Publicado el: Mié, 2 Sep, 2020
Opinión

Vendimia

Foto. Leonor Montañés Beltrán.

Cuando llega septiembre el aire huele a mi infancia y mi infancia huele a uva recién cortada. Un tajo que cercena la viña y corta de cuajo la fruta redonda que es pan y veneno. Pan de los jornaleros – de jornal, una de las palabras del diccionario de mi niñez -, veneno en cambio de aquellos que fueron y son adictos al zumo que se le mete en las venas y le empapa la sangre, y el hígado. Huelen septiembre y mi infancia también a bodega, a rancio abolengo, a moscatel, a vino dulce, a fino, a oloroso, a amontillado; a temporeros cortando la uva a pleno sol, sol que se mete en la piel y la riega con agua convertida en sudor.

La vendimia es el momento clave, lo que marca el futuro y la calidad del vino. La uva cortada a mano, de manera tradicional. La uva que a los niños nos sabía a gloria cuando robábamos a los camiones cargados, y que luego nos comíamos sin miramiento. Aún me huelen las manos a azufre, otro de los olores de septiembre.

Vendimia, que viene del latín “vindemia”, formados por vihum, que sigmifica vino y demere, que es cortar. Lo que sería cortar el vino, quitar el racimo de la vid. Caldo de los dioses. La vendimia es sinónimo de trabajo. Horas y horas cortando. El calor es lo menos, aquí lo que importa son las manos del hombre currando a destajo. Capazos y capazos llenos, uno tras otro. Gajo a gajo, racimo a racimo.

En el campo estallan las cepas, racimos con uvas, uvas que llevan dentro la sangre dulce, tan dulce que a veces se vuelve amarga. Sangre preñada de risa y de llanto, de alegrías y penas, de duelos y fiestas, de amores olvidados, de corazones rotos.

Bendito fruto del color de la sangre, sangre que llena barriles que hacen la vida sin término medio, o alegre o triste, o a veces ruina.

Vino que apaga la memoria y dice verdades.

Ahora todo es distinto. Y me causa una enorme tristeza ver a los temporeros durmiendo en la calle o hacendados en cuchitriles de mala muerte, sin agua siquiera, para ser explotados, esclavos del trabajo y de la miseria de un empresario sin escrúpulos ni dignidad que abarata los costes a costa del hombre. Y que luego vende una botella por miles de euros. O no te la venden porque lo suyo es alardear de que sólo los que son como él pueden pagarla. ¿Y cómo eres tú, rico o usurero?

Sobre el autor

Enrique Rojas Guzmán

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