Publicado el: dom, 5 Ago, 2018
Opinión

Letanías del alma

Maria La Hierbabuena. Emulando Orantes.

El Coliseo no tiene duendes; el rojo Teatro, no tiene vida. Todo es un invento de los autores buscando la fibra del que escucha, hurgando en los corazones del incauto, que se deja embaucar.

Lo descubrí hace mucho tiempo, lo sientes, cuando dejas un forillo y te asomas al patio de butacas vacío, cuando observas el gallinero, o te fijas en los palcos. Nada, no hay nada. Incluso si tienes la suerte de darle coba a los buenachos de la tramoya, y bajas al foso, a su corazón, solo sientes el silencio y el frío de algo inerte.

Es entonces, cuando esta brisa que se cuela por mi ventana, me lleva, a una letanía de pensamientos, de recuerdos mezclados por el paso de los años, del pozo de la plaza pinto, a la Caleta, de mi Alameda Apodaca, al Corralón, pasando por la calle La Paz.

El Teatro no tiene alma…..pero una vez la tuvo. Allí, en el número de dos de la calle la paz, en la azotea vivía María. Encima de mi  abuelo José; del  “Chacha,” y de mi tío Manolo. El último tramo de escaleras de madera, que vagamente recuerdo, la covacha, el aljibe tapado, que según decían tenía tortugas y cogía todo el suelo de la finca.

Recuerdo en más de una ocasión la calle vacía en un sábado de carnaval, y verla bajar disfrazada, y con su arte y sencillez atraer a gente, que iba llenando de vida el barrio, todo el que pasaba se unía a aquella marabunta, más de  una agrupación se metió en el patio y cantó allí para todos…. Maravilloso embrujo que transmitías, la felicidad de los que poco tenían.

Recuerdo el cruel Teatro, cuando los grupos endebles lo pasaban mal, cuando el público olía sangre, cuando el agrio, pululaba por los palcos, y el ambigú era un gallinero que se escuchaba desde la trasera del teatro. Entonces aparecía el alma, el duende, el corazón. Aparecía en forma de grito de auxilio, de frase cariñosa, de piropo, o de aquel estandarte de guerra “ole y viva mi Cai.” Cuantos grupos salvaste de la quema con tu energía positiva y tu gran corazón. Cuanto se perdió, cuando te marchaste.

Sera por este aire que entra por mi ventana, que me ha hecho volver, a unos recuerdos emborronados, perdidos, en lo profundo de mi mente, será la luz, la misma que tu transmitías, será porque nos sentimos huérfanos cuando sube el rojo telón, será, porque en el fondo, queremos ser siempre ese niño, que creció en el corazón del barrio. O quizás tan solo, un fogonazo que se ha iluminado en mi cabeza, recordándote, sentada en la perla cantándote el pasodoble de los bufones con mis niñas. Será porque desde aquí abajo, te echaremos siempre de menos.

Foto Diario de Cádiz.

Sobre el autor

José María Palmero (Caleti)

- El circo de la vida, a mi me enseño, que las penas se olvidan con buen humor y que el tiempo que perdemos no es recuperable.

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