Publicado el: dom, 5 Ago, 2018
Opinión

La forma en el hielo

Al principio, cuando recibí la llamada, no le di crédito. Pensé que me estaban gastando una broma pesada, de esas chanzas telefónicas que luego suben a internet, pero después de que el doctor Ayala me propusiera hacer la prueba, me quedé atónita. Con su voz susurrante, me indicó que encendiese el televisor y pensara en qué me gustaría ver centrando la vista en la pantalla. Al instante, el canal cambió solo y aparecieron los ojos saltones del monstruo de mi película antigua favorita, La forma del agua, precisamente la secuencia que había tenido instantes antes en mente, esa en la que la bella sordomuda y la bestia marina flotan entrelazados en el centro de un cuarto de baño inundado mostrando su amor inmortal.

El doctor Ayala me explicó, con la naturalidad con la que uno explica que ha ido a hacer la compra, que era lógico que pudiese cambiar de canal con la mente puesto que todo lo que me circundaba no era más que producto de mi imaginación, solo que yo no había sido consciente de ello hasta ese instante.

Después de una extensa conversación de más de dos horas, en parte explicación, en parte terapia psicológica, me conminó a grabar el presente clip de video frente a la cámara del móvil explicando mi experiencia y cuál había sido mi grado de satisfacción con la misma. La Organización se encargaría de recuperarlo y editarlo convenientemente. Pensé que la grabación me serviría como válvula de escape para el tremendo shock que había supuesto enterarme de que mi realidad, tal y como yo la conocía, no existía.

Mi nombre es Marta Romero, soy valenciana de nacimiento e ingeniera informática.  En mi auténtica vida me dedico a desarrollar software especializado en la creación de mundos virtuales para su aplicación práctica en la industria del entretenimiento. Hablando en plata, lo que hago es programar vacaciones virtuales para gente que no puede o no quiere moverse de casa por distintos motivos.

Según me contó el doctor, mi existencia era feliz y plena hasta que me fue detectado un tumor maligno incurable en el año 2035, aunque yo no lo recordaba porque me habían extirpado esa información posteriormente. Mi compañía me ofreció entonces la posibilidad de adherirme a un nuevo programa de criogenización para pacientes terminales o comatosos que una empresa tecnológica estaba desarrollando en una pequeña ciudad de la provincia de Cádiz llamada San Fernando. Ayala solo le llamó la Organización y, por el orgullo en su voz, intuí que él era uno de sus fundadores.

La empresa estaba radicada en un polígono industrial llamado Puente de Hierro en donde habían levantado un vanguardista complejo de alta tecnología y ciencias aplicadas a modo de Silicon Valley a la española.

Me costó decidirme, pero al final accedí a someterme al proceso de hibernación controlada. La idea era mantenerme en suspenso unos años hasta que la medicina hallase una curación a mi enfermedad. Consistía en una congelación no demasiado agresiva que mantendría las funciones fisiológicas de mi cuerpo paralizadas, pero no así las pulsiones de mi cerebro. A pesar de la baja temperatura a la que sería sometida, mis neuronas mantendrían parte de su actividad profunda por lo que sería inducida a tener un sueño perpetuo. Es decir, me daban la posibilidad de continuar viviendo mientras dormía.

Procedieron a un oportuno borrado previo y a la implantación de nuevos recuerdos. Para mi sorpresa, el doctor mencionó que utilizaban el software que yo misma había creado unos años antes para recrear el nuevo marco existencial en el que me insertarían y que no era otro que una Isla de San Fernando idealizada.

Ahora, mirando por la ventana de mi salón, me doy cuenta de que realmente todo es demasiado perfecto como para ser cierto; la playa kilométrica paradisíaca, los interminables senderos y esteros donde suelo ir a correr, los cielos soleados infinitos con que me regalaban cada mañana…Jamás me percaté del hecho de que nunca hacía frío o llovía.

Ahí fuera están en el 2053 y actualmente mi tumor ya tiene cura. Es por eso que la Organización contactó conmigo y decidió despertarme. El protocolo de regreso tendrá lugar a las 21:00 horas de esta noche y tengo lo que resta del día para despedirme de mi ciudad ideal.

Casi desearía no volver al mundo real, pero firmé un contrato que me impide dar marcha atrás. Las cosas no son como cabría esperar ante los avances sociales y científicos que se han producido en estos 18 años. El doctor habló someramente de polución descontrolada, de inundaciones y pérdida de costa por derretimiento de casquetes polares así como de cambios climáticos que habrían arrasado gran parte del entorno. El parque natural isleño ha sido particularmente afectado y la playa de Camposoto, a la que voy cada fin de semana a pasear a mi -imaginaria, ahora lo sé-  perra Laika, ha desaparecido de la faz de la tierra.

– No esperes que sea bonito -dijo- pero tenemos esperanza. Los gobiernos mundiales llevan un lustro negociando para revertir la situación y tu aportación sumará, y mucho. Es tu obligación despertar…

Le agradezco a Julián Ayala sus palabras de ánimo y motivación ante este, mi segundo e inminente nacimiento. Tiene razón, yo misma me ofrecí voluntariamente como conejillo de indias para este “tratamiento” pionero y ahora es justo que aporte mis conocimientos y mi experiencia como granito de arena para tratar de salvar el mundo de nosotros mismos. No podría soportar ver mi Isla destrozada por mucho tiempo, quiero que vuelva a ser como en este sueño tan real.

Sólo tengo unos segundos más antes de despedirme y terminar esta grabación ya que he de prepararme mentalmente. En pocas horas acudiré al sitio acordado. Me cuesta imaginar que, en estos momentos, mi cuerpo flota inerme y congelado en el centro de una tanqueta en las instalaciones de un antiguo acuario – ahora reconvertido- conocido como el Parque de la Historia y del Mar.

A través de un grueso cristal, los científicos deben estar observándome inquisitivos preguntándose si la forma de mujer suspendida en el hielo aún conservará trazas de humanidad o sentimientos cuando abra otra vez los ojos al mundo del que se había desvinculado.

Pueden estar seguros de que sí. Soñar con el paraíso durante casi dos décadas los ha mantenido intactos…

 

A mis amiguetes José y Jesús por seguir también conservando su pasión por lo Fantástico. Somos como niños…

Sobre el autor

Alberto Rodríguez

- Un punto de encuentro para proyectos, ideas e inquietudes relacionadas con el turismo isleño, fomentando la creatividad y persiguiendo el ansiado sueño colectivo de transformar a San Fernando en el destino genuínamente turístico que merece ser.

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