Publicado el: Dom, 10 May, 2026
Opinión

El Show de lo Paranormal

IA- Richard Stine

Si los pioneros de la investigación psíquica levantaran la cabeza; cosa que, irónicamente, es justo lo que estos programas buscan; volverían a enterrarse de vergüenza ajena. Y es que la televisión moderna ha logrado un milagro que ni la ciencia más puntera ha rozado: convertir el terror a lo desconocido en una “sitcom” con gafas de visión nocturna. El formato de “reality” de misterio nos ha regalado la figura del "investigador táctico", un grupo de personas que irrumpen en un edificio abandonado con la sutileza de un equipo SWAT y más linternas tácticas que el ejército. Su metodología científica consiste en apagar las luces, encender una cámara en visión nocturna que les da un favorecedor tono verde radiactivo, y gritarle a la pared: "¡Manifiéstate, cobarde!". El clímax de estos episodios siempre es el mismo. Un crujido en la madera; probablemente termitas; provoca que el presentador ponga los ojos en blanco o corra despavorido, tropezando con los cables de su propio equipo de sonido. Luego llega la prueba irrefutable: la grabadora de voz. Tras amplificar el audio un 400%, aseguran que un ruido asombrosamente similar a un estómago digiriendo fabada dice claramente: "Saaaal de aquiiiií", asegurando un Premio Nobel inminente.

A este lado del charco, el estilo es menos de película de acción y más de thriller psicológico de sobremesa. Aquí, el presentador mira fijamente a cámara con la frente fruncida, utilizando un tono de voz que sugiere que acaba de descubrir quién construyó las pirámides, mientras la música de fondo de sintetizador insinúa el inminente colapso del universo. El “modus operandi” es fascinante por su capacidad de estirar el chicle. Cogen cualquier suceso; una luz en el cielo, una mancha de humedad caprichosa o una historia de pueblo; y lo envuelven en una capa de trascendencia cósmica. De repente, ya no es un cuento popular; es una anomalía espacio-temporal conectada con los templarios y la CIA. Lo verdaderamente trágico es cómo este circo mediático abarata el genuino folklore. Toman una buena historia, de esas que realmente erizan la piel si se leen o se cuentan al calor de una chimenea; quizás uno de esos clásicos enigmas de la provincia de Cádiz, un relato oscuro en San Fernando, o la siempre inquietante figura de una dama blanca apareciéndose de madrugada en una curva sin iluminar; y lo convierten en un “show” de dos horas. Lo rellenan de humo artificial, recreaciones con actores que sobreactúan y tertulianos que debaten acaloradamente si la aparición era un demonio sumerio o un fraude. Lo que en cualquier barrio se contaría con respeto y en voz baja, en televisión necesita banda sonora de Hollywood y gráficos en 3D.

Estos programas han creado un ecosistema tremendamente rentable donde la sugestión es la reina y la audiencia es el cómplice voluntario. No importa que la inmensa mayoría de las "pruebas" se desmonten con un curso básico de edición de vídeo, entendiendo lo que es la pareidolia, o aplicando un mínimo de sentido común. El espectáculo debe continuar. Al final de la emisión, el verdadero misterio insondable, el enigma que ninguna ouija, ningún péndulo y ningún sofisticado medidor electromagnético ha logrado resolver hasta la fecha, no es si hay vida después de la muerte. Es cómo, temporada tras temporada, siguen convenciendo a millones de espectadores de que, esta vez sí, el polvo flotando frente al objetivo de la cámara es el mismísimo espíritu de un monje medieval pidiendo paso a publicidad.

Sobre el autor

- Aficionado del mundo paranormal

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