El pregón de Macandé
Gabriel no fue un cantaor profesional de flamenco; sería más justo decir que fue un aficionado excepcional, de esos que cantan con más entrañas que técnica, con más verdad que oficio. Porque el flamenco no se aprende: se padece. Está hecho de sentimientos desgarrados, de angustias antiguas, de llantos sin consuelo… y también de celebraciones luminosas.
Cada vez que abría la boca trastornaba a quien lo escuchaba. Pero no cantaba para vivir del arte: cantaba para vender sus caramelos. Su bohemia indómita no le permitía prestarle su voz a cualquiera. El mismísimo coronel Sanjurjo, en Ceuta, se quedó con veinte duros en la mano y la cara desencajada porque Gabriel se negó a cantarle. Y no le importó que, acto seguido, lo expulsaran de la ciudad. Porque él era Macandé.
Gabriel Díaz Fernández nació en Cádiz a finales del siglo XIX. Nació gitano y pobre, dos condiciones que en aquella época eran casi una condena. Vivió como pudo, sobreviviendo con ingenio y orgullo, hasta que encontró sustento en la fabricación artesanal de caramelos que él mismo elaboraba y envolvía en estampas de toreros. Pero el verdadero premio no era el dulce: era el pregón. Un pregón antológico. Un cante irrepetible. Un grito por fandangos que se quebraba en tercios de seguiriyas, se deslizaba por soleás, se encendía en tangos o estallaba en bulerías.
Gabriel Macandé pertenecía a esa estirpe de flamencos únicos, depositarios de cantes hoy casi extinguidos, que jamás tuvieron réplica ni escuela.
“A la salida de Asturias,
a la entrada en la montaña,
fabrico mis caramelos
para venderlos en España.
Si los quiere de menta,
yo los tengo de limón.
Los tengo de Gaona, Belmonte y Vicente Pastor”.
‘Macandé’ era el nombre con el que los gitanos extremeños designaban a los locos. Alguien, quizá intuyendo el destino que le aguardaba, le colgó ese apodo como una profecía anticipada. Y no anduvo desencaminado.
La vida de Gabriel fue una cuesta interminable. A su fragilidad emocional se sumaron los golpes de la existencia. Se casó con Encarnación, muda de nacimiento, y juntos trajeron al mundo tres hijos que heredaron la misma imposibilidad de palabra. La tragedia parecía perseguirlo con obstinación.
Con apenas treinta y ocho años, aquejado de una esquizofrenia devastadora, con la vista arruinada por un tracoma y consumido por la sífilis —oscuro tributo a su conocida afición por los prostíbulos— terminó ingresado en Capuchinos, nombre popular de la congregación que regentaba el manicomio de Cádiz. El edificio, asomado al Campo del Sur, bebía las aguas del Atlántico y respiraba salitre noche y día.
Era sabido el amor profundo que Manolo Caracol profesaba por Cádiz. No en vano era tataranieto de El Planeta, el primer cantaor del que se tiene constancia histórica, nacido en la Tacita de Plata. Para Caracol, la provincia gaditana era venero inagotable de inspiración. Siempre que podía abandonaba la Alameda de Hércules, en su Sevilla natal, para apropiarse —con la humildad del que sabe escuchar— de cantes, estilos y duendes escondidos en cualquier venta, en cualquier esquina o tablao.
Una noche de 'Cabiria' —así llamaban en el Colmao a esas veladas en que ocurre lo que no sucede nunca—, bajo una luna plena que parecía encender voluntades y desnudar conciencias, el irrepetible Manolo Caracol apareció en el local abarrotado. El Chato y Alonso Farina impartían una lección magistral en el reservaito de la derecha, mientras el gentío se apiñaba en la puerta tratando de adivinar el milagro que se cocía dentro.
Caracol no tardó en aferrarse a una botella de Botaina, ese amontillado jerezano que —decía él— le levantaba “las tapaeras del sentío”. Entre sorbo y sorbo convenció a su amigo Juan Vargas para que lo llevara en coche hasta el manicomio de Capuchinos. Con luna llena, aseguraba, el loco se inspiraba. Y aquello era un espectáculo que no podía verse en ningún otro lugar.
Juan, que trataba a Caracol como a un hermano, arrancó el coche y metió dentro a Caracol, a Melchor, a El Chato y a Alonso Farina. A eso de las cinco de la madrugada emprendieron camino hacia Cádiz, en busca de los melismas imposibles de Macandé.
En el Campo del Sur, con la luna reflejándose majestuosa sobre el mar, Caracol pidió a Melchor el de Marchena que templara la guitarra por seguiriyas. Iba a despertar a Gabriel. Iba a provocarlo. Con la cejilla en el cuatro y una falseta que parecía invocar espíritus antiguos, Melchor se apoyó en la pared del manicomio, mirando hacia las ventanas enrejadas. Caracol lanzó su llanto flamenco hacia la noche, esperando respuesta.
Un tercio. Otro tercio. Flamenco en estado puro resonando por las calles silenciosas de Cádiz.
Y entonces Gabriel Macandé despertó. Reconoció aquellas voces. Escuchó el cante que lo llamaba. Miró a la luna… y respondió.
De lo más hondo de su alma brotó un grito oscuro, primitivo, desgarrado. Sonidos negros que parecían haber habitado durante años el último rincón de su espíritu salieron a la intemperie bajo la luz lunar. Caracol y los suyos se golpeaban el pecho, se tiraban de la camisa, incrédulos ante lo que estaban presenciando. Aquello no era normal. Aquella inspiración era un milagro salvaje que había que beber, al menos, una vez al año.
Gabriel murió en Capuchinos. Tras los barrotes de su celda sentía el aliento del océano en el rostro y respiraba el salitre, pero no halló cura para su desdicha. Sin embargo, su alma escapaba a menudo en forma de cante, atravesando muros y rejas, para que aficionados como Caracol, Pericón, Juan Vargas o La Perla renovaran su devoción por lo jondo y amaran aún más el flamenco.
Porque nadie ha cantado jamás como Macandé.
Nadie.
Nadie.






