Publicado el: mié, 1 Ene, 2020
Opinión

La Cabalgata del cielo

Foto. Katterox.com.

El anciano se ajustó el fajín plateado alrededor de la escuálida cintura. La túnica áurea le quedaba muy holgada, pero disimulaba bastante bien su delgadez, tan propia de su avanzada edad. Se echó la capa ribeteada de pedrería por encima de los hombros enérgicamente, embutió las manos en unos guantes blancos y se ciñó la corona real sobre la peluca cana.

Ya estaba preparado. El evento con el que tantos años había soñado estaba a punto de comenzar. Por fin el Ayuntamiento se había fijado en él para hacer de su monarca astrónomo preferido desde la infancia; el mayor, el más sabio y reflexivo que simbolizaba el paternalismo y la templanza de espíritu. No en vano, encabezó la comitiva que recorrió medio mundo para dar con el niño Jesús. Melchor significaba “el rey de la luz” o “mi rey es luz” y procedía del antiguo hebrero.

Se sentó triunfante sobre el trono de cartón piedra de la carroza y preparó las sacas de caramelos poniéndolas muy cerquita de sus pies. Sacó sus gafas y se las colocó. Se las quitó al instante y las miró arrugando la frente al percatarse del error

-Vaya hombre, ya me he equivocado, me he traído las de cerca. Tengo que comprarme unas bifocales, de esta semana no pasa. Ahora no voy a poder ver bien la carita de los peques…

Cuando al fin las chirriantes puertas de la nave municipal se abrieron de par en par y la luz del atardecer inundó el recinto en penumbra, supo que era el día más importante de su vida. Iba a llevar la ilusión a los niños de San Fernando quienes alzarían frenéticos sus diminutas manos suplicándole golosinas y regalos. Se acordó de su Carmen, a ella le hubiera encantado verle feliz sobre aquel trono real.

Amaba a los críos y le hacían inmensamente feliz sus cinco nietos, aunque no podía verlos asiduamente por culpa de la ajetreada y estresante vida laboral de sus hijos. La soledad cotidiana dolía en extremo.

No los conozco ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ellos merece.

La cabalgata de colores alcanzó la calle Real en un santiamén y la multitud congregada empezó a gritar jubilosa.

– ¡La carroza del abuelo Manolo!, ¡ahí viene! – gritaban padres y madres, muchos con paraguas abiertos boca arriba para recolectar la mayor cantidad de caramelos.

– ¡El rey Melchor! Aquí, tira por aquí que me he portado muy bien este año – chillaban los chavales ansiosos con los brazos anhelantes.

El abuelo Manolo lanzaba pletórico golosinas a un lado y a otro que llovían como maná caído del cielo por la gracia de Dios. No daba abasto para colmar sus manos y tirarlas sobre la gente que se empujaba y vitoreaba cada lanzamiento. Los niños que le acompañaban a sus pies sobre la carroza seguían su ejemplo y vaciaban bolsas y bolsas de chucherías.

Desde el palco municipal los concejales y la alcaldesa sonreían afables aplaudiendo en su dirección. El abuelo Manolo era toda una institución en La Isla. Tenía noventa y nueve años y ostentaba el récord de ser el isleño de más edad. Se le había preparado un homenaje desde el Consistorio con motivo de su centésimo cumpleaños que tendría lugar al día siguiente, el 6 de enero, el día de los Reyes Magos de Oriente.

El equipo de gobierno había considerado que el mejor regalo para el abuelo Manolo era ofrecerle ser Melchor, deseo que había manifestado en muchas ocasiones a sus compadres de la Asociación de Geriatría y Gerocultura de San Fernando de la que era presidente de honor. Dado que se encontraba aún en buena forma física, no habría problema alguno para que desempeñara tan entrañable papel, aunque daban por descontado que acabaría totalmente agotado. El aceptó gustoso todos los riesgos bajo su responsabilidad.

Estaba arrojando caramelos a diestro y siniestro disfrutando como un enano cuando en el horizonte, por encima del azulejo del corazón de Jesús, más allá de la iglesia de San Francisco, la vio de soslayo. Se detuvo y se quedó mirando fijamente el cielo azabache entornando los ojos en un esfuerzo por enfocar sin sus lentes. Una sonrisa cándida se dibujó lentamente en su rostro a medida que reconocía lo que veía. Alzó como un resorte su mano derecha y señaló hacia arriba en la distancia.

