Publicado el: jue, 7 Feb, 2019
Opinión

Ella

Era muy temprano en un día laborable, como cada mañana que cogía el tren para ir a trabajar y algunas caras se hacían conocidas por encontrarnos  en el andén de la estación.   Siempre había estudiantes con mochilas de colores y apuntes subrayados arrugados repasando antes de empezar un examen,  no faltaba la chica que no había soplado aún sus dieciséis velas, despistada y ansiosa por esa mezcla de nervio largo y sueño demasiado corto por una evaluación continua.   Se sentaba sola, moviendo inquieta los pies,  pendiente del reloj y del próximo cercanías.

Esa mañana un hombre extraño y solitario merodeaba por allí. Descuidado en el vestir y descarado en las miradas se fijó en ella.  Asustada, buscó mi mirada.  Nos encontramos en el aire enrarecido y tenso, los míos en silencio y mi media sonrisa le decían “tranquila, que no estás sola, yo estoy aquí”, ella me devolvió con unos enormes ojos que amanecen al mundo, un mensaje agradecida sonriéndome nerviosa.

 Ella podría ser mi hermana pequeña, mi prima o la hija de mi peluquera a la que asustó un tipo hace unas noches, cuando regresaba sola a casa.

Ella podía haber sido yo, aquella noche en la que viviendo sola en otra ciudad en la que estaba trabajando, un señor joven bien vestido al que no devolví el saludo al entrar en una pequeña tienda a comprar pan para cenar, me siguió hasta la puerta de mi casa.  Fueron cómplices la oscuridad del invierno, la soledad en la noche y afortunadamente la llave imantada que abrió con rapidez la puerta, me evitó algo que ni siquiera quiero imaginar. Cuando conseguí entrar en el ascensor y me giré sintiéndome a salvo,  se quedó mirándome fijamente a través de los cristales del portón cerrado.  Fueron sin duda alguna los ciento cincuenta metros más largos y angustiosos de mi vida.  La impotencia de saber que te siguen para algo que no es bueno, que estás completamente sola y que la ruleta rusa te señala a ti que nunca te toca nada en los concursos, pero esta suerte no es la que querías celebrar, es una sensación de tristeza y miedo que jamás podré olvidar, pero que no solía recordar hasta que los últimos acontecimientos han saltado indignados en todos nosotros y he vuelto a sentir aquello, he vuelto a sentir como apretaba con fuerza las llaves en la mano, en la que el desasosiego te vuelve a demostrar que la vulnerabilidad es asaltada de la manera más ruin por aquel que se llama hombre y debe de ser humano.

Como se sintió Ella, como se sintió ese pequeño pez sin su mar y como siempre que pueda evitaré que se sienta nadie más.  Si yo estoy cerca, no estás sola. Aunque no me conozcas  siéntate a mi lado en cualquier lugar donde te sientas intranquila. Sonríe, estás a salvo. Háblame, que yo estaré ahí, mientras esperamos juntas y seguras en ese momento quizás el transporte público, y en los demás que no pisoteen nuestro florecer por ser  humanas y brillar.

Yo, si puedo contarlo.  Ellas, salen más veces en la sección de sucesos y otros nos cuentan que seguimos restando.

 

Por nosotras, por ella.

Sobre el autor

Mª de los Ángeles Arcos Herrera

- Escribiente de profesión, escritora por devoción.

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