El torero isleño David Galván hará 16.500 kilómetros y dos paseíllos en menos de 48 horas
Cual viajero del mundo, lejos de los focos, el toreo también depara historias curiosas. Atrás quedaron aquellas temporadas de interminables kilómetros por las carreteras de España y Francia, noches de furgoneta de una plaza a otra. De aquellas aún quedan muchas, pero esta historia pertenece a otro tiempo. Hoy el toreo es universal y el verano taurino se vive a uno y otro lado del Atlántico. En medio de esa realidad aparece un nombre propio: David Galván.
El torero de San Fernando recorrerá más de 16.000 kilómetros para vestirse de luces dos veces en menos de 48 horas. El 30 de julio hará el paseíllo en la localidad peruana de Palcamayo y, apenas dos días después, el 1 de agosto, volverá a enfundarse el traje de luces en Estella, Navarra. Dos continentes, dos plazas y un mismo hombre.
Y si ya sería un viaje extraordinario para cualquier persona, adquiere otra dimensión cuando el destino consiste en jugarse la vida delante de un toro. Más de once horas de vuelo, aeropuertos, carreteras, hoteles, cambios horarios... Todo ello para llegar a una plaza, que es, en realidad, el verdadero destino, el lugar donde el torero se encuentra con la verdad, con el toro.
Resulta difícil imaginar qué pasa por la cabeza de quien afronta semejante itinerario. Quizá sea esa mezcla de serenidad, responsabilidad e ilusión la que empuja a quienes hacen del riesgo su forma de vida. Como suelen decir, cosas de toreros.
Imaginemos el recorrido. El viaje de ida transcurre sin la presión del reloj. Llegas al aeropuerto, facturas y contigo viajan los trajes de luces, las espadas y todos esos avíos que forman parte del equipaje de un torero. Embarcas, buscas tu asiento y afrontas casi diez horas de vuelo hasta Lima. Una vez allí, aeropuerto de nuevo, recogida de equipaje y carretera rumbo a la provincia de Jauja, atravesando la sierra peruana hasta alcanzar Palcamayo. Pero todavía hay tiempo para preparar la corrida, reconocer el ambiente y concentrarse. La calma sigue estando ahí.
Todo cambia cuando termina la tarde y cae el último toro. Entonces comienza la verdadera carrera contrarreloj. Apenas hay margen. Hotel, quitarse el traje de luces, una ducha rápida y empieza la odisea. Enlazar vuelos, volver a cruzar el Atlántico, aterrizar en España y de Madrid para Navarra la misma mañana de la corrida, descansar lo justo, si es que se puede, llegar a Estella y vestirse de nuevo de torero. En pocas horas habrá que volver a hacer el paseíllo como si el cuerpo no arrastrara miles de kilómetros a sus espaldas. Otro país, otra ciudad, otro ruedo, otro público, otro toro... pero el mismo hombre. El mismo que, apenas un día antes, se jugaba la vida al otro lado del océano.
Y es que el toreo hoy día no está para seleccionar contratos, con la prohibición de las corridas en buena parte de México y la incertidumbre que rodea a Colombia y Venezuela, Perú se ha convertido en uno de los grandes refugios de la tauromaquia americana y lugares como Chota, Acho o Palcamayo se han convertido en imprescindibles para muchos toreros españoles. Más aún para David, Peru fue ese país que le abrió las puertas cuando no tenía donde torear, donde pudo sentirse toreros en épocas de sequía.
Porque en el toreo cada contrato cuenta. Cruzar el Atlántico supone un esfuerzo enorme, pero también una oportunidad que pocos están dispuestos a dejar escapar. No se trata únicamente del aspecto económico, sino de mantener vivo el vínculo entre España y América, por eso, viajes como el de David Galván no son una extravagancia, sino el reflejo de una profesión en la que, muchas veces, el sacrificio empieza mucho antes de vestirse de torero.
Cuando David Galván ponga los pies sobre el albero de Estella habrá dejado atrás más de 16.500 kilómetros, dos continentes, varios aeropuertos y decenas de horas de viaje. Pero cuando haga el paseillo nada eso importará. El cansancio quedará en el patio de cuadrillas, los vuelos serán ya un recuerdo y el reloj dejará de existir. Solo estarán un hombre y un toro. Lo demás habrá sido únicamente el camino para llegar al destino donde toro y torero se funden para crear el arte.







