Publicado el: Vie, 1 Ene, 2021
Opinión

Gente nueva

Se les suele ver paseando por la calle Real empujando un cochecito de bebé. Caminan sin prestar atención a los demás viandantes, con el despiste del que sabe que no se va a topar con nadie a quien saludar en su paseo. Me refiero a esa gente, que no se atreve a desviarse de la calle Real, a los que siguen el itinerario de la  plaza del rey a la Alameda Moreno de Guerra; los que desconocen el significado de la palabra güichi, y jamás sabrían ubicar el Zaporito o el Carrascón. Gente nueva, que no se adapta a su nueva ciudad, porque sienten demasiado cerca la proximidad de su antigua morada, a la que visitan con asiduidad, y a la que le unen vínculos tan fuertes como la familia, los amigos, el trabajo…

La razón de su despego y alejamiento viene producida por la pérdida de lo que en Geografía Humana se conoce como topofilia, es decir, los lazos afectivos que establece un hombre con el lugar en el que vive y que perdurarán y se fortalecerán a lo largo de toda su vida; una pérdida difícilmente recuperable, sobre todo cuando ni siquiera se da por perdida, cuando se piensa que la nueva situación sólo es transitoria.

La gente nueva que llega desde otra localidad para echar raíces en nuestro suelo, por norma general es gente joven que acaba de atravesar el umbral de una vida diferente, con todos los recelos que ello conlleva, cuyas preocupaciones quedan restringidas a un ámbito tan pequeño como el de su recién estrenado hogar, al que se aferran cual cordón umbilical; gente que necesita de un largo período de adaptación para que en sus mentes y corazones se vayan acumulando vivencias y recuerdos que asociar con los rincones de la ciudad que van descubriendo día tras día. Recuerdos que se irán sobreponiendo sobre los antiguos, abocándolos a un lugar preciso y definido de la memoria, para dejar paso a variopintos retales de vida acontecidos en un nuevo barrio, calle o alameda, pequeños ecosistemas urbanos por los que sentirán el mismo afecto y apego que sintieron por aquellos por los que transitara su infancia.

En cualquier caso, quieran o no, el tiempo avanza inexorable, y esa gente que pasea por la calle Real, que se sienta distraída sobre un banco de la Plaza del Rey, para quien la multitud que transita cada tarde por las inmediaciones de la plaza es tan anónima como las palomas que revolotean en derredor, se encuentran con que de pronto son años los que llevan paseando por la misma calle, y que ya hace mucho tiempo que dejaron de empujar su cochecito tan característico; porque ese bebé de antaño, ahora  es un niño nacido y criado en la Isla, que comienza a ir a un colegio donde se relaciona con otros niños isleños, un niño que, el día de mañana, tendrá sobre sus espaldas el futuro de esta ciudad, su ciudad.

Sobre el autor

Eduardo Formanti Llorens

- A veces las apariencias no engañan y todo es lo que parece.

Mostrando 1 comentario
  1. Avatar andreslopez@yahoo.es dice:

    esos vecinos nuevos algunos son unos desagradecidos por no decir otra palabra mal sonante, la mayoria no se adaptan a La Isla porque parecen que vienen de una cuidad tipo Nueva York ,y al final vienen de 10 minutos de autovía,que allí hay el mismo paro y hambre que aquí, pero ellos son de la capital, mucho cuidaito, y rajan de La Isla, pues hijo vete ya!, quién te mando a venir aquí, ahhhh que no puede comprar un piso allí, enga ome¡¡

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