Publicado el: Mié, 9 Sep, 2020
Opinión

Hoy es siempre todavía

Foto. Leonor Montañés Beltrán.

El ruido incesante del despertador me trae, tantos años después, la voz de mi madre, esa voz irrecuperable que mientras cantaba preparaba el desayuno, ese recuerdo que se asoma al tiempo. Un desayuno distinto, con nervios, con el sueño metido todavía en los ojos. Me despertaba con la ilusión y las ganas de ver a los amigos y compañeros; a los maestros, a la niña más guapa del mundo de entonces y a seguir soñando -despierto- con que alguna vez me mirase. Ya lo de robarle un beso era algo más que una utopía.

Recuerdo todavía el olor de los libros nuevos, mi perfume favorito, efluvio de la sabiduría; me hice adicto en cambio al de las gomas de nata, alguna vez incluso tuve la tentación de morderlas. Recuerdo los nervios a flor de piel por las ganas de abrazar de nuevo a los amigos, de compartir un trozo de bocadillo, de celebrar los goles con los compañeros, de enviar esa declaración de amor metida en un papel doblado mil veces. Recuerdo todavía esos pequeños placeres.

Fui creciendo, y la niña más guapa del mundo se convirió en una maestra que me quitaba el sueño y manipulaba mis hormonas. Pero la ilusión era la misma. La ilusión del primer día. Las mismas ganas de abrazar a los amigos, un abrazo que daba la bienvenida, un abrazo es un poema de amor escrito en la piel. Y aunque hay cosas que el tiempo había borrado, seguían todavía el olor de los libros, el ruido de la tiza arañando la pizarra, las ganas de amar, los ojos atentos a un mundo que se seguía abriendo en canal mientras algunos hacíamos planes de vida, un mundo que yo a veces quería ver a través de la ventana, por eso, otro de mis pensamientos era si el nuevo aula tendría ventanas que dieran a la calle.

Y ahora que ya la vida decae, hoy es siempre todavía. Y es mi hija la que desayuna, con el mismo sueño que yo entonces, y me asalta a preguntas: si tendrá la misma profe, si habrán cambiado de clase a alguna de sus cuantro mejores amigas, si seguirá en su curso el niño que le hace tilín en su pequeño corazón, aún virgen de penas y quebrantos. Tantas dudas, tantas preocupaciones, tantas preguntas.

Y me ha partido el alma el gesto triste de su cara cuando le he dicho que tenga cuidado, que no abrace a la maestra cuando llegue, que no juegue con sus amigas si no es a una distancia prudente, que por supuesto no comparta el agua ni el bocadillo. Y ella en cambio lo ha entendido. Y su última pregunta antes de salir de casa ha sido si se le olvidaba el lápiz, la goma, los colores, la libreta… Y la mascarilla.

Sobre el autor

Enrique Rojas Guzmán

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