Publicado el: Sáb, 7 Nov, 2026
Opinión

El eco del estrépito y la calidez de las manos limpias

Grieta Zaporito - IA José Luis Sánchez Gónzalez

A estas profundidades, donde las bóvedas de piedra ostionera sostienen el peso invisible de los siglos y la penumbra abisal devora cualquier atisbo de prisa, el mundo se percibe a través de sus resonancias. Los viejos túneles que cruzan el vientre de La Isla guardan una memoria hecha de silencio y permanencia. Existe un simbolismo inevitable en esta división: el subsuelo es el reino de las raíces, el cimiento donde descansa la verdad histórica, la sobriedad y la quietud que no se alteran por las modas efímeras. La superficie, en cambio, es la luz, el tránsito y el pulso vivo de la ciudad; pero también es el escenario volátil donde la estridencia, el deslumbramiento de las pantallas y la inmediatez del juicio rápido amenazan con enturbiar la convivencia.

A veces, sin embargo, la frontera entre ambos mundos se quiebra. Hay ruidos de la superficie que no logran extinguirse al atravesar las capas de tierra y argamasa, sino que se filtran por las grietas del techo, multiplicándose en una acústica metálica, seca y profundamente desagradable. No se trata del rumor sereno de los pasos de nuestros vecinos ni del latido de la marea que acaricia los caños. Es la vibración agria de la ironía tóxica, la sospecha gratuita y el sarcasmo digital que, rebotando en los espejos de las redes, desciende hasta estas galerías subterráneas con el peso muerto del plomo.

El origen de este estrépito reciente se sitúa arriba, en la geografía luminosa y cercana del barrio de San Marcos, justo frente a La Ceterilla. Allí, en el mostrador del ultramarinos Covirán, el azar hizo que a una clienta se le cayera una suma de dinero en mitad de las prisas del día. Lo que sucedió a continuación fue un acto de una pulcritud moral impecable: la dependienta, lejos de dudar, puso a salvo los billetes y, junto a sus compañeras, decidió utilizar la red digital como un bando de plaza pública para localizar a su dueña. Compartieron una captura con la única y noble intención de acelerar el reencuentro. Fue un gesto sencillo, honrado y profundamente humano. El dinero regresó a las manos de quien lo había perdido y la satisfacción del deber cumplido iluminó por un instante la rutina del establecimiento.

Sin embargo, la superficie mostró de inmediato su cara más inhóspita. Apenas la buena fe se hizo pública, la sección de comentarios se convirtió en una caja de resonancia para el cinismo. Surgió la advertencia agria y leguleya de quien, escudado en la suficiencia, sentencia que "se te puede caer el pelo" por difundir una imagen para hacer el bien; aparecieron las burlas mordaces, el troleo condescendiente y las insinuaciones de segundas intenciones. Resulta desolador comprobar cómo un acto puro de solidaridad vecinal es triturado en minutos por la maquinaria del sarcasmo, convirtiendo la preocupación honesta de unas trabajadoras en un expediente inquisitorial de sospechas, recelos y normas esgrimidas sin la menor ráfaga de empatía.

Ese crujido desagradable que retumba en las paredes de piedra ostionera nos revela la profunda distorsión de nuestro tiempo. La superficie, que debería ser el espacio del encuentro y la celebración de lo colectivo, corre el peligro de convertirse en un suelo resbaladizo dominado por la desconfianza. El subsuelo, por el contrario, nos enseña la lección de la gravedad: lo que no tiene raíces de verdad se evapora con el viento, pero lo que nace de la buena fe permanece agarrado a la tierra. Frente al estrépito de quienes afilan el comentario corrosivo tras una pantalla, la realidad del barrio sostiene una verdad inamovible. Tienen más peso las manos trabajadoras de Nerea, de Pepa y de las mujeres de San Marcos que todos los discursos cargados de hulla y vinagre. Ellas no actuaron buscando el aplauso ni calculando riesgos legales; actuaron desde esa ética invisible pero firme que sostiene a las comunidades decentes.

No permitamos que el ruido de los escépticos ensordezca la belleza de la honradez cotidiana. La buena fe no es debilidad ni ingenuidad; es la mayor de las rebeldías y la única fuerza capaz de sostener el edificio humano. Mientras arriba algunos prefieran la sombra de la sospecha y el sarcasmo sin alma, abajo seguiremos escuchando con reverencia el eco de quienes devuelven lo perdido, cuidan al vecino y dignifican cada rincón de nuestra ciudad.

Y cuando el cinismo termine por sofocar la confianza y la empatía en nuestras calles, ¿qué clase de luz nos quedará para iluminar la vida sobre el suelo que pisamos?

Sobre el autor

- Investigando desde las profundidades lo que la historia de San Fernando intenta enterrar

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