Publicado el: Mié, 3 Mar, 2021
Opinión

Los buscavidas

Fotografía. Leonor Montañés Beltrán.

Sucede que, cuando el hambre afila las garras, el hambre duele, duele como una puñalada, duele de dentro hacia fuera. Y hace ruido, un ruido de tripas inquietas que se pegan a la boca del estómago y lo lastima, hasta a veces las últimas consecuencias. El hambre a veces es la herencia de la madre guerra, a veces pobreza, escasez que se mete en la gente y la vuelve miserable. Miseria entonces al fin, golpes en el alma. Sucede que cuando el hambre aparece la vida se marcha. El hambre es un sueldo sudado con sangre, un niño exprimido, una vida seca que se ha olvidado de masticar porque no tiene nada que llevarse a la boca.

A veces soy el hombre que se muere de hambre. A veces soy el que aparece tumbado en la calle con un puñado de cartones rodeándole la noche. A veces soy el niño que se cuela en las noticias, negro, como el hambre. A veces soy tu vecino el sucio que rebusca en la basura trozos de pan y al que miras con asco, de reojo.  A veces soy ese que tiene que esconder el hambre con amargo sabor del vino amargo. Todo eso es secuela del hambre, efecto secundario de la pobreza, imágenes que llevo en las entrañas desde niño, a fuego.

Como llevo también grabada la imagen de los eternos buscavidas. Los que se juegan subiéndose a un pino para arrancarle el fruto y luego vender de casa en casa, piñones que saben a gloria. Los que llenan de espinas sus manos con las puyas de higos chumbos que venden a docenas, los de las tagarninas, los de los caracoles, oficios de campo, de tierra que alimenta, como ha hecho siempre.

De campo y de mar, como los mariscadores, fango que te atrapa y te ensucia la piel y los huesos; como los pescadores, la caña en el brazo  y las penas al agua, espuertas de cosas sacadas al mar que luego, con un himno de pregones, cambian por el hambre.

Es hermosa la estampa de los buscavidas, de mar y campo, de manos lastimadas, de espaldas que duelen, de crujido de riñones. Son hombres que también se levantan y piden tierra y libertad, pues su única libertad es un trozo de pan que llevarse a la boca, y la de sus hijos, que ellos así le gusta que llamen a lo que hacen, el pan de sus hijos. Unos hijos que mientras han aprendido a reír, a jugar, a leer, a escribir y que al menos tienen algo más que su padre. Padre al que sólo le queda la dignidad, que quizás sea lo más importante.

Pobre tú, que no entiendes lo que es un buscavidas.

Sobre el autor

Enrique Rojas Guzmán

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