Publicado el: Mié, 21 Abr, 2021
Opinión

Aquellos libros de siempre

Fotografía. Leonor Montañés Beltrán.

El primer pellizco me lo dio un libro de poemas. Un libro que buscaba el amor entre hombres, poesía de la experiencia que se le salía al poeta de las manos.

Deseo y realidad, palabras que se me clavaron en la mente y se hicieron un modo de vida. Poemas de amor, amor en verso. Brisa creciente que va y que viene y te desnuda. El poeta que escribe sobre pasiones que el resto del mundo se niega a comprender.

Y a caballo vino Alonso Quijano, un hidalgo de los de lanza en astillero que me llenó de aventuras. Locura divina y humana, ejército de ovejas, molinos gigantes, bálsamo de Fierabrás, yelmo de Mambrino, la Dulcinea más hermosa del mundo. La palabra bien escrita.

Y hablando entonces de tristeza se abrieron las páginas de “Los heraldos negros”, preámbulo de aquellos ojos que me confundieron y vaciaron los suyos, golpes como el odio de Dios, la condición humana mostrando lo que duele tanto que es difícil de definirse.

Me volví entonces realista, como “Madame Bovary”, y cada tarde fingía con ir a tocar el piano a las estrellas, para encontrarme con nadie. Y envenené con arsénico las palabras que entonces todavía quedaban.

Y desde allí hice un viaje de ida y vuelta a Macondo para librarme de los malos presagios que auguraban que mi cola de cerdo estaba en un futuro imperfecto, que evité volviendo de vez en cuando la cara para no imitar los errores que se comieron a algunos de mis amigos.

Encontré el sentido de la vida con aquel pequeño príncipe que discutía sobre la estupidez humana, demasiado evidente y que en cambio yo negaba, pero que no tuve más remedio que terminar aceptando.

Andaba inmerso en una soledad que no quería, con la única compañía de aquellos mismos libros de siempre. Y como la vida es así de caprichosa descubrí “El túnel”: la falta de libertad, la soledad, la agresión, el miedo que da la soledad cuando se lleva hasta sus últimas consecuencias.

Y las almas muertas del quijote ruso, que también sirvieron y fueron bálsamo en la oscuridad que entonces latía en mi pecho.

Y a punto de enterrarme en el fondo de la nada, en un abismo insensato, el teatro selecto de un genio del humor me arrancó la risa. Carcajadas entre lágrima y lágrima, entre los malos momentos, entre las profundidades más negras, una cosa mala. El drama padre haciendo reír cuando la tristeza espera a meterte otra puñalada.

Y el tiempo pasaba, como pasan aquellas cosas impregnadas de tristeza, rápidas, sin que casi me diese cuenta, como las cosas sin sentido.

Y mientras, entre vida y vida, los libros me libraban de caer en la tentación. Una tentación pintada del color y el tamaño de las letras: “Rebelión en la granja”, Walt Whitman, “La peste”, “El amor en los tiempos del cólera”, Lorca, “Un mundo feliz”.

…un mundo feliz, eso fue mi mundo desde entonces, por los libros de los libros. Amén.

Sobre el autor

Enrique Rojas Guzmán

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