Publicado el: Mar, 22 Sep, 2020
Opinión

De las distancias

Antigua parada de autobuses en la Bazán. “Fotos antiguas de Cádiz San Fernando 2”.

Con lo de la extensión quería exponer que, salvo para visitar las nuevas urbanizaciones —en lo que ya decimos el extrarradio— podemos ir a pie a cualquier sitio gracias a que nos han dejado la callerreal como una autopista: libre de gracia alguna y con casi nada que te detenga (eso sí, de pagar el peaje de la paciencia esperando un cinematográfico tranvía llamado deseo nadie nos ha librado todavía).

2007, con la transformación de la principal vía de la ciudad, marco, sin duda, la línea divisoria entre aquella Isla y esta: la de ayer y la de hoy. Hasta entonces era cuando te parabas para cruzar de acera; te quedabas acarajotao oyendo el pipipipi ese que pusieron en los nuevos semáforos —con botoncito ad hoc— el cuál, con ingenua esperanza, pulsábamos de forma inmisericorde, cual mensaje en morse, para forzar el rojo con el fin de detener a los automóviles. Yo no sé a otros, pero cuando el pitito aquel tomaba visos de electrocardiograma plano, y aquel pipipipi era casi un piiiii anunciando que ya se ponía la luz verde para los vehículos, me entraba un estrés… Ahora me pasa lo mismo, pero con el muñequito o el segundero; cuando el primero pasa de andar a correr puedo asegurar que hasta sudo.

Perdón por disiparme.

Como decía, hoy parece que todo está al lado. Sin embargo, cuando en aquella calle Real se formaban los atascos, moverte entre aquella jungla de gases y bocinazos ya te parecía una odisea solo para ir hasta Correos a echar una carta.

A eso iba. A la impresión que tenía antes sobre lo extensa que era La Isla.

Recuerdo que en la calle Calatrava había una pollería —en vocablo culto, asador de pollos. Hasta el vocabulario popular se nos va desgajando— que vendía uno de aquellos manjares desplumados y salseados más exquisitos. Yo, que vivía por Capitanía, para ir a comprarlo acudía junto a mi padre en el SEAT 127 familiar. Términos antagónicos: 127 y familiar parecían incompatibles, ¡pero no! Hoy, sin embargo, no se me ocurriría gastar ni un solo decilitro gasolina para ello. Pasar de La Pastora al Cristo andando por sus callejuelas bien merece una caminata.

Cito en alguna entrada de estas Memorias de aquella Isla ¡que hasta cinco líneas de autobuses existieron! Y me cabe la duda si no llegó a crearse una más; que si fue así, duró lo que el paseo de la Magdalena presentable.

Así, había paradas, por ejemplo, desde El Carmen —dirección San Francisco— frente al solar que había en lo que hoy es la biblioteca Luis Berenguer; otra frente a Recreativos El Carmen (originalidad y marketing ante todo), justo antes de la esquina de la avenida Manuel de Falla. Donde, por cierto, había una pastelería atravesando dicha avenida y pasando la joyería de la familia Jones, junto a la Mercería Loli, que me recordaba mucho a la de La Victoria y, ¿adivinan qué carmelitano nombre ostentaba?

Desde Borrego hasta la Compañía de María podía contarse, en un solo sentido, hasta cuatro paradas en ese breve espacio, y no sé si otras tantas a la viceversa. A ver, repasemos: una donde el colegio Miramar, otra donde la Casa de la Juventud, pasando Roype; otra en la misma Alameda del General Pidal, la del Patio Cambiazo… ¡Buf! ¡Pues fíjense! Hagan lo que los psicólogos llaman un mapa cognitivo —un mapa mental, vamos— y calculen distancias y paradas.

Visto así, pareciera que San Fernando era una enorme orbe, aunque solo tuviese cuatro grandes vías: Real, San Marcos, Pery Junquera y la de la Carretera de La Carraca.

También es cierto que ya casi no hay terraplenes urbanos; esos que, como los del Almendral, Cañorrera o El Boquete daban la sensación, al no haber edificaciones, de que las distancias entre dos puntos eran enormes. Aquellos eran terrados donde muchos niños hacíamos como los topguns (tohgan, en nuestra fonética particular) con nuestras bicicletas en lugar de reactores; cogíamos velocidad y salíamos disparados al cielo tras enfilar un advertido montículo que hacía las veces de lanzadera. ¡Qué de postillas no nos habrán salido en las rodillas al terminar el vuelo en aterrizaje forzoso!

En mi álbum particular, volviendo a lo de las distancias, tengo la imagen clara, al salir una tarde invernal del Liceo, donde estudiaba, y tomar el camino hacia el parque Sacramento para ir a casa de un amigo a hacer la tarea. Al pasar aquella zona, donde se solían instalar los circos que venían por la ciudad, había que transitar por un callejón angosto que, en las anochecidas, bien pudiera haber servido a Michael Jackson (Maikelyason en nuestro decir) para una de las escenas de su «Thriller».

Aquél camino con una sola farola —que no daba luz…, ¡daba miedo!— que se sujetaba a la fachada sobre una cancela verde, que era la entrada a una huerta, era todo chumberas y pedregal. Al pasar aquella temible calleja dabas a un inmenso terreno baldío, plagado de la misma vegetación, con lagartijas que eran Tiranosaurios Rex y con más socavones que la orilla de la segunda pista de Camposoto.

Con mis libros de texto Senda y Regata en una maleta, llegar desde la zona de Tercio de Flandes, con aquella cuesta horrorosa que padecíamos los alumnos de ese colegio, que en los días de levante parecíamos Clint Eastwood (en isleño, Clinnisvu), pero mascando arenisca en vez de tabaco, hasta la Huerta Chaves era una odisea hoy inexistente.

Ir a la barriada Bazán, a la de La Ardila, o a La Casería, por ejemplo, era considerado una temeridad hacerlo andando. Sin embargo, para algunos descerebrados, como el que suscribe, que tomaba dirección al primero de los núcleos nombrados entre vinagrillos, sobre el camino que existía paralelo a la ya citada Carretera de la Carraca, aquella travesía era una aventura que, en mi caso, obtenía el premio de diez duros (o veinte) que me daba mi abuela para coger el Chulo de vuelta. Cinco era lo que costaba el billete del autobús, lo otro para chucherías variadas, o guardarlo hasta reunir los quince que valía la entrada para la sesión infantil del Cine Almirante. ¡Que ese sábado estrenaban Rambo!

Sería mi estatura, y que mi visión y patitas de pequeño saltamontes recorriendo las calvas que entonces existían, hacía que creyese que mi pueblo era enorme. Sería que cuando volvía de la escuela a mi casa, sisando así a mi madre el dinero del autobús, uno iba con otra tranquilidad.

Sería que para mí no había más mundo que mi pueblo. Seguramente sería eso.

 

Imagen. “Fotos antiguas de Cádiz San Fernando 2”.

Sobre el autor

Juan Antonio Carrasco

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