Publicado el: mié, 16 Ene, 2019
Opinión

Volver

Foto. Madridando.com.

Estaba sentado sobre el césped frente al museo del Prado absorto en sus pensamientos, ajeno al incesante jolgorio que se desarrollaba a su alrededor. Dio un trago largo a la maceta que tenía en la mano achinando los ojos por el sabor amargo del vodka con limón, que cada día le gustaba menos. Observó cómo las volutas retorcidas de humo de su liadillo se elevaban hasta las carrozas mientras se rascaba impulsivamente el lunar junto a la boca por pura manía.

Era el tercer Orgullo que vivía en primera línea. Le encantaba el ambiente de la Fiesta de la Diversidad, amaba la libertad de ser él mismo sin necesidad de ocultarse de nadie. La capital le había dado eso y muchas otras cosas; estaba en el epicentro, en el lugar donde todas las oportunidades estaban a su alcance y al que todos acudían para lograr sus más ansiados sueños profesionales.

Debería estar contento de vivir una vida trepidante y activa en una ciudad que apenas dormía, donde conocer gente nueva o hacer amigos era pan comido y no había cabida para el aburrimiento.

Pero aún así, notaba que algo no terminaba de cuadrar pues no se sentía pleno después de tres años pateándose la Gran Vía, Alcalá o la Puerta del Sol.

Dio una profunda calada a su cigarrillo y echó un vistazo a sus amigos; Alfredo, Gema, Alberto, y Alicia estaban a lo suyo, unos riendo y bebiendo como cosacos y otros de pie agitaban los brazos al paso de las carrozas atestadas de musculocas contoneándose. Le flipaba todo aquel espectáculo, pero hoy su mente estaba en su casa, en La Isla. Si hubiese tenido la varita de sauco de Albus Dumbledore se hubiera teletransportado instantáneamente a su pueblo, a la duna gigante en la Punta del Boquerón, lejos de todo el ruido que ahora le zumbaba en los oídos. O quizás el Drogon de la Madre de Dragones le hubiese bastado para huir.

Echaba de menos sobre todo a su madre, le costaba no verla día a día, no compartir risas tontas con ella… ¡extrañaba tanto que no se le colgara del brazo para obligarle a llevarla de compras! El síndrome del emigrante ya le calaba profundamente, pero no tenía más opción que seguir adelante pues no podía volver a San Fernando hasta que no existiesen oportunidades laborales para él allí. La ciudad aún debía crecer, prosperar y convertirse en un destino turístico para tener algo que ofrecerle, ofreciéndole una razón de peso para retornar con su familia y sus amigos de toda la vida.

De poco le había servido su carrera de Comunicación Audiovisual allí y por eso había decidido moverse a Madrid, pero hasta ahora solo había conseguido trabajos que nada tenían que ver con su vocación, el último como dependiente en una tienda de moda y complementos. Aun así, no cejaba en su empeño y hacía pequeños trabajos en casa: books para modelos, reportajes de eventos, algún anuncio publicitario o pequeñas obritas amateur que sentía la necesidad de crear. La última, el corto de imágenes bucólicas y voz en off dedicado en las redes sociales a Andalucía, especialmente a su pueblo. Lo había subido aquella misma mañana:

Volver, siempre volver.

Donde el sol es el mejor espejo de tu felicidad y el sonido del mar cura las caretas caídas. El sur siempre ha sonado diferente, como un rasgueo de guitarra interminable, como un amigo clamándote a lo lejos.
Volver, siempre volver… (…)

Mientras cavilaba se fijó en el chico alto y delgado del polo morado que tenía enfrente. Hacía rato que aquel chaval no le perdía de vista y le lanzaba miradas cañeras. Estaba bastante claro que le tiraba los tejos y la verdad es que no le disgustaba en absoluto. Quizás era hora de buscar a alguien con quien acabar la noche. Empezaba a incorporarse para iniciar el cortejo habitual del ligoteo y pedirle el teléfono cuando, de pronto, le tocaron en el hombro.

-Perdona, Victor, ¿te llamas así, ¿no? ¿Me das fuego por favor? – le abordó un señor maduro, cuarentón largo.
-Si, claro. Pero… ¿cómo sabes mi nombre? – contestó un poco desconcertado.

– Llevo un rato aquí sentado y tus amigos te han nombrado varias veces, así que supongo que te llamas así- dijo sonriendo mientras aceptaba el mechero- he venido solo y estoy más atento de lo que debiera a los que están a mi alrededor, discúlpame.

Victor se fijó en que el desconocido tenía el lado derecho de la cara lleno de rugosas cicatrices. Le vino instintivamente a la cabeza el personaje de Mel Gibson en El hombre sin rostro. Aún así, aquel tipo tenía algo interesante y profundo en la mirada y le traspasaba con ella mientras le devolvía el encendedor. A pesar de las horrendas cicatrices de su cara, había en él un magnetismo especial que iba más allá de lo físico, era del tipo de persona de mente fuerte y resuelta que impulsaba a querer saber más sobre ella.

-Eres andaluz como yo, ¿verdad? Lo noto en tu marcado ceceo. Yo también lo tenía, pero se me fue suavizando después de tantos años aquí en Madrid- dijo el desconocido.

