Publicado el: Sáb, 18 Jul, 2020
Opinión

Pandemónium

Despierto súbitamente a las cuatro y diez de la madrugada. Estoy bañado en sudor. La pesadilla ha sido de órdago. No es para menos, dada la complicada situación por la que estamos pasando.

He soñado con el parque del Cerro; paseo por allí con Sasha, mi pequeña Yorkshire, a la luz de la luna llena. En un momento dado, la perra se interna en el claro donde se hacen las barbacoas. Yo observo los montículos que lo rodean y que ascienden hasta la singular ermita. Mi vista se enfoca y lo que creo tierra y cascotes no son sino brazos, piernas y cabezas humanas entrelazadas. Las colinas tienen ojos y son oteros enormes de cadáveres apilados. Horrorizado, alzo la vista hacia un cielo rojo sangre donde decenas de murciélagos del tamaño de personas merodean sobre el techo de la ermita profiriendo gritos de otro mundo. Entran en el agrietado edificio y salen con un cuerpo en las fauces que arrojan al suelo, donde se va conformando otra pila, un nuevo monte.

Uno de ellos gira su cabeza y me mira con ojos rojizos y dominantes. Creo que es una hembra. Abre la boca y suelta el guiñapo que cae con estrépito a los pies de la gran cruz junto a la ermita. Se lanza entonces en mi persecución y, mientras corro, solo puedo ver sus colmillos goteantes y una sonrisa sardónica. Entonces despierto.

Me lío un cigarrillo y cojo una lata de cerveza de la nevera. Desde el alfeizar de la ventana puedo ver la calle Real. Está completamente desierta a las cuatro y cuarto de la mañana del quince de abril de 2020, miércoles para más señas. Un mes exacto desde que se decretó el estado de alarma por la pandemia del coronavirus. Estoy desesperado. En mi fuero interno sé que no tengo ningún derecho a quejarme. No soy el único que sufre por el interminable encierro, pero a mí qué me importa la gente, mal de muchos, consuelo de tontos. Esto no es vida; ir al supermercado o a sacar a la perra y volver a casa a pasar el resto del día.

Doy una profunda calada y exhalo el humo pausadamente, a rachas. Ahí enfrente, al otro lado de la ventana de mi cuarto piso, está el mosaico del corazón de Jesús, instalado con gran boato en la parte alta de la fachada lateral de la iglesia de San Francisco. Sonríe el tipo, parece que se está cachondeando de nosotros por estar sometidos a este día de la marmota perpetuo. Cada vez que expulso el humo me parece que se lo echo en la cara de lo cerca que da la impresión de estar. Mi pequeña venganza me reconforta.

De pronto, una sombra pasa como un rayo por encima del templete de música de la Alameda. Casi se me cae la cerveza del susto cuando eso pasa pitando por delante de mi ventana. La criatura no me ha visto pero yo a ella sí, y era un puto murciélago. Se han puesto de moda, por lo visto.

Lo sigo con la mirada. El bicho va lanzado hacia la iglesia con su volar errático tan característico, como si lo moviera un titiritero con hilos invisibles. Ni que fuera a misa. En el último momento hace un quiebro y se tira a toda pastilla hacia la casa Lazaga.

Salgo disparado con la curiosidad a flor de piel hacia la ventana del dormitorio de mis padres, que da al semiderruido palacete. Hay algo en esa rata voladora que me inquieta, demasiada casualidad.

Mis viejos roncan como dos perros bulldog cuando me interno de puntillas en la oscura habitación y corro discretamente el visillo. El bichejo se ha reunido con tres o cuatro más de los suyos sobre la azotea de la casa. Flotan en el aire aleteando, parecen estar comunicándose con el radar ese que tienen. Unos instantes después, el que cruzó por mi ventana lleva la iniciativa y todos le siguen cuando desciende y se interna en la negrura del patio central.

Me echo unas calzonas, una camiseta y unas zapas Adidas blancas. Cojo a Sasha para que me sirva de coartada en caso de que me pare la poli por andar haciendo el tonto en la calle de madrugada y en plena pandemia. Si me multan, mi padre me mata. Con ella en brazos puedo alegar que le dio un retortijón nocturno y la tuve que sacar a cagar.

