Publicado el: Mié, 8 Jul, 2020
Opinión

Amen, del verbo amar

Foto. Leonor Montañés Beltrán.

Por eso cuando veo que le regala un beso, a oscuras, como los sonetos de Lorca, como la eterna realidad de Luis Cernuda, que le susurra ir en busca del tiempo perdido, como Marcel Proust en su formidable obra. Por eso entiendo sus miedos porque hace falta ser valiente para tener miedo, al fin y al cabo ¡Qué sabrán de amor esa piara de analfabetos!

Ha empezado la que para ellos es la semana más bonita del año, la más santa. Los dos están nerviosos. Dos pasiones, una metida en un armario y la otra que hoy se les nota en la cara.

In nomine patris…, se santiguan al entrar en la iglesia, con todo el respeto del mundo. Mucho más respeto que el que les tiene a ellos ese fanatismo religioso. Al fondo los espera la virgen, testigo mudo de un amor escondido. De un amor que no tiene por qué dar explicaciones.

La pasión de vestir a la virgen, la emoción misma de siempre: “cambiar primero las enaguas, ponerles el chaleco y la falda, la saya, con esmero. Mucho cuidado con la mangas y las puñetas, la cinturilla, prendida con imperdibles, de lado a lado, el cuello adornado con encajes, el manto, la corona, y al final de todo las joyas. Puñal en el pecho y cruz pectoral. La cruz, a la que si le das la vuelta es una espada que a veces se clava. En la cintura un Rosario, y en la mano un pañuelo…y en el corazón una pena”. La ven salir, tan guapa como siempre, y se miran y se guiñan por el trabajo bien hecho. Complicidad.

La fe mueve montañas, dicen, pero hay montañas demasiado grandes. Y a solas frente al altar, sueñan un imposible. Se ven de la mano, los dos de blanco, los dos felices, anillos, secretos, la magia del momento y un ramo de flores que será ofrenda para ella, su virgen, la única que sabe de un amor tan puro.

Y entonces es cuando yo pienso en la incongruencia de una Iglesia intolerante, que les niega el sueño a dos personas que se quieren tanto que tienen que esconderse. Una Iglesia que no es más que el espejo de una homofobia, todavía latente, que mira extrañado a dos personas del mismo sexo, en una sociedad que tiene los ojos tan sucios que ve lo malo donde no lo hay.

Y no sólo la Iglesia, es también una parte del mundo que se niega, como si tuvieran derecho, a ponerle trabas al amor…o a lo que sea, que a mí eso me da lo mismo. Así que, enemigo homófobo, deja que el tiempo siga, y mira la viga que dentro de tu ojo te va cegando, que nunca habéis sido ejemplo de nada. Y que cada cual se meta en la cama con quien le dé la gana, que por mucho que os pese, eso nunca ha sido ni será asunto vuestro. Amén, perdón, quise decir Amen.

Sobre el autor

Enrique Rojas Guzmán

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