Publicado el: vie, 23 Ago, 2019
Opinión

El final del verano

Hay cosas que nunca te dije y, francamente querida, este es el momento más oportuno para hablar de ello. A lo largo de mi vida he conocido personas de toda condición que me han inspirado sentimientos muy variopintos: odio, amor, vergüenza, ternura, lástima o rabia, pero solo a un limitado grupo de ellas, dos o tres a lo sumo, considero personas extraordinarias; de esas que marcan tan positiva y profundamente tu existencia que dejas de ser para siempre quien eras antes de conocerla. En este mundo debe haber solo algunas decenas de personas extraordinarias por desgracia, pero yo tuve la inmensa fortuna de encontrarme con una.

Ya llega el final del verano y a través la ventana puedo notarlo. La tarde de hoy es mucho más corta de la hace apenas una semana cuando apareciste con aquel ramo de vinagrillos que habías recogido aquí abajo, mientras paseabas macilenta por la playa de la Casería. Debiste buscar durante mucho tiempo porque en esta época abrasadora del año escasean.

¿Recuerdas cuando nos conocimos?, fue una tarde de finales de agosto, como la de hoy, pero hace la friolera de treinta y cinco años. Tu pasabas por delante de Capitanía con aquel vestido estampado de tonos rojizos tuyo- siempre tan adelantada a tu tiempo- y empujabas risueña el carrito de tu sobrino Jose Luís. El niño era uña y carne contigo cuando era pequeño y te acompañaba a todos sitios. Cuando salí de la oficina de reclutamiento distraído despidiéndome de un compañero, tropecé de sopetón contigo y mi vida cambió en aquel instante.

Recuerdo como te quedaste mirándome sorprendida con aquellos enormes ojos abiertos como ostras enseñando sus relucientes perlas mientras te recomponías el pelo. Por un momento me vi a mí mismo reflejado en ellos, con mi uniforme blanco de la Marina y cara de pardillo contemplándote.

Me ofrecí rápido como una centella a comprarle al nene una piruleta en el carrillo más cercano para compensarle por la que se había caído al suelo con el topetazo… ¿recuerdas? El trayecto hasta la plaza del Rey se me hizo tan corto en tu compañía que ya nunca más quise separarme de ti. Tú me mirabas con reservas, aunque sé que te enamoraste de mi a primera vista, no puedes negarlo.

El resto de aquel verano lejanos fuimos inseparables. Como tu padre era camionero, el popular Pepillo “el del Ford”, sabías conducir y con tus primeros ahorros de la tienda de madejas de lana de hacer punto en la que trabajabas te compraste tu primer coche. Íbamos a todos sitios con aquel Seat 133 blanco: al Pino Gordo de camping, a la plaza de toros del Puerto, a hacer barbacoa por la zona de Tres Caminos y, por supuesto, a pasar las veladas mirando el cielo estrellado en las zonas de esteros y sapinas de La Isla. No nos perdíamos una. Eras de las pocas mujeres adelantadas para aquellos fines de los 70, la primera feminista de San Fernando. Fumabas, tenías un novio militar, conducías un coche propio y además vestías a la moda, ya que confeccionabas tus propios modelitos en la clase de corte en la que te apuntaste. No te perdías ni un solo programa de Estudio Abierto de Jose María Íñigo para copiar con exactitud los trajes tan vanguardistas que lucían las artistas.

¿Y cuando venías a recogerme en el seat a Torregorda los días que me tocaba guardia? Aquello era de traca. Mis compañeros empezaban con el cachondeito: “Ya está aquí tu novia, Gonzalo, sal ya no la vayas a mosquear que lleva ya un buen rato esperando”. Y cuando salía siempre te preguntaba “¿ A dónde te llevo hoy, pequeña Anita?” y tu invariablemente me respondías: “Llévame esta noche a San Fernando…” y yo, que entendía a la perfección lo que querías decir, corría a cambiarme el uniforme y nos íbamos a ver las estrellas y a amarnos en la oscuridad del puente Lavaera. ¿A que lugar irían todos aquellos besos?.