-Mirad, ¡es la estrella de Belén!, la que guio a los magos, allí en la lejanía. Miradla…

El gentío, al ver su extraña reacción, se quedó quieto observándole expectante. Un silencio sepulcral invadió la arteria principal de la ciudad, como si de pronto un ángel hubiese pasado por el lugar posando sus pequeños pies de querubín sobre cada una de las cabezas.

Solo la voz de un niño de unos once años que iba en la proa de la carroza de Manolo vestido de paje rompió el contundente silencio.

-Es cierto, mirad allí arriba, ¡eso tiene que ser Dios!

La muchedumbre giró la cabeza como una legión de autómatas hacia el lugar adonde señalaban los dos chiflados y, efectivamente, en el horizonte refulgía una potente luz centelleante seguida de una larga cola cósmica.

Absortos en el avistamiento, todos los presentes dibujaban un gesto dubitativo en su semblante. Buscaban una explicación racional a algo que sus mentes no podían procesar. Los murmullos fueron extendiéndose como una ola a lo largo de la calle, primero de sorpresa, luego acompañados de risitas nerviosas de incredulidad. Los más creyentes se arrodillaron contemplando la luz cenital y clamando hacia la cabalgata resplandeciente del cielo, otros se echaron las manos a la cabeza intentando comprender y los chiquillos interrogaban a sus progenitores por aquella antorcha del firmamento.

En un instante, el lucero pareció acelerarse como una estrella fugaz y aproximarse hacia ellos con lo que jauría humana sucumbió a sus instintos más atávicos y echó a correr despavorida en todas direcciones. En escasos minutos las exclamaciones de terror y los gritos cesaron y la calle quedó desierta.

Manolo bajó parsimoniosamente de su trono radiante de cartón piedra, se quitó la corona y la peluca blanca mirando a su alrededor resignado. La noche de reyes había acabado de forma abrupta e imprevista. Su sueño se había desvanecido de un soplo, pero la presencia de aquel milagro lumínico sobre su cabeza le dio esperanzas renovadas. Echó una última mirada complacido a la estrella de Belén que iba en dirección a Punta Cantera, a los polvorines de Fadricas. Ya solo podía ver su estela de condensación por encima del tejado de las Casas Consistoriales.

Se volvió lentamente y arrastrando el borde de la majestuosa capa por el suelo de guijarros tomó la cuesta de la cárcel en dirección a su casa.

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A las nueve menos cinco de la mañana, como cada día, saltó vivaracha la radio, programada como alarma en el despertador electrónico de la mesa de noche. Sobre el suelo, los ropajes metalizados reflejaban los rayos del sol que se filtraban por la ventana que daba al parque de los patos. La corona y la peluca descansaban sobre la antigua peinadora de doña Carmen, junto a la vasija azul de cerámica que contenían sus cenizas. Allí estaban también las olvidadas gafas de lejos, en su lugar habitual.

El cuerpo extenuado del anciano de cien años recién cumplidos reposaba sin vida sobre la cama con una plácida sonrisa de satisfacción en los labios. El teléfono móvil en su mano inerte comenzó a sonar machaconamente.

A las nueve en punto dio comienzo el informativo matutino:

Muy buenos días, oyentes de Radio La Isla, la radio con sal. Aún con la conmoción por lo ocurrido la noche de reyes de ayer durante el transcurso de la cabalgata, llamada este año “de Manolo” en homenaje al ilustre abuelo de San Fernando, las autoridades municipales se han puesto en contacto directo con el gobierno y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado para gestionar la crisis ocasionada con la aparición en el cielo de un objeto volador no identificado que causó el pánico de la población antes de sumergirse vertiginosamente en las aguas del saco interno de la Bahía de Cádiz a la altura del famoso cráter.

Curiosamente, fue el propio Manolo, que representaba al rey Melchor, quien dio la voz de alarma al ver el platillo volante alienígena desde la carroza, aunque, según varios testigos, no parecía muy impresionado por el descubrimiento.

Precisamente, estamos intentando contactar con él en estos momentos vía telefónica para que nos dé sus primeras declaraciones en primicia…

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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