Publicado el: Dom, 14 Feb, 2021
Opinión

Floreciendo

Este año Febrero se muestra distinto, no lleva disfraz ni luce sus escaparates llenos de corazones rojos de cartulina. El suelo no se ha teñido de mil gotas de confeti de colores ni de carcajadas por sus esquinas.  Los besos espontáneos han pasado a pedir permiso al aire para hacer magia sorprendiendo, intentando robar sonrisas porque el telón de las mascarillas este año hay que bajarlo, en vez de subirlo en el escenario gaditano de la plaza Fragela.

He rebuscado en los cajones de la nostalgia de cuando aún me colgaban los pies sentada en una silla y soñaba con ser mayor, y he  metido en la licuadora cuatro princesas de cuentos, un príncipe azul solitario sacado del Tinder desteñido por la peana, medio litro de amor romántico de película de sobremesa con su siesta correspondiente, dos cucharadas soperas de apego emocional tan presente en nuestras carpetas del colegio forradas de actores y cantantes, aquellos que nos hicieron creer que el amor era abrazar llorando a la almohada y que sufrir era normal por amor, y un par de fotos antiguas perdidas de parejas que no llegaron a tocar el suelo real de la vida. He incluido improvisando dos canciones de Maluma salpicadas de purpurina y de pestañas postizas y aquel duque mulato que caen directamente al fondo, por todo el peso de aparentar lo que no existe, pero que llenará fotos de ramos multicolores con sus selfies correspondientes el día de los enamorados. A mayor numero de flores cortadas, mayor distancia entre ellos. No falla.

Tras batir durante unos minutos y volcar la jarra, ha salido un engrudo grisáceo que no tiene nada que envidiar, a ningún cartón abandonado en la calle una noche de tormenta.  Es algo que se deshace entre los dedos pero tan pesado como el mercurio, que solo sirve para atascar el bajante y que por cierto tiene un olor que da una resaca fatídica.

Está claro que la receta del amor romántico, no es lo mío.

San Valentín, el mártir que se jugó la vida casando en secreto a parejas enamoradas desafiando al Imperio Romano que quería soldados solteros y sin hijos para que lucharan mejor en sus conquistas, sabía lo duro que es luchar por lo que uno vale y merece, que ese sentimiento se demuestra al luchar día a día por regarlo mutuamente.  El amor debe florecer, volar y cumplir sueños,  porque la realidad nos enseña que hay mas días malos que buenos,  que se demuestra mas en silencio a tu lado una noche de hospital o de tanatorio que en dos mil besos y en alguien que aguanta contigo el chaparrón mientras tu tiemblas de frío y te abraza para compartir el calor de su cuerpo contigo.

Este es el amor maduro que yo conozco, el que yo comparto y amo.  Mi amor real.

El que aguanta  el paraguas compartido debajo de una tromba de agua,  las últimas semanas de mes contando céntimos, el que brinda con cerveza de oferta como si no hubiera un mañana, el que se queda sin irse en las malas y en las peores, en abrazos cortados por perímetros restrictivos y despedidas apresuradas antes de que el reloj a oscuras, marque las diez antes de tiempo. En “hasta luego” y “hablamos” sin temores ajenos, sin dictaduras ni exigencias, sólo latidos.  El que demuestra que la lealtad y los buenos valores te permiten dormir tranquilo.  El amor que te da paz, te lo está dando todo.

Las únicas palabras que publico son las que escribo en total libertad a solas, en que mi alma prefiere susurrarte como soy a medida de que se sigan sucediendo los días a través de mis hechos, y que el Carnaval del año que viene me cuentes lo que las palabras no te endulzan el oído en estos momentos, las que prefiero callar a día de hoy para que me ames con la sinceridad de mis manos y veas que mis menos virtudes y mas defectos, me hacen ser como soy, humana y real.

No me ames ni un día al año ni a ratos con migajas, a mí quiéreme despacio en puñados de segundos cada vez que te tengo cerca porque es entonces cuando esto se vuelve enorme,  brilla de verdad y volvemos a ser estrellas.

Ámame con alas, con música, mar y letras, sin cuentos ni castillos en el aire, sin zapatos de cristal.

Ámame con los pies llenos de tierra dentro de la maceta mientras me balanceo bailando con el viento y no en un jarrón inerte, como foto de portada.

 

Déjame florecer, y lo comprobarás.

Sobre el autor

Mª de los Ángeles Arcos Herrera

- Escribiente de profesión, escritora por devoción.

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