Tan solo 3 años pasaron hasta que llegó el mayor regalo que nos dio la vida, nuestro querido hijo bonito. Aquel día que llegaste de la tienda de lanas con aire travieso y silbando “Háblame de ti” de los Pecos una amplia sonrisa te iluminaba la cara, pero no querías confesar tu secreto, como si solamente lo quisieras para ti y para nadie más. No te atreviste a contármelo a pesar de que ya lo sabías. Fue tu hermano Antonio el que me invitó a una copa aquella noche en la Gran Vía y me conminó a que nos casáramos cuanto antes, antes de que se enterara tu madre, doña Rosa, que era de armas tomar y temía a las maledicencias y al famoso qué dirán más que a un miura.

Nos casamos en la Iglesia de la Pastora en abril de 1982 y diste a luz un niño de pelo ondulado negro zaino-como yo- y carrillos sonrosados la primera semana  de septiembre, otra vez nos perseguía el final del verano. De alguna manera, los astros confluían o se alineaban en esas fechas para que ocurriera algo notable en nuestras vidas.

Los 80 y los 90 se pasaron como un suspiro cabalgando a lomos de un rocín. Tú te envalentonaste y dejaste las clases de corte para montar tu propio refino, una boutique chiquitita pero muy resultona en la calle Rosario esquina con Murillo. Nunca te lo he contado, pero muchas veces pasaba por allí con nuestro hijo Alberto de la mano y me quedaba observándote a través del escaparate repleto de ropa hecha con tus propias manos. Cosías tan concentrada que nunca te dabas cuenta de que estábamos allí parados. Allí de pie, fumando con la pipa que me regalaste nuestro primer año para que dejara los cigarrillos como tú, pensaba que en toda mi vida me había encontrado con una persona tan extraordinaria y que cada día me parecías más guapa, valiente y aguerrida. Estabas tan curtida y te manejabas con tal desparpajo que pensé que, aunque estuvieras tu sola porque yo faltara, podrías salir adelante enfrentando todas las adversidades sin bajar la cabeza un instante.

Cuando nuestro hijo precioso creció lo suficiente como para tomar las riendas de su propia vida y se marchó no sufriste ni te quedaste en un rincón huérfana y perdida por la separación, sino que te reinventaste. Pusiste a mi hermana al cargo de la tiendecita de Rosario y te dedicaste en cuerpo y alma a aquella asociación solidaria que tantas alegrías te proporcionaría. Eras feliz al oír las risas desvaídas de los niños saharauis que llegaban famélicos y recibían su primer juguete mientras les asignaban familias isleñas para pasar los meses estivales, pero también sufrí a tu vera cuando llorabas desconsolada porque se marchaban de vuelta a sus países de origen cada 31 de agosto -otra vez agosto-, pues sabías de sobra que allí, en medio del desierto, no tenían agua potable ni medios para subsistir.

Estoy muy orgullo de ti, Anita. No puedo por más que emocionarme cuando te veo desde aquí arriba asiéndome la mano, triste pero con determinación, sabiendo que hoy, cinco de septiembre, tu vida volverá dar otro de esos giros inesperado del destino; al final, aquel cáncer de pulmón pudo conmigo.

Flotando desde el techo veo mi anciano y ajado cuerpo terrenal sin vida sobre la camilla y a ti mirándolo con dulzura. Sobre la mesita de noche, junto al jarrón repleto de vinagrillos, la foto del verano del 81 en nuestro 133 blanco cuatrolatas. Tú estás atenta a la cámara y yo a ti, como si no hubiera un mañana.

Cierras mis ojos con la palma de tu mano suavemente, con un breve lamento. Miro mi nuevo cuerpo translúcido y es todo luz azul. A través de la ventana de esta lóbrega habitación del Hospital de San Carlos puedo ver como la luminosa tarde se va desvaneciendo sobre el mar templado de la playa de la Casería.

El túnel añil y blanquecino detrás de mí se va estrechando, absorbiéndome poco a poco. Ya tienen prisa por cerrar, llevo demasiado tiempo aquí despidiéndome de ti, tengo que elevarme hacia lo alto. Te miro por última vez en mi vida y un beso silencioso se dibuja en mis labios ectoplásmicos.

Antes de irme no puedo dejar de preguntarme por un instante por qué las cosas más transcendentales de nuestras vidas siempre ocurren al final del verano…

 

 

A mis padres, por lo que pudo ser y no fue. Finales de agosto de 2019.

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

Mostrando 1 comentario
  1. Avatar Tamara dice:

    Qué palabras tan bonitas… Duras, reales y tristes… Pero llenas de magia. Me has emocionado con ellas, no imagino a mi Anita cuando las lea!! Artista!!

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