caber dentro de nuestro pequeño hogar. Al estar al lado de ambos siempre sentÃa volar por el cielo, estar subido en una plácida nube. Ella me miró fijamente, me sonrió y me dijo con un suave tono de voz: «Sé por qué estás hoy aquû. En ese momento sentà como mis "zapatillas de peluche" se convertÃan en lo que parecÃan ser mis "zapatillas de agua". El estómago me dio la vuelta. Los nervios comenzaron a fluir junto con aquel rÃo que de ella brotaba y, en menos de media hora, ya estábamos en el hospital.
Las horas que pasaron hasta que pude ver la cara de nuestro bebé me parecieron dÃas. Al tenerlo en mis brazos tan sólo pensé: «Hoy conseguiste de mà justo lo que necesitabas, sin pedÃrmelo, tal vez, sin ni siquiera pretenderlo. A partir de hoy, será eso lo que tengas: mi tiempo, mi tranquilidad, mis ganas, mi felicidad y mi alegrÃa, pues eso eres tú, eso me dicen tus ojos; de todo eso me llena tu diminuta alma, esa que inunda el mundo con tu latir. Tú, mi pequeño ser de luz, mi niño feliz, mi eterna razón de vivir...».
Esta semana cambio la reflexión por un mircrorelato. ¿Has sentido algo parecido alguna vez?






