Publicado el: Lun, 16 Mar, 2026
Opinión

El Molino

Hoy sí era el día

Los niños de la plazoleta del Carmen iban a vivir una de esas jornadas que luego se recuerdan durante años. Ya tocaba, después de tantos días de calor pegajoso y tardes interminables buscando cualquier sombra donde guarecerse.

Y aquel día lo tenía todo a su favor.

Primero, porque no soplaba el viento, algo poco común en el sur de la bahía. Allí el aire nunca descansaba: levante, poniente, sureste… Aquella tierra parecía una auténtica cueva de Eolia, siempre abierta a los caprichos del cielo.

Y segundo, por la marea. Una pleamar generosa, de muchos grados, que subiría el agua del estero lo suficiente como para que pudieran lanzarse desde lo alto del molino de San José sin temor a partirse la cabeza contra el fango duro del fondo.

Para los niños de la plazoleta del Carmen, el molino de San José era el non plus ultra de sus aventuras, la última frontera hasta donde alcanzaba su pequeño mundo. Más allá de aquel molino empezaba un territorio casi legendario.

Habitualmente sus juegos transcurrían en el Caná, un terraplén extraño y fascinante, lleno de cuevas, huecos y caprichosas formaciones de piedra donde la imaginación siempre encontraba motivos para echar a volar. Allí había fortalezas, guaridas de piratas, túneles secretos y reinos inventados que solo ellos podían ver.

Pero el molino… el molino era otra cosa.

Desde lejos se levantaba sobre el estero como una vieja atalaya de piedra, silenciosa y paciente, viendo pasar los años, las mareas y las generaciones de chiquillos que habían hecho de aquel lugar su territorio de aventuras. Para ellos no era una ruina ni un vestigio del pasado; era una torre de saltos, un trampolín hacia el agua oscura del estero, un desafío que había que conquistar.

Aquella mañana caminaron juntos por los senderos de tierra que llevaban hasta allí, entre salinas y caños, con el sol todavía joven en el cielo. El aire olía a sal, a fango húmedo y a algas recién despertadas por la marea que subía despacio, empujada por la respiración tranquila de la bahía.

En el camino hacia el molino, Luichi y Joselito habían visto una imagen que les llamó poderosamente la atención.

Caminando en paralelo a la vía del tren iba una mujer de unos cuarenta años. Vestía completamente de negro y avanzaba con paso lento, casi solemne, como si cada uno de sus movimientos tuviera un propósito. Entre las manos llevaba un rosario y un pequeño libro que, por su tamaño y la forma en que lo sostenía, parecía una Biblia.

La escena resultaba extraña.

En aquellos parajes lo normal era cruzarse con salineros, con algún pescador que volvía del caño o con muchachos que, como ellos, andaban buscando aventura entre esteros y molinos. Pero aquella mujer, vestida de luto riguroso y caminando sola junto a la vía, parecía pertenecer a otro mundo.

Luichi fue el primero en fijarse.

—Mira, Joselito… —murmuró, dándole un leve codazo.

Joselito giró la cabeza y también la vio. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. La mujer avanzaba sin apartar la vista del libro, moviendo los labios como si estuviera rezando o leyendo en voz baja.

—Qué cosa más rara… —susurró Joselito.

Luichi asintió, sin dejar de mirar.

No sabían por qué, pero aquella imagen les dejó una sensación extraña, como si algo en aquella escena no terminara de encajar en la tranquilidad luminosa de la mañana.

Después siguieron caminando hacia el molino.

Al llegar, se detuvieron un instante.

Desde lo alto del molino el estero parecía más profundo de lo que en realidad era, y el agua, moviéndose lentamente, reflejaba la luz como una lámina oscura y brillante. La pleamar estaba cumpliendo su promesa: el agua había subido lo suficiente para que el salto fuera seguro.

Uno de los niños, el más atrevido, subió primero por la vieja escalera de piedra, desgastada por los años y por los pies de tantos otros que antes que ellos habían sentido la misma mezcla de miedo y emoción. Los demás lo siguieron entre empujones, risas y algún que otro desafío.

Arriba, el viento apenas soplaba. Desde allí se veía media bahía: los caños serpenteando entre las salinas, las gaviotas girando en círculos lentos y, a lo lejos, las casas blancas de la Isla brillando bajo el sol.

El primero se asomó al borde.

Miró el agua.

Miró a los otros.

Y sin decir nada, se lanzó.

Durante un segundo pareció quedarse suspendido en el aire, con los brazos abiertos y el grito saliéndole del pecho, hasta que su cuerpo cortó el agua del estero levantando una salpicadura oscura y brillante.

Desde arriba estallaron las risas.

Durante un buen rato el molino fue suyo.

Los saltos se sucedían uno tras otro entre gritos, risas y desafíos. Cada vez que uno caía al agua, los demás esperaban arriba contando los segundos hasta que la cabeza volvía a aparecer entre las ondas del estero. La marea seguía subiendo despacio y el sol ya calentaba con fuerza sobre las piedras del molino.

Para ellos el mundo, en aquel momento, era simple: agua, amigos, verano y libertad.

Cuando el cansancio empezó a notarse en los brazos y en las piernas, decidieron volver. El camino de regreso siempre se hacía más lento, con la ropa pegada al cuerpo y el salitre secándose sobre la piel.

Caminaron entre bromas y empujones, recordando los saltos más arriesgados y discutiendo quién había llegado más lejos.

Pero al acercarse a la vía del tren, algo rompió de golpe aquella ligereza.

Luichi fue el primero en frenar.

—Esperad… —dijo, casi en un susurro.

Los demás también se detuvieron.

Sobre las piedras de la vía había un silencio extraño, pesado, como si el lugar hubiese cambiado mientras ellos estaban en el molino. Y entonces la vieron.

Primero fue el vestido negro.

Después el rosario, esparcido entre las salicornias.

Nadie dijo nada.

El libro estaba abierto unos metros más allá, con las páginas agitándose suavemente por la brisa que ahora sí había empezado a levantarse desde la bahía.

Los niños no entendían del todo lo que estaban viendo, pero sí comprendieron que algo terrible había ocurrido allí mientras ellos reían y saltaban al agua.

Joselito bajó la mirada.

Luichi sintió un nudo en la garganta.

Y por primera vez aquella mañana, ninguno de ellos tenía ganas de hablar.

Sin decir una palabra, comenzaron a caminar de nuevo hacia la plazoleta del Carmen, más despacio que antes, como si de pronto hubieran dejado de ser los mismos niños que unas horas atrás corrían hacia el molino.

El ruido lejano de otro tren se escuchó en la distancia.

Y durante mucho tiempo, cada vez que pasaban cerca de aquella vía, alguno recordaba a la mujer del vestido negro caminando sola junto al hierro, con el rosario entre las manos y la mirada perdida en las páginas de un libro que quizá buscaba respuestas que nunca llegaron.

Porque aquel día, sin saberlo, los niños de la plazoleta del Carmen descubrieron algo que hasta entonces no formaba parte de su mundo:

que a veces, incluso bajo el mismo sol que ilumina los juegos de la infancia, también caminan en silencio las sombras de la tristeza.

Sobre el autor

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