Publicado el: Vie, 4 Jun, 2021
Opinión

El nacimiento de Dios

(Reflexiones tras la lectura del libro Decálogo del buen ciudadano, de Víctor Lapuente, y otros tantos títulos…)

¿Ha oído hablar de la Era Axial? Posiblemente no, a pesar de tratarse de un periodo tremendamente interesante para toda  la humanidad. ¿Cree en Dios? Realmente su respuesta es irrelevante, porque aunque sea agnóstico o completamente ateo, Dios ha influido en usted de manera irremediable y profundamente, mucho más de lo que piensa, y de ahí la importancia de la Era Axial, periodo que el filósofo Alemán Karl Jaspers ubica entre el 900 y el 200 a.C., cuando sitúa el nacimiento de Dios, o al menos de su idea, y es que Dios, o su idea,  también celebra cumpleaños, pues surgió en un determinado momento de la historia, paulatina y simultáneamente en las cuatro religiones más importantes del mundo, la China, la India, la Israelita y la Griega, haciéndolo concretamente en ese periodo que conocemos como Era Axial, fortaleciendo la espiritualidad que definirá de manera general a la humanidad desde entonces, y es que, como especie, no hubiéramos evolucionado igual sin esa concepto capaz de unir a las personas en la consecución de grandes fines comunes, más allá de los pequeños objetivos personales que sustentaban hasta entonces la superchería.

La humanidad, lo acepte usted o no, es espiritual por antonomasia, y lo es, porque sin ella el ser humano, el homo sapiens mejor dicho, no hubiera podido sobrevivir, no hubiera, siquiera, evolucionado como especie, sobre todo sapiens, porque en el caso de los neandertales, que forman parte igualmente de la humanidad, a diferencia de los primeros, terminaron por extinguirse hace aproximadamente unos  40.000 años, sin que tengamos identificada con claridad las causas.  Algunas tesis científicas modernas mantienen que el neandertal tenía un coeficiente intelectual muy superior al sapiens, cosa que más o menos queda demostrada por su dimensión craneal, medida en centímetros cúbicos, muy superior a la de sapiens,  en contra de la creencia popular, circunstancia que pudo ser precisamente su mayor maldición, su principal condena, su mayor inteligencia, pues esa circunstancia los hacía seres mucho más independientes, más individualistas que los sapiens, que siendo seres humanos menos inteligentes, tenían que agruparse para formar manadas, afrontando  su debilidad de forma colectiva, subsanando así eficazmente con solvencia dicho problema, y en esa unión es donde radica la esencia de esta idea.

Muchos investigadores justifican la extinción del neandertal con la existencia de ciertas catástrofes naturales, fuertes cambios climáticos y otras causas naturales, pero hay también quienes mantienen otras teorías, otros criterios  más modernos, que se imponen en la actualidad con fuerza, manteniendo  que la verdadera causa no fue una catástrofe, ni el cambio climático,  sino determinadas circunstancias sociales, condicionadas o producidas precisamente por su  sobre capacidad intelectual, que los convertía  en seres independientes,  individualistas, y por tanto mucho más débiles y desprotegido que los sapiens, frente a los que perecieron, víctimas de una mayor fortaleza difícil de combatir, la cooperación colectiva capaz de planificar estrategias para  luchar frete a sus enemigos, en favor  de la manada. Sapiens, ante su inferioridad intelectual individual, competía formando grupos con los  que cazaba y en los vivían bien protegido de los peligros exteriores, generando asociaciones interesadas de individuos  que muy posiblemente, bien pudieran ser  el germen de nuestras sociedades colectivamente complejas de hoy.

Pues bien, es esa cooperación  entre los individuos, lo que fundamenta el  nacimiento de dios, un dios obviamente con minúsculas, de momento, por entenderlo como el elemento necesario para la cohesión entre las personas.

Dios nace, al menos en el pensamiento colectivo de la humanidad, como el pegamento que une a los individuos, formando grupos, haciéndolos más fuertes, más eficaces, más competitivos. Unía a los individuos bajo una idea compartida, cargada de valores: la ayuda mutua, la protección, la camaradería, la solidaridad, etc.  Esa conexión colaborativa exige la aplicación de principios morales, tales como la lealtad, la defensa del interés común, y posteriores, ideas más complejas, como las tribus, los pueblos, las ciudades, los estados,  y por supuesto, agrupaciones de intereses más bajos y directos, como el de las familias.

Esa idea primaria de dios con minúsculas, que surge  posible como explicación de la necesidad  de unión entre los individuos,  explica la manera en que se va forjando  el pensamiento colectivo  de dios, una  idea que al principio debió de ser supersticiosa, un ente mágico que te hacia superior en la caza y en la guerra, pero que en la Era Axial, evoluciona y se desarrolla hasta hacerse mayor de edad y convertirse en un  pensamiento complejo, en toda una idea monoteísta de Dios, ya con mayúsculas, que mas allá de la superstición, aúna a los individuos en otros objetivos mucho más trascendentales.

Si no fue así exactamente,  su nacimiento  debió ser algo parecido, a juzgar por lo que se desprende de la  lectura de los grandes pensadores del momento, tales como Confucio, Buda, Jeremías, Sócrates, Mencio, Amós, Ezequiel, Tales, Eurípides y muchos otros, posiblemente antes y después de estos, que fueron modelando, cincelando con sus pensamientos, con sus ideas, con sus doctrinas, ese concepto complejo y profundo de Dios, que desde nuestro inicio como especie, nos ha protegiendo y llevando de la mano, sin que seamos conscientes de ello, con independencia de que creamos o no en Él.

En usted queda decidir si ese Dios fue inventado o descubierto, en virtud de si tiene o no fe. Su existencia queda más que manifiesta,  y es usted quien debe decidir si siempre estuvo allí, acompañándonos desde el momento en que la naturaleza genera la humanidad, o por el contrario, sólo fue un hecho fortuito y útil en la mente  de unos seres cognitivos que evolucionaron  hacia mundos imaginarios, fruto de una enfermedad mental  a la que otros, por cierto, llaman inteligencia.

Sobre el autor

Ignacio Bermejo

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