Publicado el: Mié, 23 Dic, 2020
Opinión

Muero porque no mueres

Fotografía. Leonor Montañés Beltrán.

Te vas gastando en ese cuerpo que hace muchos años fue tu hogar y que ahora es tu infierno. Tienes por voz un silencio sepulcral, por ojos dos honduras llenas de pena y por cuerpo apenas nada. La vida, esa vida tuya, ya es solo restos de un tiempo que te ha arañado el alma. Tu vida es ahora un cuerpo desahuciado, un dolor tan insoportable que ya ni siquiera te sale por la boca. Tu vida ya casi no se siente. Tu vida se llama muerte y te va devorando a mordiscos. Desde dentro, hasta donde tu piel, transparente, te entierra en vida.

¡Qué pena causa ver tu cuerpo en la cárcel de los muertos!, que pena de la condena que, como un castigo divino nos hace llorar a todos. A ti, y a todos. Y nos deja bramando de dolor y hace una enorme tristeza inevitable.

Siento cómo huyes, siento cómo la candela que fuiste se apaga y ni siquiera quedan cenizas, cómo echo de menos aquello abrazos tuyos que se marchitaron, cómo la ausencia de ti se ha hecho insoportable, cómo la vida se ha tergiversado hasta que se ha esfumado allende un cielo hipócrita te pide que aguantes mientras, a ti también, te deja sin fuerzas.

No hay caricias sin tus manos, no hay besos sin tus labios, no hay nada sin esa mirada tuya que siempre ha servido para salvarme.

Siento tus venas como piedras, huecas de sangre, lastimadas por la punta de una aguja que se ha hecho parte de tu cuerpo. Siento que te he ido perdiendo poco a poco.

Hace mil años que te pesa la vida, que tu cuerpo se ha quedado quieto en mitad del camino, que el olor de la muerte envenena la conciencia de los que te vemos cada día con los ojos llenos de telarañas. Te pareces a un arroyo seco, a un árbol desnudo, a una flor despetalada, eres obsolescencia. Hace tiempo que ya no vives. Hace tiempo que muero porque no mueres.

Me duele la frustración que se me mete dentro y no tiene forma de salir, me duele la impotencia que se me escapa y la cruda realidad de saber que puedo ayudarte y que en cambio no puedo hacerlo. Me duele ver tus ojos apagados, las heridas de la muerte haciendo un garabato en tu belleza de siempre. Y me duelen también mis manos atadas.

Y de pronto un halo de luz pinta una raya verde en el horizonte, un arco iris de esperanza que transforma en alivio el sufrimiento. Y la mira a los ojos cerrados intentando meterse dentro, donde los últimos restos de vida se retuercen buscado la manera de despedirse. Y no le queda más que apretar el gatillo, que en forma de émbolo le impregna de sangre de dulce veneno.

Dulces sueños. Sea para ti la tierra leve. Libertad. Un alivio atraviesa el aire y hace de la vida un suspiro. Punto y final. Toca recoger la vida.

Sobre el autor

Enrique Rojas Guzmán

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