Publicado el: Lun, 1 Feb, 2021
Opinión

Cuando vuelvan los abrazos

Cruce peatonal de Shibuya (Tokio). Foto
Eduardo Formanti Llorens.

Uno se pregunta qué ocurrirá cuando toda esta “realidad distópica” que estamos viviendo en estos largos meses termine. Qué pasará entonces, cómo reaccionaremos cuando ya no sea necesario el uso de las mascarillas ni se requiera guardar la lacerante distancia social. Qué sucederá cuando no tengamos que guardar cola allá donde vayamos, bien sea la panadería, el supermercado o cualquier edificio oficial o sucursal bancaria. Después de habernos acostumbrado a esta nueva cotidianidad, a ver butacas sin ocupar en cines y teatros, a no compartir el ascensor ni el periódico, después de asumirlo todo con absoluta normalidad como si así lo hubiéramos estado haciendo durante toda nuestra vida, cuán raro nos resultará volver a nuestras viejas costumbres. “El hombre es vil, a todo se acostumbra” reseñaba Fiodor Dostoyevski y, ciertamente, todos nos hemos acostumbrado, relativamente pronto, a deambular por las calles topándonos con rostros sin sonrisas, con transeúntes tocados por la prisa y el recelo al contagio.

Quizás cuando más temprano que tarde todo esto pase y recuperemos la vida anterior, nos gustará entonces volver a sumergirnos en la multitud, volver a rozarnos y a atravesar las calles atestadas, en cualquier dirección, por el simple placer de dejarnos arrastrar por la marea humana, como si estuviéramos en el centro neurálgico de Tokio, caminando por el famoso cruce de Shibuya, el paso de peatones más transitado del mundo y el que suele ser atravesado una y mil veces, cual si fuera una atracción de feria, por alrededor de un millón de personas al día.
Cuando llegue ese día, posiblemente, nos hacinaremos en pequeños espacios por el simple placer de romper con lo prohibido y sentir que todo vuelve a fluir como siempre a nuestro alrededor. Pero cuando llegue ese momento, cuando nos sintamos nuevamente libres y, liberadas nuestras sonrisas del yugo de las mascarillas, nos podamos mirar a los ojos frente a frente ¿volveremos a abrazarnos como antes? Antes de la pandemia el acto de abrazarse había proliferado hasta cotas tan altas que se había convertido, en muchas ocasiones, en un puro acto protocolario. En política, por ejemplo, ya no bastaba con plasmar la firma de un acuerdo en un documento, aunque los protagonistas hubieran manifestado en más de una ocasión su irreconciliable animadversión, tenían que abrazarse bajo una lluvia de flashes de decenas de cámaras de fotos para refrendar el pacto que acababan de rubricar sobre el papel. Antes de las mascarillas y la distancia social, se había devaluado tanto el abrazo, que incluso se había perdido su significado. El abrazo es una muestra de afecto o de consuelo o condolencia ante una situación difícil que calma nervios, alivia tensiones y fortalece la autoestima. Es ante todo una muestra de cariño y afectividad. “Yo solo creo en lo que puedo tocar, besar o darle un abrazo. El resto es solamente humo” decía el escritor Edward Paul Abbey, quien no sé qué pensaría hoy en día al comprobar cómo se ha expandido en lo que llevamos de siglo tanto abrazo suelto e insustancial entre congéneres que apenas si se conocen y, en algunos casos, ni se soportan.
Quizás cuando llegue la tan ansiada “nueva normalidad” nos quede algún rescoldo de recelo en nuestra memoria colectiva y, tal vez, por temor a la propagación de nuevos virus o al resurgir de viejas cepas que vuelvan a campar a sus anchas sin control, todos nos volvamos más selectivos y seamos, por tanto, más reacios a la hora de prodigarnos en estériles y ceremoniosos abrazos que no significan nada para nosotros y que ni nos reconfortan ni nos alimentan el alma, y decidamos guardarnos las ganas para una ocasión más propicia y sincera, cuando, verdaderamente, lejos de todo protocolo, espoleados por los inefables criterios que nos dicta el corazón, sintamos la imperiosa necesidad de fundirnos en un abrazo.

Sobre el autor

- A veces las apariencias no engañan y todo es lo que parece.

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