Expediente Warren: Campaña electoral Andaluza 2026
En un mitin no hay humanos, hay ‘cascarones’. El candidato sube al atril, que es el altar de sacrificios, y empieza a emitir ondas de baja frecuencia disfrazadas de discurso, mientras el público, sometido a un trance hipnótico por culpa de las banderitas de plástico y la musiquilla en bucle, empieza a aplaudir sin sentido.
Si tiras sal bendita en medio de la pista, la mitad de los concejales de urbanismo empiezan a echar espuma por la boca y a trepar por las paredes. El terror mental aquí es absoluto porque estás rodeado de miles de personas, pero en realidad estás completamente solo; no hay nadie al volante en esos cerebros, han sido abducidos por el ente parasitario del bipartidismo.
Los investigadores nos pasamos la vida limpiando audios con ruido blanco para escuchar a un espíritu decir “vete de aquí” con voz de asmático, cuando para conseguir material de primera solo hay que encender la tele durante un debate a cuatro. Los debates no son diálogos, son parafonías superpuestas, una algarabía infernal de entidades gritándose las unas a las otras desde dimensiones distintas.
Hemos pasado horas en el laboratorio aislando las pistas de audio de los candidatos mientras se interrumpen, y cuando le aplicas un filtro de reducción de ruido y lo reproduces al revés, lo que parece un debate sobre política fiscal revela su verdadero mensaje demoníaco: “Entrégame tu nómina y sacrifica a tu primogénito para pagar mi coche oficial”.
A veces, el candidato se queda congelado un par de segundos mirando a cámara; los politólogos dicen que está dudando, pero los parapsicólogos sabemos la verdad: está recibiendo instrucciones del inframundo por el pinganillo o sufriendo un reinicio en su sistema operativo de reptiliano.
Por supuesto, no podemos obviar los fenómenos físicos. El poltergeist clásico se caracteriza por el movimiento de objetos sin intervención humana visible, pero en la política esto alcanza niveles de nivel 5 en la escala de Kessler a través de la telequinesis financiera.
Hablamos de millones de euros en adjudicaciones públicas que, de la noche a la mañana, se desmaterializan del plano físico y, mediante un misterioso apport ectoplásmico, se rematerializan mágicamente en una cuenta offshore en Suiza o Andorra. Es dinero público que levita, facturas en B que aparecen de la nada en el cajón de la sede y discos duros que, presuntamente poseídos por un espíritu violento, deciden formatearse y destruirse a martillazos ellos solitos antes de que llegue el juez.
Al final del día, el investigador que entra en una casa abandonada al menos sabe a lo que se enfrenta: un muerto cabreado. Pero enfrentarse a las ruinas de un país gestionado por estos entes... eso sí que te deja sin dormir.
Si alguna vez hacéis una ouija y el vaso deletrea: “V-O-T-A”, quemad el tablero y corred por vuestra puta vida.







