Toda una vida: La familia Picardo
José era el mayor; Lolo, su inseparable sombra. Dos hermanos criados en la plazoleta del Carmen, entre el canal y las callejuelas de La Isla, donde la infancia se forja en la calle y el carácter se templa al sol. Vivían entregados a sus padres, Mangolo y Luisa, y compartían hogar con sus hermanas —Uchita, María Jesús, Teresa y Carmen—, todas menores que ellos salvo la mayor.
Corrían los años sesenta cuando su tía María Jesús los reclamó para la Venta. El trabajo apremiaba y toda ayuda resultaba escasa. Allí comenzaron a fraguar su destino.
A María Jesús —Tita María para toda la familia— la vida la había puesto a prueba demasiado pronto. Siendo apenas una niña, perdió a su madre a causa del tétano tras pincharse con una rosa. Aquel infortunio la dejó prácticamente en la calle junto a su hermano menor, Mangolo. Fue la familia materna, los Correa, quien se apiadó de los pequeños y les ofreció una humilde casapuerta donde cobijarse.
María Jesús volcó en su hermano todo el amor que le quedaba: lo vestía, lo cuidaba, procuraba que jamás le faltara un plato de comida y cada noche lo arropaba antes de dormirse abrazada a él, como si así pudiera protegerlo del mundo.
Y llegó ese instante decisivo que a veces irrumpe en la vida como un autobús que pasa ante nuestros ojos: el momento que determina el rumbo del destino. María Jesús se subió a él y se marchó a Cádiz, a la calle Botica, para vivir junto a aquel gitano emprendedor llamado Juan Vargas, quien había tomado las riendas de una modesta venta a las afueras de La Isla: la antigua Venta Eritaña, que él rebautizó con su apellido como Venta de Vargas.
El escándalo fue mayúsculo. Que una muchacha se marchara a convivir sin haber pasado por el altar resultaba entonces inconcebible.
Así comenzó la leyenda.
Juan Vargas, su madre Catalina y María Jesús formaron un trío irrepetible. Sanearon el local, lo dignificaron: manteles nuevos, mesas, cortinas, una cocina renovada. Pero, sobre todo, pusieron en los fogones su conocimiento, su esfuerzo y su alma. La fama de aquella venta de carretera comenzó a crecer de forma imparable. Raro era el viajero que llegara a Cádiz o a La Isla y no hiciera parada obligatoria para sentarse a su mesa.
Juan cantaba por alegrías como quien se juega la vida en cada tercio. Dio amparo a muchos flamencos que no tenían otro lugar donde ganarse unas pesetas. Allí floreció el flamenco íntimo, el de cuartito, el de cabales: noches interminables de cante y compás, de arte compartido, de oportunidades para quienes buscaban abrirse camino. La Venta se convirtió en santuario.
Joselito y Lolo Picardo, sobrinos de María Jesús, trabajaron sin descanso junto a su tía. Ambos desempeñaban su labor en la Armada, en La Carraca, y al concluir la jornada enlazaban directamente con el trabajo en la Venta, prolongando el esfuerzo muchas veces hasta la madrugada. Era una vida de sacrificio, pero también de orgullo.
Por aquella casa pasaron trabajadores que dejaron en ella algo más que su tiempo: Rafael “Cañavero”, Luis “El Chatito”, Antonio Haro, Rafalito Oneto, Pascuali, Pascual, Pepe Puerta, Paco Noé, Joaqui, Manuela, Manolo Hormigo, Antoñito, Añoño, Pepa… Nombres propios que forman parte de la memoria viva del lugar. También Manolín, Rafa, Juan “El Gitano”, y tantos otros que compartieron fatigas y alegrías con los hermanos.
El listón quedó alto para quienes vinieron después, porque en la Venta siempre se trabajó —viniera gente o no—. Allí no existía el ocio improductivo: siempre había algo que limpiar, que preparar, que mejorar.
Y cuando por fin llegaba el día libre, aquellos hombres se subían a los coches y ponían rumbo a Conil. Un arroz humeante, un pescado en tartera, un baño en las aguas del Atlántico y largas partidas de cartas al sol. Instantes sencillos que equilibraban una vida de entrega constante.
Pero si algo distinguió a los hermanos Picardo fue el espíritu que imprimieron a la Venta: una determinación inquebrantable, una voluntad que jamás se rinde. Ese carácter impertérrito que ha permitido que un establecimiento amado por muchos y cuestionado por otros, amenazado en dos ocasiones por proyectos urbanísticos que pretendieron derribarlo, superviviente de crisis y bonanzas, continúe hoy en pie, más sólido y vigoroso que nunca.
Porque la Venta no es solo un lugar donde se come.
Es memoria.
Es resistencia.
Es familia.