Cuando me acerco a la puerta principal de la casa, la calle Real está en absoluta calma, durmiendo como un gigante bobo, pero en el silencio puedo oír una especie de rumor, un atisbo de conversación lejana que sale de las entrañas profundas del edificio. La perra también se ha dado cuenta y levanta las orejas, con lo que concluyo que no estoy zumbado. Gracias Sasha.

Doy la vuelta a la manzana para entrar por detrás porque recuerdo que mis colegas y yo nos habíamos colado ya por allí a fumar porros, a través de unas maderas rotas de la puerta trasera. Disimulamos muy bien el roto con tablones así que nadie lo ha descubierto todavía.

Nos internamos en los lúgubres corredores de la casa. Huele que apesta a humedad y un fuerte tufo a guano impregna el ambiente. La perra me mira ansiosa, con los ojos redondos como canicas y el coco cogido con una goma fosforita oscilándole nervioso en la cabeza. Creo que piensa que soy un niñato, un impresentable con pintas que la está metiendo en un embolado que ni le va ni le viene.

Cuando alcanzo la zona aledaña al patio me oculto en un rincón sombrío y observo el espectáculo patético. Reunido en la penumbra hay una especie de aquelarre de criaturas que no acabo de catalogar. Hay murciélagos revoloteando por doquier, pero también personas ataviadas de túnica con capucha y algo así como híbridos humano-murciélago parecidos a ese villano de la Marvel, Morbius. Son personas pero con rasgos de vampiro: orejas puntiagudas, nariz de cochinillo al horno, colmillos y cuerpo hirsuto. Estos últimos cuelgan bocabajo agarrados con sus garras a los travesaños del patio. Un freak show en toda regla.

Fuente. Pixers.

Un murciélago desciende desde de una viga y, antes de tocar el suelo, con un ruido espasmódico, se transforma en una mujer de silueta delgada cobijada en una túnica escarlata. La reconozco enseguida por su determinación como la jefa de esa horda, la hembra alfa, y quien pasó como una bala por mi ventana. Se sube a un taburete que hay en el centro del desastrado patio y toma la palabra. También es la reina de las tarimas.

– Queridos hermanos de sangre azul. Bienvenidos a El Nido. Os he citado hoy aquí, a este Pandemónium extraordinario porque tengo dos noticias importantes que comunicaros. Una mala y otra peor.

Un murmullo general se alza entre los monstruos presentes como si de una reunión de comunidad de propietarios se tratara. Me fijo en que todos llevan túnicas de diferentes colores que se repiten, como en las casas de magos de Harry Potter: rojas, naranjas, azules, verdes y moradas. Deben ser de distintas familias.

– La mala, es que debemos dejar este, nuestro nido, para mudarnos a otro lugar. La vida progresa, el tiempo avanza y se va a acometer la restauración de esta casa señorial abandonada. Sé lo que vais a decir, es la cuarta vez que cambiamos nuestro nido de reuniones en los últimos veinte años. Primero tuvimos que dejar el castillo de San Romualdo, que tan amplio espacio e intimidad nos ofrecía. También debimos abandonar con gran pesar el molino del Zaporito que, aunque pequeño, tenía un encanto especial con el parque natural a su alrededor donde podíamos cazar algunas alimañas como aperitivo. Más tarde, nos vimos obligados a desalojar Torre Alta cuando se convirtió igualmente en un lugar turístico. La Providencia nos trajo al fin hasta aquí, la casa de la familia Lazaga, donde nos hemos reunido los últimos cuatro años y de la que también debemos salir.

– ¿Y a dónde iremos ahora?-pregunta siseando uno de los que cuelgan bocabajo de una viga como un jamón. Tiene el pelo pelirrojo y la expresión bobalicona.

– Ya he pensado en eso, hermano. Nuestro nuevo nido hasta que el progreso nos lo quite indefectiblemente será la casa abandonada de la Cruz Roja, ¡la mejor casa para la mejor especie de este mundo!

