Las Quinientas

Billete de 500 pesetas (serie de Ignacio Zuloaga), similar al que recibió Camarón en la Venta de Vargas
Que Camarón se haya ganado la vida en la Venta de Vargas con su cante, con su arte, ha creado controversia y no es nada más que una forma de decir que José Monje cantó en la Venta a sus clientes y ellos entusiasmado le regalaban dinero, lo invitaban a comer o como ocurrió con el brillante diestro Antonio Ordóñez, le obsequió con un reloj de oro. Quizás era muy joven para utilizar el término “Ganarse la vida”, pero el mismo lo refería cuando lo entrevistaban y quería hablar de su complicidad con el restaurante. Citar la entrevista que le hicieron durante el programa “Música golfa”, allá por diciembre de 1988 o un famoso documental que le realizaron en una azotea de La Línea de la Concepción y en ambas alude a esa forma de vivir.
En estas lindes José Monje Cruz tenía un aliado listo y calculador. El sobrino de la propietaria, Joselito Picardo, con varios años más que él, estaba curtido en el restaurante, puesto que desde que contaba pocos años de edad, ya gestionaba perfectamente la bolera de los montañeses anexa al local. Joselito era buen conocedor del flamenco de cabales y no en vano conocía los movimientos de clientes-artistas. Además era el encargado de coger su bicicleta y avisar a los artistas, cuando el flamenco era demandado en la Venta de Vargas. Incluso llegaba a coger el autobús para avisar a los flamencos de la capital, tales como La Perla, el Niño de los Rizos, Aurelio Sellez, El Beni, Gineto, El Bohiga…
Camarón y José eran íntimos, no en vano eran vecinos del barrio del Carmen, incluso la novia del hostelero, Lela Fontao, también lo era y Camarón visitaba la Venta de Vargas a escuchar a los flamencos, pegarse un cante y estar con sus amigos.
En cierta ocasión llegaron unos carniceros de Cádiz al restaurante y estuvieron comiendo y bebiendo copiosamente, al finalizar demandaron al chiquillo rubio, al gitano que estaba destapando el tarro de las esencias del cante. Juan Vargas mandó a Joselito a buscarlo y eso hizo, trayéndolo montado en el cuadro de la bicicleta, puesto que no tenía porta equipajes. Camarón entró y se quedó postrado frente a la mesa de los carniceros, que ya con unas cuantas copas de más, comenzaron a lanzar billetes desafiando el cante del gitano. El rubio de la calle del Carmen lo miró con cierta desazón, abandonó el patio de la Venta y se dirigió a la azotea. Joselito se fue detrás y le preguntó que le pasaba, que con esos billetes, su madre hubiese pasado el mes sin sobresaltos. Y Camarón mirando para el suelo le contó que aunque fuese humilde, que aunque fuese pobre, ningún hombre era más que nadie. Que tenían mucha guasa y así el cante no me sale. A continuación le pidió a Joselito unas monedas para ir a cantar a Cádiz. Así era Camarón.
A los meses otra vez lo mismo, pero en esta ocasión los clientes de la Venta eran cabales, de los que saben apreciar lo bueno, de los que disfrutan con un buen cante. Pues Camarón recibió por ese cante, por ese ratito de arte, un magnífico billete de 500 pesetas, esos azules, con el dibujo impreso del pintor guipuzcoano Ignacio Zuloaga. Lo miró y lo remiró. Se lo enseñó a su amigo orgulloso y le pidió que lo acercara con la bicicleta a las Callejuelas. Al llegar y temiendo que aquel tesoro no viera la luz del sol, dentro de su bolsillo, Camarón lo metió en el desagüe que recogía el agua de la azotea, en el mismo codo. Era agosto y en La Isla era improbable que lloviese. Los amigos se despidieron con un abrazo y se fueron a dormir.
Eran más de las tres de la mañana y José que dormía junto a su hermano Lolo en un patio de vecinos de la calle Jovellanos, en una lateral de la plazoleta del Carmen, escuchó un estrepitoso trueno y el posterior relámpago. Y por supuesto una tremenda tromba de agua que hizo a José acordarse del majestuoso billete de 500 pesetas que Camarón había ganado con su cante. Rápido y veloz se vistió, cruzó la Plazoleta del Carmen bajo la intensa lluvia y comenzó a bajar la calle del Carmen. Y en la noche cerrada, empapadito hasta los tobillos, Camarón en el número 29 de su calle, vio venir a Joselito y con un gesto diciendo que no había nada que hacer, acabó la historia de ese precioso billete de 500 pesetas, que probablemente, con las primeras aguas salió a la calle y a algún afortunado le arregló el mes.