A Victor le cayó bien al instante y comenzaron una animada charla acerca del Orgullo, las carrozas y toda la fiesta que estaban presenciando. Tras veinte minutos de conversación, risas, tabaco y alcohol que pasaron como un relámpago el desconocido soltó:

-Vaya, me he quedado sin bebida y no me gusta el vodka, por si pensabas ofrecerme, ¿me acompañas al chino de en frente a por algo? Por cierto, soy Vicente -dijo extendiendo la mano.
Victor asintió y se levantó para ir con él, no sin antes avisar a sus amigos y echar una mirada de soslayo al chico del polo morado. Aún seguía observándole y sonriéndoles desde la distancia. Lo cierto es que era salvajemente guapo, pero, curiosamente, en estos momentos nostálgicos la compañía de Vicente le resultaba más reconfortante. Ya le pediría el teléfono cuando volviese con las bebidas. Le guiñó un ojo y salió tras Vicente.

El chino estaba a tope y decidieron ir a otro calle arriba. Por el camino pasaron por la tienda de ropa donde trabajaba Victor, que saludó efusivamente a sus compañeros, y por el Círculo de Bellas Artes donde un grupito de gays pijos tomaban champán azul admirando la multicolor rotonda de la Cibeles. Durante el trayecto las conversaciones se hicieron más profundas y Victor tuvo esa sensación de déjà vu que le ocurría con contadas personas, parecía que conocía a Vicente de toda la vida y había conectado intensamente con él. Hasta se había olvidado completamente de la deformidad de su cara y de su pequeña cojera. Ahora miraba solo dentro de él, que le resultaba extrañamente familiar.

A las dos de la madrugada, cuatro horas después de haberse conocido y tras un vertiginoso recorrido por bares de ambiente de Chueca y por el Baila cariño, donde se pusieron como las grecas, bailando y riendo como locos, iban de camino al piso compartido de Victor en Malasaña, para tomar la penúltima. Al pasar por la sala Morocco, Vicente le cogió de la mano ansiosamente y le llevó a una esquina.

-Escucha Victor, lo he pasado genial esta noche contigo, pero tengo que confesarte algo importante. Nuestro encuentro no ha sido fortuito. Tampoco me llamo Vicente ni soy de Huelva como te dije. He venido a buscarte porque tenía que alejarte de él, evitar que lo conocieras. El chico del polo morado es una mala persona, echará a perder tu vida y te hará tan infeliz que una noche con un ataque de ansiedad empotrarás tu coche contra un árbol destrozándote la cara contra el parabrisas- dijo el desconocido con la mirada líquida.

Victor, entre estertores de borracho, clavó los ojos desorbitados en el hombre sin rostro. La cabeza le daba vueltas intensamente intentando procesar la impactante información recibida y oía la voz del desconocido como si procediese del fondo de un pozo.

– Tú tienes que cumplir tus sueños. Él te cortará las alas y no dejará que sigas tu vocación. Pasarás los años de un trabajo basura a otro hasta convertirte en el empleado de mantenimiento del Centro de Investigación Molecular de Madrid.

Allí, tarde tras tarde, mientras limpias, mirarás de reojo a través del cristal de la sala donde tienen La Máquina, esa que envía gente a un momento puntual del pasado si se usan las coordenadas exactas. Y una noche, cuando hayas aprendido a manejarla, te colarás de hurtadillas para usarla tú mismo…-dijo con voz entrecortada por la emoción.

-Co… ¿Cómo? Pero ¿quién eres tú? – acertó a balbucear, aunque ciertas piezas de su puzle mental empezaban a encajar a pesar del sopor del alcohol.

El hombre sin rostro lo miró con cariño y con la satisfacción de quién había cumplido la misión que le había llevado hasta aquella esquina junto al pub de Alaska y Mario. Le cogió la cara con ambas manos y le plantó un beso en la frente susurrándole:
-Querido Victor, ya sabes de sobra quién soy. Volver, siempre volver…

—-<>—-

-¡¡Cooorten!!, se escuchó en el plató improvisado en la esquina de San Bernardo con Marqués de Leganés. El equipo murmuraba sobre lo bien que había salido la escena. Muy emotiva, no haría falta repetirla pues el dramatismo con que los actores habían impregnado el dialogo había sido extraordinario.
El actor famoso que interpretaba al desconocido empezó a quejarse incómodo.

-Por favor, ¿puedo quitarme ya la prótesis de la cara?, no tenéis ni idea como pica esto cuando la llevas más de media hora. Y encima no me puedo rascar- dijo con tono de divo.

El director le miró y negó rotundamente con la cabeza. Aún quedaban algunas tomas con prótesis. Suspiró resignado y se levantó de la silla rotulada Emeterio Films, S.A. para atender a la prensa que se arremolinaba nerviosa junto a la sala Morocco. Señaló con un dedo a tres periodistas para que hicieran preguntas y esperó pacientemente.

-Hola, señor director, Angel López de Fotogramas. Después de tantos éxitos durante veinte años de carrera con películas más convencionales… ¿por qué hacer ahora un filme que podríamos calificar como de realismo mágico o, si me apura, de ciencia ficción?

El director se rascó impulsivamente el lunar junto a la boca y meditó mirando hacia la esquina donde aún permanecían los dos actores que hacían las dos versiones del mismo personaje.
-Porque es autobiográfico…

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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