Los asistentes prorrumpen en una salva de aplausos ahogados, contenidos para no delatar al exterior su madriguera. Todos dan cabezazos afirmativos de conformidad y algunos aletean de alegría al conocer su nuevo destino.

– Pero tengo que daros otra noticia, la peor -prosigue la mujer- y es que he sabido por el mayordomo del Gran Vampiro Mundial que nuestra especie es la culpable de la actual pandemia que está asolando el mundo y que nos está dejando sin comida. Si los humanos no logran pararla y no les ayudamos en la tarea, pronto escaseará la sangre limpia, sin COVID-19. No tendremos a nadie a quien chupársela y moriremos de inanición.

– ¿Y cómo ha ocurrido eso? Llevamos desde que el mundo es mundo extrayendo la sangre a la gente para alimentarnos y nunca ha pasado algo así – dice uno con sobrepeso entre las murmuraciones de fondo.

– Por lo visto, la culpable fue una miembra de una colonia nuestra en China, en Wuhan, y se ha extendido. Una hermana china que tenía una gripe se alimentó de un pangolín, también enfermo de algo y la combinación de ambos ha mutado y es explosiva. Luego nuestra hermana mordió al paciente “0” y, bueno, hasta hoy.

Me quedo de piedra en mi rincón con la explicación de la vampira. Casi cojo un palo del suelo y me lío a mamporros con todos los engendros, pero Sasha comienza a impacientarse y temo que ladre y me delate. Son demasiados, así que opto por dejar a los monstruos debatiendo y nos refugiamos en una alhacena de la habitación contigua a esperar que la reunión se disperse. Le doy vueltas a lo que acabo de escuchar. Estos macacos y su casta son los culpables de las muertes, el confinamiento, de los hospitales atestados y del hundimiento de la economía.

Me despierto unas horas después cuando Sasha comienza a hacerme cosquillas en la nariz con su coco inquieto. Me he quedado sobado y, según mi reloj, son las 9:25 de la mañana. Abro lentamente la puerta de nuestro escondite y atisbo a ver a los últimos, tres o cuatro, que están saliendo por el mismo sitio por el que entramos nosotros. Reconozco a la mujer de espaldas por su forma de caminar. Todos van vestidos ahora de forma muy diferente, guapos y trajeados.

Espero diez minutos para darles margen y salgo rodeando la casona alcanzando de nuevo la calle Real. En la puerta de casa, llave en mano, algo llama mi atención. Delante del templete de la Alameda hay nueve o diez personas. Rarísimo, estamos en estado de alarma y está prohibido congregarse. Resuelvo acercarme con la excusa de que aún llevo a la perra conmigo.

A los pocos metros de llegar me doy cuenta del pastel. En el centro justo de la reunión, en la que todos respetan las distancias de seguridad y llevan tapabocas, está ella, la mujer que horas antes había arengado a los de su misma especie en el centro del patio.

Me percato de que esto no es una congregación de personas normal y corriente, se trata de una rueda de prensa. Un reportero del periódico El Castillo de San Fernando hace la primera pregunta:

– Señora alcaldesa, ¿cuándo cree usted que acabará por fin este confinamiento?

La mujer mira hacia donde estoy por encima de los periodistas. A su alrededor, los líderes de los otros partidos asienten a la pregunta con gesto de preocupación. Los reconozco, estaban en el cónclave: naranja, azul, verde y morado…

Aguanto estoicamente su mirada, aunque soy todo ojeras, tengo mala cara y estoy totalmente acojonado. Debo tener pinta de imbécil con la perra bajo el brazo. Cuando baja la vista y ve el guano sobresaliendo de las suelas de mis zapas Adidas blancas sacude la melena y sonríe sardónicamente detrás de su mascarilla.

– Bueno, eso depende, probablemente para algunos acabará antes que para otros…

 

Dedicado a todos los partidos en general y a los políticos en particular, esos vampiros que velan por nosotros durante la pandemia, aunque nos la hayan contagiado ellos…

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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