Deme usted permiso
Verdad es que nuestro paÃs no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista […] Mariano José de Larra.
La finalidad de esta columna en un principio no estaba clara. SÃ, un extranjero en la Gades contemporánea, pero al principio titubeaba por las implicaciones claras de la crÃtica hacia una sociedad que me ha abierto sus brazos y que la verdad poco he encontrado que criticar, todo lo contrario.
Quiso la casualidad que un amigo me regalara una serie de libros de segunda mano, los cuales devoré hasta llegar a uno que me dio la clave para destrabar esta columna que empezaba a dormitar: era de un autor del siglo XIX, un periodista anclado en el Romanticismo y que escribÃa columnas de crÃtica mordaz hacia una España que no se encontraba tras las guerras napoleónicas y las independencias de sus colonias. Conocer a Mariano José de Larra es ir más allá de sus artÃculos, es analizar el continuo enfrentamiento intelectual hacia su patria, un sentimiento de frustración canalizado en humor negro, sátira social y una gran brillantez para poner los puntos sobre las Ães de una sociedad que incluso puede reflejarse en la actualidad, a pesar de la lejanÃa en el tiempo. Nuestro Mariano querÃa una España mejor, y murió, como muchos, en el noble intento.
Como mexicano y extranjero en esta tierra, conocÃa bien la sociedad de dónde venÃa, y la critiqué muchas veces, sobre todo su faceta cultural. México, Cancún y su mixtura de ficciones y realidades que por momentos se mezclaban y terminaban en surrealismos como el linchamiento a un ruso, el robo de esculturas para venderlas a chatarreros, o pintar piedras de verde chillón en los camellones. Ahora, con casi dos años viviendo en estas tierras, puedo reconocer ciertas cosas que caracterizan a los gaditanos y que me ha parecido peculiar. Hoy solo mencionaré una que me ha inquietado desde el principio y que la hubiese dejado pasar de no ser por los constantes encuentros y desencuentros, no solo mÃos, sino también de nativos que lo han reconocido. «No te olvides de que estás en el sur» me dijo a manera de tesis este amigo que me regaló los libros.
En Vuelva usted mañana, de Larra usa su grandÃsimo ingenio para hacer un recorrido con los ojos de un extranjero que quiere invertir en España: Sans-délai, un empresario francés amigo suyo que tenÃa la ingenua creencia de que en quince dÃas sus negocios quedarÃan resueltos con el consiguiente beneficio para sus intereses, y de los que saldrÃan claramente beneficiados España y sus arcas. Tras incontables intentos fallidos con el consiguiente rechazo a su inversión de un generoso capital, Sans-délaise da con un canto en los dientes meses después de rodeos, rancia burocracia y los «vuelva usted mañana» de los funcionarios. Con el amargo desencanto, decide regresar maldiciendo a España y su peculiar gente.
No me extenderé más y entraré al tema que nos ocupa: en la Isla, y al menos en Cádiz, existe la extraña insistencia a estorbarse. Estorbarse fÃsicamente, en la calle, en las entradas, en el supermercado, en los parques. En la playa (enorme como la de Camposoto) me he encontrado con casos extremos.
Una conocida mÃa (gaditana) probó hace poco la frustración de quedarse parada, mientras dos señoras impedÃan el paso a un recinto desde la calle; una fumaba un cigarro a mitad de la puerta. Esto llamó mi atención por cómo lo cuenta mi amiga:
-Me miraban fijamente, sabÃan que tenÃa intención de pasar, pero no se hicieron a un lado. Vamos, ni siquiera lo intentaron. Tuve que pasar sorteándolas y haciendo malabares para que el cigarro de una de ellas no me quemara. No se movieron ni un milÃmetro.
Esto es lo que me inquieta. ¿Pereza, desidia, simples ganas de no moverse? Hace dos años que resido aquà y he perdido la cuenta de las veces que me han impedido el paso inconscientemente (porque eso quiero creer, que aquà no se dan cuenta). En la calle San Rafael suele haber corros a mitad de la calzada, jóvenes, viejos, todos hablando acaloradamente, carritos de bebé y perros sacando los colmillos, también enfrascados en sus discusiones. Cubren toda la vÃa, y uno no sabe si alzar la voz entre las voces ya estridentes, con el volumen al que me tienen acostumbrado los andaluces. Al principio me daba pena, decÃa por educación el «deme usted permiso» que me enseñaron desde niño una y otra vez, hasta que la retahÃla se desgastó y ya ni me molesto. Paso, paso y paso, algunas veces haciendo malabares como mi amiga para que el perro no me muerda o para que no me tropiece con el carrito del bebé, y perdón por mis malos modos, pero la vÃa es de todos.
En las cajas del súper, toda una familia puede estorbarse mutuamente: ni la abuela contando los céntimos para pagar, ni la madre (con otro cochecito de bebé de por medio) intentando meter la compra en las bolsas, ni la nieta que hace su berrinche porque no le compraron lo que querÃa hacen que la fila avance; el espectáculo se prolonga ante la pobre cajera que intenta sonreÃr. Dio la casualidad de que mi amigafuese conmigo esa vez, y solo nos vimos a los ojos. Susurró un «madre mÃa» muy andaluz. Yo sonreà y me encogà de hombros. Para qué hacer corajes.
No quiero finalizar sin mencionar nuestra querida Semana Santa: los codazos, las murallas inamovibles de gente y la poca consideración al tránsito fluido son tan tradicionales como los pasos que salen a la calle, eso sin contar con los padres que no están al pendiente de sus hijos, pero ese es otro tema.
Quizá sea quisquilloso, pero perdonen ustedes lectores mi visión foránea, de alguien que viene desde lejos. El estorbar es una caracterÃstica que viene desde la antigüedad y que se ha sabido diferenciar bastante bien en La Isla, al menos para alguien que no está acostumbrado y que le apena emplear este verbo en la práctica. Hay diferentes acepciones para el verbo estorbar -hay incluso una de la RAE que es «no saber leer, o ser poco aficionado a la lectura»-, pero este que se usa comúnmente en la Isla llamó mi atención desde el principio. En México se obstruye, obstaculiza y entorpece la vida de mil maneras, y aquà sucede de una forma harto curiosa. Pues bien, vamos a dejarlo aquÃ, mi pobre intento de hacer algo como Larra naufraga y prefiero no seguir estorbando con este texto que seguro ya se habrá salido de la extensión permitida para no estorbar.






