Publicado el: Mié, 5 Ago, 2020
Opinión

Cinco de agosto

Foto Carlos Viñas.

.. ¿Y si yo te dijera, amor mío, que también temería a la madrugada? A aquella madrugada del cinco de agosto, como hoy, a todas las madrugadas desde entonces que también hieren como amenazas. Amenazas que en boca de algún político ignorante pasa a ser una blasfemia mezcla de provocación e ignorancia.

Miedo como aquellos que gritaron por aquí no pasarán, miedo al hambre y la miseria, miedo como el hombre del campo que implora al terrateniente, miedo a una guerra primero y después a una posguerra, miedo al racionamiento, miedo a un iglesia que siempre ha vivido del miedo y que fue cómplice de verdugos…y que áun lo sigue siendo.
Como el miedo que pasaron trece rosas en la flor de la vida. Trece rosas: Carmen, Martina, Blanca, Pilar, Julia, Adelina, Elena, Virtudes, Ana, Joaquina, Dionisia, Victoria y Luisa. Catorce al final, porque a Antonia la mataron dieciocho meses después. Miedo, que es necesario tener miedo para ser valiente. Y ellas lo eran.

De testigo la tapia de un cementerio, que las paredes no hablan y no dicen nada de las balas que las acribillan. Balas que se meten en la piel y muestran la sangre roja, roja si, como la de los perdedores de una guerra infame. La sangre de trece jóvenes – siete menores de edad –, condenadas en consejo de guerra por el delito de “adhesión a la rebelión”, por ser militantes de las Juventudes Socialistas Unificadas, es decir, por pensar distinto.
Quien apuesta por la defensa de la vida acaba encontrándose con la muerte, enorme paradoja.

Y por vosotras, por las catorce, por el infinito número de cuerpos – que no de almas, porque vuestras almas son eternas – que hoy, cinco de agosto, hacen temblar las cunetas. Por vosotras, digo iba a usar la medianía de mi pluma para ciscarme en la desmemoria del secretario de un partido que, como sus más fieles secuaces, andan envalentonados difamanando vuestro recuerdo, pero quizás no debiera, mi acritud me llevaría tal vez al borde del delito, que yo no tengo su misma habilidad para moverme por la discordia, ni tengo su misma impunidad, ni tengo su misma aquiescencia y sería otra batalla perdida, como entonces, porque ellos se mueven mejor por todo el entramado de las mentiras y sus consecuencias, ellos están acostumbrados a la falacia.

Así que mejor me quedo con vuestro recuerdo, con vuestros nombres que ahora, donde se derramó vuestra sangre, tatúan las paredes del mismo cementerio donde os quitaron la vida.

Y a lo que Julia pedía en aquellas, su últimas palabras “me matan inocente…que mi nombre no se borre de la historia”…no te preocupes, compañera eterna, que tu nombre no se ha borrado de la historia, ni se borrará nunca.

Sobre el autor

Enrique Rojas Guzmán

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