Publicado el: mié, 21 Nov, 2018
Opinión

Amores maestros

Desde hace algunos años, no paro de ver publicidad en modo “Feliz y amoroso” que nos recuerda lo valiosos que somos, la positividad que debemos adoptar cada amanecer y un sinfín de frases hechas sacadas de refranes, canciones, películas famosas y cascarrillos diarios, que nos muestran que “todo lo que necesitas es amor”, “buenos días princesa” o que “luches por tus sueños” en una taza que te regalan cuando te decides a apuntarte y asistir al gimnasio. 

Regalar a tus seres queridos detalles de este tipo llenos de aprecio me parece un gesto precioso que a todos nos arranca una sonrisa, pero sin duda alguna el mayor gesto de amor que he podido contemplar ha tenido lugar este pasado verano, en el hospital.

 

En la cama de al lado de la habitación en la que nos encontrábamos nosotros, se encontraba ingresa una señora mayor que casi rozaba el centenario, con la piel surcada por los lustros vividos, y casi siempre medio dormida por la medicación. A diario sin faltar y puntual, venía a verla su esposo, acompañado de un cuidador ya que apenas podía andar y llegaba despacio,  encorvado, perfumado e impecable porque venía a ver a su amor. 

Se sentaban el uno frente al otro, ambos en silencio. El no paraba de mirarla con un amor tan inmenso que ni siquiera me atrevía a abrir la boca ni para toser, para no romper esa magia tan sublime de la que era espectadora sin querer, con dos corazones que seguían latiendo al unísono, porque era maravilloso. Lo poco que le escuché decir al señor, es que ella estaba igual de guapa que el primer día en que la vio, no importaban los tubos, los inviernos, ni el ruido de los respiradores,  mientras apuraban todos los minutos de su tiempo de visita, antes de regresar a su casa para volver a poner el reloj en marcha ansioso para regresar al día siguiente. 

 

Después de poder admirar esta situación tan llena de belleza durante varios días hasta que a nosotros nos dieron el alta, quiero dar las gracias a la vida y a la virtud de esos instantes porque sin proponérselo, ambos me regalaron la visión un amor sin igual, y me ayudaron a seguir afirmando que ni tazas, ni agendas maravillosas motivadoras me hacen falta, sólo el recuerdo de esas manos curtidas entrelazadas para seguir convenciéndome de que el amor es la fuerza y el motor que mueve el mundo. 

Sobre el autor

Mª de los Ángeles Arcos Herrera

- Escribiente de profesión, escritora por devoción.

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